No decidió nada.
O al menos, no en voz alta su mirada permaneció sobre mí unos segundos más, como si aún estuviera sopesando algo invisible.
Luego exhaló por la nariz, lento.
El hacha no se movió.
Él tampoco avanzó.
Solo se apartó.
El aire regresó a mis pulmones de golpe, pero la sensación de peligro no desapareció. Había cambiado.
Ya no era una amenaza inmediata.
Era algo peor.
Incertidumbre.
Fueron solo minutos en silencio que sentí como si hubieran sido horas el sonido de aquella trompeta aún vibraba en mi memoria, como si el eco se hubiera quedado atrapado entre los árboles.
No sabía qué significaba… pero tampoco creía que fuera algo bueno.
Él, sin prestarme demasiada atención, se acercó a la chimenea y removió la leña con un palo, avivando las llamas. Por primera vez, noté la tensión en su espalda, la forma en que sus hombros seguían rígidos.
Fuera lo que fuera lo que había pasado allá afuera, lo había afectado.
Decidí cambiar de estrategia.
—Mi nombre es Evie. —me señalé el pecho—. Evie. —
Él me observó sin expresión.
Repetí el gesto, más despacio.
—Evie. —
Sus ojos bajaron un instante a mi mano y luego volvieron a mi rostro.
—Eiví —repitió, como si solo estuviera comprobando el sonido.
Asentí.
Era algo.
Tragué saliva y señalé hacia él.
Esperé.
No ocurrió nada.
Su mirada se endureció apenas, como si no entendiera qué pretendía.
Volví a señalarlo.
—¿Y tú? —
Silencio.
Durante un segundo pensé que simplemente se daría la vuelta.
Y lo hizo.
Regresó a la mesa, como si la conversación hubiera terminado.
Me quedé allí, con la mano aún suspendida en el aire.
Claro.
Hubo un largo silencio entre nosotros. El fuego chisporroteaba en la chimenea, proyectando sombras en las paredes de madera.
Quería seguir preguntando, pero cada intento de comunicación se sentía como un muro infranqueable.
Él suspiró y pasó una mano por su rostro. Luego me miró con cierta seriedad, como si evaluara mis condiciones.
Caminó hasta una estantería donde había algunas pieles dobladas. Tomó una y me la ofreció.
—Sofna. (Duerme.) —
Fruncí el ceño. No entendí la palabra. Pero el tono no era suave.
Señaló la piel. Luego un rincón de la cabaña.
—¿Qué? —
Señaló la manta y luego apuntó hacia un rincón donde había un montón de pieles sobre el suelo, algo que supuse que era su cama.
—Sofna, kona. (Duerme, mujer.)
Mi estómago se tensó.
¿Me estaba echando?
¿Ordenando?
¿Advirtiendo?
Volvió a señalar el rincón, esta vez más firme.No era una amenaza.
Era… una instrucción.
Miré el montón de pieles en el suelo.
¿Dormir?
La realización fue lenta, incómoda.
La verdad, mi cuerpo estaba agotado y mi cabeza palpitaba por la confusión. Pero la idea de dormir en este sitio, con un desconocido, después de lo que acababa de pasar…
Él debió notar mi vacilación, porque resopló y señaló la cama improvisada. Luego, con un gesto firme, señaló el suelo más alejado, cerca de la puerta.
—Ég. (Yo.)
Parpadeé.
¿Estaba diciéndome que él dormiría ahí?
No estaba segura de por qué me sorprendía tanto. Era obvio que no confiaba en mí más de lo que yo confiaba en él.
Apreté la manta contra mi pecho y asentí lentamente.
—Bien.
Él pareció satisfecho y se volvió hacia la chimenea, echando más leña al fuego antes de instalarse en el suelo.
Yo, aún insegura, me acerqué al rincón que me había indicado y me dejé caer sobre las pieles.
Mi cuerpo agradeció el descanso inmediato, pero mi mente seguía dando vueltas.
No sabía dónde estaba.
No entendía cómo había llegado allí.
Y lo peor… no tenía ninguna certeza de lo que traería el amanecer.
...
Desperté con el cuerpo entumecido y un dolor persistente en las sienes. Me tomó unos segundos recordar dónde estaba.
La cabaña.
El fuego aún ardía en el hogar, pero se había reducido a brasas incandescentes.
Me incorporé lentamente sobre el jergón de pieles en el que había dormido. El lugar estaba en silencio, solo el crujido ocasional de la madera y el susurro del viento afuera rompían la quietud.
El hombre no estaba dentro.
El silencio se volvió más denso de inmediato, como si la cabaña hubiera cambiado en su ausencia. Me quedé inmóvil unos segundos, intentando escuchar algo más allá del crujido ocasional de la madera y el murmullo del viento contra las paredes. Nada.
Tragué saliva.
¿Se había ido?
La idea me provocó un vuelco incómodo en el estómago. No sabía si debía sentir alivio o miedo. Afuera solo había nieve, bosque y un mundo que no entendía. Adentro, al menos, había calor… y una presencia que, aunque inquietante, era real.
Mi pulso comenzó a acelerarse. No sabía qué era peor: que no regresara… o que lo hiciera y su decisión respecto a mí hubiera cambiado durante la noche.
Me puse de pie con torpeza, sintiendo la frialdad del suelo en la planta de los pies. Apenas di un paso cuando la puerta se abrió de golpe.
Era él.
Entró con la misma seriedad de siempre, sin dirigirme una palabra. Llevaba una especie de bolsa de cuero en la mano y su ropa estaba ligeramente húmeda por la nieve.
Me miró brevemente, como para asegurarse de que seguía allí, y luego caminó hacia la mesa, dejando la bolsa a un lado.
No sabía si debía decir algo.
No sabía si serviría de algo.
Apreté los labios, observándolo mientras sacaba cosas de la bolsa: carne envuelta en tela, algunas raíces, un cuenco con algo pastoso que no reconocí.
—¿Tienes idea de lo frustrante que es no poder hablar con alguien? —murmuré más para mí que para él.
Él levantó la vista, como si hubiera notado el tono de mi voz pero sin entender una palabra.
—Hvað? (¿Qué?)