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Episodio 20: La Verdad que Pesa — Parte 2 de 2
III. El Pulso
(Queens — Sector industrial sur, Día 14, 19:40)
Orin y Sarel habían salido a buscar piezas de repuesto para el sistema de generadores que Kiran necesitaba completar antes de la prueba de transmisión, siguiendo una ruta que Vera había verificado esa misma tarde y que, según todos los datos disponibles, debía estar limpia durante al menos seis horas más.
E.D.I.S. ya no respetaba los datos disponibles.
El primer agente apareció no en el punto de salida sino en mitad de la ruta, en una posición que ningún patrón anterior había sugerido, lo que significaba una sola cosa: habían dejado de reaccionar a movimientos detectados y habían empezado a anticipar destinos completos, construyendo mapas de probabilidad sobre los mismos datos de tráfico y suministro que la Orden usaba para mantenerse a salvo.
—Saben adónde vamos antes de que lleguemos —dijo Orin, deteniéndose en seco.
—O saben de dónde venimos —dijo Sarel—. Cualquiera de las dos cosas significa que ya no hay rutas seguras. Solo rutas que tardan más en dejar de serlo.
Corrieron.
No fue la huida corta y desesperada de las primeras semanas. Fue algo más largo, más sostenido, una persecución que se extendió durante casi veinte minutos por callejones y patios traseros y una sección de vías de tren abandonadas, con los agentes manteniendo la distancia sin perderla nunca del todo, como si el objetivo ya no fuera atraparlos en el primer intento sino agotar el margen de maniobra hasta que no quedara ninguno.
El primer disparo del bastón de choque alcanzó a Orin en el costado, no como impacto a distancia sino como contacto directo, cuando un agente emergió de un hueco entre dos contenedores con una velocidad que Orin, en su estado actual, no logró esquivar a tiempo.
La descarga le recorrió el cuerpo entero.
No fue como el dolor de las balas de goma ni como el frío indiferente de los dardos. Fue algo que se apoderaba del sistema nervioso completo durante el tiempo que duraba el contacto, los músculos contrayéndose sin ninguna instrucción voluntaria, las piernas cediendo no por daño estructural sino porque el cerebro, durante esa fracción de segundo, perdía la capacidad de coordinarlas.
Orin cayó.
Diez días de extracción de tejido en M.A.R.C. Labs habían dejado su cuerpo con menos reserva de la que tenía antes, y el bastón de choque encontró ese cuerpo disminuido con una eficiencia que no habría tenido contra el Orin que había saltado al Domo del Rugido del Trueno y Relámpago semanas atrás.
Sarel se giró y vio el segundo agente acercándose al bastón todavía cargado.
No lo pensó.
Se interpuso, recibiendo ella misma el segundo contacto en el antebrazo izquierdo, y el dolor que sintió fue suficiente para entender, en ese instante, por qué Gerald no había tenido ninguna posibilidad real contra un arsenal diseñado para parar corazones humanos sin necesidad de matar deliberadamente: la línea entre suficiente para incapacitar y suficiente para destruir dependía enteramente de cuánto pudiera absorber el cuerpo que lo recibía, y el de ella, con generaciones de adaptación biosintética detrás, absorbió lo que el de Gerald nunca habría podido absorber.
Pero absorbió, no esquivó.
El brazo le quedó inutilizado durante los siguientes minutos, un hormigueo eléctrico que no terminaba de apagarse, mientras arrastraba a Orin hacia la cobertura más cercana con el brazo bueno, con la respiración rota por el esfuerzo y por el aire de Queens que nunca dejaba de cobrar su propio precio aparte.
Llegaron a un hueco bajo un puente ferroviario abandonado.
Los agentes no entraron de inmediato. Se quedaron en el perímetro, con la paciencia nueva que E.D.I.S. parecía haber aprendido junto con el resto de la escalada: ya no corrían directamente hacia el objetivo caído. Esperaban, calculando, probablemente documentando, con la misma frialdad clínica que había convertido la muerte de Gerald en una palabra de reporte.
—¿Puedes moverte? —preguntó Sarel, con la voz tensa por el dolor de su propio brazo.
Orin tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz tenía una fragilidad que ninguno de los dos había escuchado en él antes, ni siquiera después de los diez días de cautiverio.
—Más despacio que antes —dijo—. Cada vez más despacio.
Sarel no respondió eso. No había nada que decir que no confirmara lo que los dos ya sabían: que el cuerpo de Orin, el más fuerte de todos ellos, se estaba quedando sin la reserva que lo había hecho excepcional, y que cada encuentro como este se llevaba un poco más de lo que quedaba.
Esperaron en la oscuridad bajo el puente durante casi una hora, hasta que el patrón de los agentes en el perímetro finalmente se movió hacia otro sector, y solo entonces se arriesgaron a salir.
No consiguieron las piezas que habían ido a buscar.
Volvieron a Wardenclyffe con las manos vacías y el cuerpo más castigado de lo que habían salido, justo a tiempo para que Tayen, sin saber nada de lo que les había pasado, terminara de penetrar el núcleo de las redes de Morgan al otro lado de la ciudad.
IV. Tierra — El Calendario de Morgan
(Ruinas de Wardenclyffe — Día 14, 23:00)
Tayen alcanzó el núcleo de las redes de Morgan la misma noche en que Doran hablaba en la plaza de Letsa, sin que ninguno de los dos eventos tuviera conocimiento del otro, separados por una distancia que ningún instrumento de ninguno de los dos mundos podía medir con precisión pero que la frecuencia de la bobina de Tesla, dormida en el centro de la sala, parecía sentir de todas formas: una vibración leve, casi imperceptible, que Kiran registró sin saber todavía que coincidía con el momento exacto en que Doran pronunciaba la palabra Tesla frente a la plaza de Letsa.
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Editado: 18.08.2026