Runners: Paraiso e Infierno

La Verdad que Pesa — Parte 1 de 2

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Episodio 19: La Verdad que Pesa — Parte 1 de 2

I. Letsa — El Día Prometido

(Letsa — Plaza Central del Consejo, Día 14)

La plaza estaba más llena que el día anterior.

No porque Doran hubiera convocado a nadie: la convocatoria se había propagado sola, de la manera en que se propagan las cosas en una civilización donde la información fluye libremente porque nunca ha tenido que aprender a fluir de otra forma. Alguien le había contado a alguien que el Consejero más viejo había prometido la verdad completa en un día, y ese alguien le había contado a otro, y para la mañana del día catorce la plaza frente a la sala de sesiones contenía una fracción significativa de la población adulta del sector central de Letsa.

Los seis corredores estaban al frente, en el mismo lugar donde habían estado el día anterior.

Pero hoy no estaban solos en su determinación. Vaelia había hablado con la madre de Tayen y Liah la noche anterior, después de la visita a la residencia sellada de Elion, y las dos habían acordado algo simple: si Doran no mencionaba a Elion en su revelación, ellas lo nombrarían en voz alta, frente a todos, antes de que el Consejero pudiera retirarse del balcón.

No tuvieron que hacerlo.

Doran salió al balcón a la hora exacta que había prometido, con dos consejeros más detrás de él —Vaelia los reconoció como miembros de la facción progresista, los mismos que habían aprobado el dispositivo de Kayru hace ciento treinta y tres días— y con una carpeta física en las manos que en una civilización donde casi toda la información existía en sistemas digitales, era en sí misma un gesto: algo que se podía sostener, que tenía peso, que no podía borrarse con un comando.

—Voy a decir esto una sola vez —dijo Doran, sin amplificación, con la plaza en el silencio absoluto que había aprendido a sostener el día anterior—. Y voy a decirlo completo. Si alguien necesita que lo repita, lo repetiré. Pero no voy a editarlo mientras lo dicen por primera vez.

Nadie habló.

—Hace ciento treinta y tres años, Letsa no fue fundada. Fue construida. —Una pausa que la plaza entera sintió como un peso físico—. Por un hombre que llegó a este planeta desde otro lugar. Un lugar que ustedes conocen indirectamente porque sus descendientes, sus corredores, cayeron de vuelta a él hace catorce días.

El murmullo que recorrió la plaza no fue de sorpresa exactamente. Fue el sonido de cientos de personas reorganizando, en tiempo real, todo lo que creían saber sobre el fundamento de su propia existencia.

—Ese hombre se llamaba Nikola Tesla —continuó Doran—. Construyó, en su mundo de origen, una torre capaz de transmitir energía libre a cualquier punto del planeta sin cables, sin coste, sin intermediarios. Sus financistas le retiraron el apoyo cuando entendieron que esa tecnología, si funcionaba, destruiría el sistema económico sobre el que habían construido su poder. Demolieron su torre. Destruyeron su reputación. Lo dejaron sin los recursos para terminar lo que había empezado.

—Pero él no se detuvo —dijo Doran—. Encontró, en los últimos años de su vida, algo que su mundo no podía darle: una grieta. Un punto débil en el tejido entre realidades, descubierto por accidente durante uno de sus experimentos de resonancia. Y a través de esa grieta, cruzó.

—Llegó a un planeta sin civilización tecnológica, con una biología que respondía a la energía etérica de una manera que su mundo de origen nunca había permitido desarrollar, y con un conocimiento completo de cómo construir el sistema que su propio mundo le había arrebatado. —Doran hizo una pausa—. Construyó las Torres. Diseñó las cúpulas. Estableció los principios fundacionales que todavía gobiernan cómo vivimos: que el acceso a lo necesario para existir no debe depender de lo que cada persona pueda pagar, porque pagar es el mecanismo que su mundo de origen usaba para mantener a la mayoría trabajando por miedo en beneficio de unos pocos.

La plaza permanecía en un silencio que ya no era expectación. Era duelo. El duelo específico de descubrir que la identidad propia tiene una historia distinta a la que siempre se contó.

—Eligió no volver —dijo Doran—. Selló el portal por el que había cruzado, en los territorios exteriores, y decidió que el mundo que estaba construyendo aquí merecía existir sin la amenaza de que lo que había destruido su primer intento pudiera seguirlo hasta el segundo.

—El Consejo lo sabe desde su fundación —continuó—. Cada generación de consejeros ha heredado este secreto con la misma instrucción: protegerlo, porque revelarlo significaría reconocer que Letsa no es un milagro de evolución civilizatoria espontánea sino la segunda oportunidad de un hombre que el mundo del que venimos había decidido destruir. Y porque revelarlo significaría también admitir que existe una conexión entre nuestro paraíso y el infierno del que escapó, una conexión que algún día, de alguna forma, podría volver a abrirse.

Doran miró directamente a los seis corredores.

—Se abrió —dijo—. Hace catorce días. Y lo que cruzó de vuelta hacia ese mundo fueron doce de los mejores de nuestra generación.

El silencio se quebró entonces, no en gritos sino en un movimiento colectivo de la plaza, cientos de personas procesando simultáneamente la magnitud de lo que acababan de escuchar.

Valter levantó la voz por encima del murmullo.

—Eso no es todo —dijo—. Hay otra cosa que el Consejo está ocultando.

Doran lo miró.

No con sorpresa.

Con el reconocimiento de alguien que ha estado esperando esta pregunta específica desde el momento en que decidió subir a ese balcón.

—Elion Letsaar —dijo Valter—. Está detenido. Su residencia ha estado sellada desde la noche del Festival. El Consejo lo sabe y no lo ha dicho.

La plaza, que apenas había empezado a procesar la primera revelación, se quedó completamente quieta para la segunda.




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