Runners: Paraiso e Infierno

Cara a Cara con el Espectro — Parte 2 de 2

RUNNERS

Episodio 23: Cara a Cara con el Espectro — Parte 2 de 2

IV. El Combate

(M.A.R.C. Labs — Nivel cinco, Día 17, 05:22 AM)

Vharon atacó sin aviso, en el momento exacto en que la atención de Kayru estaba dividida entre la revelación que acababa de recibir y la situación física frente a él, que era precisamente la ventaja táctica que treinta años de manipulación paciente le habían enseñado a usar: golpear cuando la mente del oponente está ocupada con algo que tú mismo acabas de ponerle delante.

El primer golpe no fue físico en el sentido convencional. Fue dimensional: Vharon extendió la mano izquierda, translúcida hasta el codo, y el aire entre él y Kayru se distorsionó con una fuerza que no era viento ni energía cinética sino algo que existía en la frontera entre las dos realidades, una onda de inestabilidad que golpeó a Kayru en el pecho con la fuerza física de un impacto real aunque ningún objeto sólido lo hubiera tocado.

Kayru salió despedido contra la pared del laboratorio.

Orin se movió para interceptar, pero Vharon ya no estaba donde había estado: parpadeó a la derecha de Orin, lo neutralizó con un golpe seco al costado, y parpadeó de nuevo antes de que el cuerpo de Orin terminara de procesar el impacto, reapareciendo cerca de Kayru con la fluidez de algo que ha hecho ese mismo movimiento miles de veces durante treinta años.

—Esto es entre nosotros dos —dijo, mirando a Orin con la evaluación fría de que su fuerza no significaba nada contra alguien que existía parcialmente fuera de las reglas que esa fuerza necesitaba para funcionar.

Kayru se incorporó con el brazo derecho ardiendo.

No lo decidió de manera limpia. El dolor del golpe se mezcló con el calor de fondo del dispositivo hasta que los dos se volvieron indistinguibles, y en ese instante de confusión sensorial, sin ningún control real sobre lo que estaba haciendo, el glitch respondió.

Saltó.

No hacia Vharon. Hacia la pared, dos metros a la izquierda de donde había estado, con un aterrizaje torpe que lo hizo tropezar contra una de las mesas de instrumentos.

Vharon ya estaba ahí cuando reapareció.

Un golpe al costado, limpio, calculado con la precisión de alguien que sabe exactamente cuánta fuerza aplicar para hacer daño sin gastar más energía de la necesaria. Kayru cayó.

Volvió a saltar para evitar el siguiente golpe.

Esta vez apareció en el aire, sin preparación para la caída, y el suelo lo recibió con una violencia que el glitch no se había encargado de amortiguar porque el glitch no sabía amortiguar nada: solo desplazaba el cuerpo de un punto a otro sin ningún cuidado por lo que pasaba en los extremos del desplazamiento.

—Eso es lo que te falta —dijo Vharon, apareciendo a tres metros, observándolo con la misma calma de siempre—. No el acceso. El control. Saltas como alguien que huye del dolor, no como alguien que decide hacia dónde va.

Kayru se incorporó, sangrando de la ceja, el brazo derecho ya translúcido hasta el hombro de manera permanente desde el primer impacto.

Saltó otra vez, esta vez hacia Vharon directamente, con la intención clara de cerrar la distancia.

Vharon ya no estaba ahí cuando llegó.

Había parpadeado medio segundo antes, anticipando el destino con la misma facilidad con que anticipa el viento un pájaro que lleva toda su vida volando, y Kayru atravesó el espacio vacío que su oponente había ocupado un instante antes, sin nada que golpear, el impulso llevándolo contra otra mesa de instrumentos que se volcó con un estruendo de cristal y metal.

El combate que siguió no tuvo la elegancia de dos cuerpos negociando el espacio. Tuvo el desorden de un relámpago saltando entre dos puntos sin patrón predecible: Vharon apareciendo y desapareciendo con la economía de treinta años de práctica, Kayru saltando cada vez con menos control, cada salto más una reacción de pánico que una decisión, apareciendo en ángulos que no había calculado, aterrizando mal, recibiendo golpes que no veía venir porque pasaba más tiempo procesando dónde había terminado que anticipando dónde Vharon estaría a continuación.

—Sigues huyendo —dijo Vharon, apareciendo detrás de él y dejándolo caer de un golpe entre los omóplatos—. El glitch no es una salida de emergencia. Es un arma. Y las armas que no entiendes te cortan a ti antes de cortar a nadie más.

Kayru rodó por el suelo, se puso de pie con las piernas temblando, y saltó de nuevo, esta vez sin ningún destino claro en mente, solo el instinto de moverse antes de que el siguiente golpe llegara.

Apareció contra el techo de la sala, cayó, se golpeó la espalda contra una de las consolas.

Liah, todavía conectada a su estructura, observaba cada salto con la atención sistemática que había desarrollado en diecisiete días, catalogando no el daño sino el patrón: Kayru saltaba con miedo, Vharon saltaba con intención, y la diferencia entre los dos era exactamente la diferencia entre alguien que sobrevive un fenómeno y alguien que lo domina.

Orin, recuperándose del golpe inicial, intentó intervenir una vez más y fue neutralizado con la misma facilidad que la primera vez, un recordatorio frío de que esto, en efecto, era solo entre dos.

Kayru saltó una última vez, agotado, el brazo entero ya translúcido y el dolor extendiéndose hacia el hombro y el cuello con una intensidad que amenazaba con hacerle perder la consciencia.

Apareció a espaldas de Vharon, por pura casualidad de geometría más que por habilidad, y lanzó el golpe que tenía disponible sin pensar en la trayectoria.

Conectó.

No por mérito. Por azar.

Vharon trastabilló hacia adelante, sorprendido, y en el instante de reajustar su equilibrio cometió el primer error que Kayru le había visto cometer en todo el combate: saltó sin terminar de calcular el destino, con la prisa de alguien que necesita reposicionarse antes de perder ventaja, algo que treinta años de práctica le habían enseñado a no hacer nunca pero que la sorpresa del golpe inesperado lo empujó a hacer de todas formas.




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