Runners: Paraiso e Infierno

El Nuevo Tablero — Parte 2 de 2

RUNNERS

Episodio 25: El Nuevo Tablero — Parte 2 de 2

V. El Pulso

(Ruinas de Wardenclyffe — Día 22, 03:06 AM)

La sala se llenó de una luz que no tenía color, una frecuencia visible solo en el límite donde la luz deja de ser luz y se convierte en otra cosa.

El canal entre Kayru y Vharon se rompió con un sonido que ninguno de los presentes pudo describir después con palabras que tuvieran sentido para nadie que no hubiera estado ahí.

Vharon fue arrancado hacia atrás, hacia la rasgadura que todavía permanecía abierta detrás de él, gritando algo que se perdió en la misma frecuencia que lo expulsaba, y la rasgadura se cerró con la misma velocidad con que se había abierto, sellándolo de vuelta en el vacío del que había intentado escapar.

El brazo de Kayru recuperó su opacidad de golpe. El pecho también. El dolor cesó tan abruptamente como había empezado.

Pero Zenko cayó.

Kayru llegó a él antes que nadie, las piernas todavía temblando por lo que acababa de pasarle a su propio cuerpo, y lo sostuvo mientras Zenko luchaba por respirar, una mano presionada contra su propio pecho con la fuerza de alguien que sabe exactamente lo que está fallando ahí dentro.

—Profesor.

—Funcionó —dijo Zenko, con una sonrisa que el dolor no logró borrar completamente—. Dile a Sarel... que el mensaje...

—Ya te escuchó —dijo Kayru, con la voz rota—. Aguanta. Vamos a—

—No hay nada que aguantar —dijo Zenko, con la calma específica de un científico que conoce su propio diagnóstico mejor que cualquiera a su alrededor—. Mi corazón ya no es mi corazón, Kayru. Lo supe en el momento en que activé el dispositivo. Lo sabía antes de activarlo.

Sarel llegó, se arrodilló junto a ellos, le tomó la mano.

—Profesor.

—Tu hermano sabe el mensaje —dijo Zenko, ya con la voz más débil—. Pero hay algo más que necesito que sepas tú. Solo tú.

Sarel se acercó más.

—El glitch de Kayru —dijo Zenko, cada palabra costando más que la anterior—. Mientras estudiaba la contrafrecuencia... encontré algo en los archivos de resonancia biológica de Letsa. Los mismos que el Consejo bloqueó hace dos años. Hay un protocolo teórico. Para estabilizar fusiones dimensionales como la suya. Nunca probado, porque nunca había existido un caso real hasta él. Pero existe, Sarel. La posibilidad existe. En Letsa.

Los ojos de Sarel se llenaron de algo que no era solo dolor.

—¿Por qué no lo dijiste antes? —preguntó.

—Porque lo descubrí hace tres días —dijo Zenko—. Y porque no sabía... cómo decírtelo sin darte una esperanza que dependía de algo que ninguno de nosotros puede alcanzar todavía. Volver a Letsa.

Su respiración se hizo más espaciada.

—Díganle a Liah... que fue valiente. Más valiente de lo que ningún manual de Letsa preparó a ningún profesor para enseñar.

Cerró los ojos.

No los volvió a abrir.

El profesor Zenko Yavir, que se había entregado una vez por una niña en un callejón de Times Square y que se había entregado por completo, esta vez, por un joven cuyo error había roto el mundo, murió en los brazos de ese mismo joven, en las ruinas de la torre de un hombre que había hecho, ciento treinta y tres años antes, una elección similar y opuesta: quedarse en lugar de morir, construir en lugar de sacrificarse.

El silencio que siguió no tuvo ninguna palabra que pudiera llenarlo.

VI. Lo que la Torre Pudo Decir

(Ruinas de Wardenclyffe — Día 23, tarde)

Enterraron a Zenko junto a la bobina, no porque hubiera ninguna semilla de árbol disponible en las profundidades de Long Island, sino porque Tayen insistió en que el ritual importaba aunque los materiales no fueran los correctos.

—La energía no se destruye —dijo, con la voz más quebrada que la frialdad operacional de las últimas semanas le había permitido mostrar—. Solo se transforma. Esto es lo más cerca que podemos darle.

Nadie discutió eso.

Después, cuando el peso del duelo había encontrado su lugar provisional en cada uno de ellos, el grupo completo se reunió frente a la bobina de Tesla para hacer lo que llevaban semanas posponiendo: confirmar, de una vez por todas, qué era exactamente esa estructura y qué podía o no podía hacer.

Kiran, leyendo los labios de Tayen con la misma atención meticulosa que aplicaba a todo, confirmó lo que ya sospechaban: la arquitectura estaba completa en sus principios fundamentales, pero la fuente de energía disponible en este mundo —incluso con todos los generadores que Gerald había conseguido antes de morir, incluso con el fragmento dimensional ahora integrado en el núcleo— alcanzaba apenas una fracción de lo que la torre necesitaba para funcionar como las Torres Letsa funcionaban en su mundo de origen.

Estaba viva.

No estaba completa.

—Es una puerta que podemos ver —dijo Sarel— pero que no podemos abrir todavía.

—¿Qué necesitaríamos? —preguntó Orin.

Kiran lo pensó, leyendo los diagramas que había estado construyendo durante semanas.

—Energía etérica real —dijo—. No la sustitución eléctrica que estamos usando. Algo de la frecuencia original de las Torres. —Una pausa—. O biología compatible, canalizando directamente, como Tesla hizo cuando construyó las Torres de Letsa con su propio cuerpo como mediador inicial.

Todos los ojos, sin que nadie lo planeara, se movieron hacia Kayru.

—No —dijo Sarel, inmediatamente—. Absolutamente no. No después de anoche.

—No estoy ofreciéndome —dijo Kayru—. Solo estoy entendiendo lo que Kiran está diciendo.

Lo que Kiran estaba diciendo, y lo que todos en esa sala entendieron sin que nadie tuviera que decirlo en voz alta, era que la única llave biológica capaz de completar lo que Tesla había dejado dormido durante ciento treinta y tres años estaba sentada entre ellos, fusionándose lentamente con un dispositivo que ya le estaba costando la vida, y que cualquier intento de usar esa llave para abrir la puerta hacia Letsa multiplicaría ese costo de maneras que ninguno de ellos podía calcular todavía.




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