Rurik's POV
El crujido de la nieve bajo mis botas era lo único que rompía el silencio del bosque. El aire frío mordía mi piel mientras arrancaba raíces de entre la escarcha, sacudiéndolas antes de guardarlas en mi saco de cuero. No era mucho, pero bastaría para hacer un ungüento. No tenía idea de qué le pasaba a la mujer, pero si enfermaba más, solo sería un estorbo.
Al alzar la vista, la vi a unos pasos de distancia, arrodillada en la nieve. Estaba trazando algo con los dedos, su ceño fruncido en concentración. Mi humor empeoró. ¿Qué demonios estaba haciendo ahora?
Me acerqué con pasos pesados y entrecerré los ojos al ver las líneas torpes que había dibujado. Parecía un montón de marcas sin sentido.
—Hvað ertu að gera? (¿Qué estás haciendo?) —gruñí, sin esperar una respuesta que entendiera.
Eivi alzó la cabeza y me miró con esos ojos grandes y llenos de algo que no supe descifrar. Luego señaló su dibujo y se señaló a sí misma, pronunciando palabras suaves y lentas. No entendí nada. Solo que insistía en señalar el horizonte.
—Yo... otro lugar —murmuró. Luego volvió a señalar la nieve—. Mi hogar... lejos.
Fruncí el ceño. Sus palabras eran puro ruido para mí. La escuché repetir más frases mientras señalaba su pecho y luego el bosque.
—No... aquí. Yo... no vivir aquí. Mi casa... lejos.
Solté un resoplido y chasqueé la lengua. ¿Estaba delirando? Me agaché frente a ella y, con la mano, borré sus marcas en la nieve de un solo movimiento brusco.
—Þetta er rugl. (Esto es una tontería.)
—¡No! —protestó Eivi, apartando mis manos y volviendo a trazar algo sobre la nieve con frustración—. ¡Escucha! ¡Yo no pertenecer aquí!
No entendía lo que decía, pero su tono impaciente y la forma en que golpeaba la nieve con los dedos me hicieron soltar una carcajada seca. Como si repetirlo hiciera que de pronto comprendiera su idioma.
Ella se tensó y abrió la boca, pero no le di oportunidad de seguir con su balbuceo sin sentido. Sujeté su muñeca y la obligué a incorporarse de un tirón.
—Ekki. (No.) —solté con dureza, mirándola con severidad.
No tenía idea de qué imaginaciones tenía en su cabeza, pero si pensaba que el bosque era su salvación, no sabía nada de estas tierras. Aquí afuera, la nieve sepultaba a los débiles.
Ella intentó apartar su brazo, diciendo más cosas que no entendí. Su voz sonaba molesta, pero también confundida. No me importó.
—Förum. (Vámonos.)
Tiré de ella con firmeza, obligándola a caminar de vuelta. Eivi me lanzó una última mirada, llena de algo parecido a rabia, pero no dijo más. El viento sopló fuerte, enredándole el cabello y enrojeciendo su piel. No sabía qué era lo que tanto anhelaba allá afuera, pero daba igual.
No dejaría que se perdiera en la nieve.
Cuando llegamos de nuevo a la cabaña, Eivi se cruzó de brazos, su respiración aún agitada. Me ignoró cuando solté su muñeca y se sentó de golpe en la esquina más alejada de la habitación. Apreté la mandíbula. No tenía tiempo para lidiar con sus caprichos.
Me agaché junto al fuego y empecé a triturar las raíces con el mango de mi cuchillo. La mezcla debía calentarse antes de aplicarla, así que agregué un poco de agua y la acerqué a la lumbre. El aroma amargo de las hierbas llenó el aire.
Eivi me observaba en silencio, con el ceño fruncido. Finalmente, después de unos minutos, habló.
—¿Qué... eso? —preguntó, señalando la mezcla con la barbilla.
La miré de reojo, sorprendido de que intentara comunicarse de nuevo. Gruñí, sin responder al principio, pero luego tomé la pasta con la punta de los dedos y la mostré.
—Lækning. (Medicina.) —dije seco.
Ella ladeó la cabeza y murmuró algo en su idioma, como si intentara repetirlo. Algo en su tono hizo que la irritación en mi pecho se disipara apenas un poco. Aun así, me limité a girarme de nuevo, concentrándome en el ungüento.
No sabía por qué perdía el tiempo con ella. Pero por alguna razón, aún no la había dejado morir en la nieve.
Las runas.
Después de un rato, la mezcla estuvo lista. Mojé un paño en la pasta caliente y me acerqué a ella, que me miró con recelo.
—Komdu hingað. (Ven aquí.) —ordené, inclinándome sobre ella con el paño en la mano.
Eivi frunció el ceño y se echó ligeramente hacia atrás.
—¿Qué... qué vas a hacer? —preguntó con desconfianza.
Resoplé y alcé el paño para que lo viera mejor.
—Lækning. (Medicina.)
Ella dudó, pero pareció comprender que no tenía opción. Se acercó con lentitud y la jale hasta que su rostro estuviera a tan solo centímetros de mí, observándome con una mezcla de curiosidad y cautela. Coloqué el paño caliente sobre su rostro, asegurándome de que el calor penetrara lo suficiente. La escuché soltar un jadeo sorprendido, seguido de un pequeño suspiro.
—Oh... caliente... —murmuró.
No respondí, concentrándome en su reacción. Cuando no se apartó, continué presionando el ungüento contra su rostro con firmeza pero sin brusquedad. Eivi se quedó en silencio, observándome de cerca.
—Tú... ayudarme —dijo, como si estuviera tratando de asegurarse de que era cierto.
Le lancé una mirada fugaz, pero no respondí. Si lo hacía, de todos modos no me entendería. Mejor así. Terminé de aplicar la medicina y me levanté, alejándome de ella sin más palabras.
El fuego crepitaba en la cabaña, arrojando sombras sobre las paredes de madera. Eivi se frotó el brazo suavemente, sin apartar la vista de mí. No entendía qué era lo que intentaba leer en mi rostro, pero al final, pareció darse por vencida y desvió la mirada hacia el fuego.
Me senté en el suelo, afilando mi cuchillo con calma. No tenía intenciones de hablar más. Ella podía pensar lo que quisiera.
El viento rugió afuera, golpeando la cabaña como si quisiera colarse dentro. Eivi se estremeció ligeramente y se abrazó a sí misma.
La miré de reojo.
No entendía qué hacía aquí. Ni por qué me molestaba en mantenerla con vida.