Eivi's POV
Habían pasado días. ¿Semanas, tal vez? Había perdido la cuenta. Cada amanecer traía la misma escena: el crepitar del fuego apagándose lentamente, el aroma de la madera quemada aún flotando en el aire y la figura de Grandulon, siempre despierto antes que yo.
Esperaba a que saliera comiera algo para luego el ahí si salir de la cabaña, aveces llegaba, con madera entre sus grandes brazos, otras traía algunos animales muertos en sus hombros pero para esos días pasaba derecho al lago cerca de la cabaña limpiaba el animal y luego lo metía en un baúl qué se encontraba fuera de la cabaña.
No sabía si era costumbre o si así era la costumbre de este nuevo espacio pero me parecía sorprendente. Algunas noches, lo escuchaba moverse dentro de la cabaña, como si no pudiera dormir del todo. Otras veces, se quedaba fuera, en la penumbra, observando el bosque cubierto de nieve. No hacía falta entender su idioma para notar su tensión en esos momentos. Algo lo inquietaba.
Pero, al igual que con todo lo demás, no me lo decía.
Aun si me lo dijera no lo entendería.
Yo me había acostumbrado a su rutina: salía temprano y regresaba con leña, carne o hierbas. Apenas hablaba. Apenas me miraba. Parecía más interesado en asegurarse de que no muriera que en cualquier otra cosa.
Sin embargo, últimamente, había detalles en su comportamiento que me hacían dudar.
Traía más leña de lo normal, como si estuviera acumulándola. También dejaba más carne curándose junto al fuego, en cantidades mayores a las habituales. Incluso su mirada parecía más alerta, como si esperara algo.
Una noche, cuando creyó que dormía, lo vi sacando algo envuelto en tela gruesa de un pequeño cofre de madera. Lo sostuvo en sus manos durante varios minutos antes de volver a guardarlo.
No entendía qué estaba pasando, pero algo era seguro: Se estaba preparándo para algo. Y yo aún no sabía para qué.
Los cambios no eran bruscos, pero estaban ahí, acumulándose poco a poco.
Una tarde, cuando volvió de su salida habitual, traía algo más que leña y carne. Llevaba ramas de pino, gruesas y cubiertas de escarcha, y un saco con lo que parecían ser bayas secas. No hizo ningún comentario, solo las dejó a un lado y continuó con su rutina.
Lo observé en silencio mientras apilaba la leña con más orden del habitual. Luego, con su cuchillo, empezó a cortar las ramas de pino, separando las agujas y dejándolas en un cuenco de madera.
Fruncí el ceño. Hasta ahora, todo lo que había recolectado tenía una función clara: comida, medicinas, materiales para el fuego. Pero esto… esto era diferente.
—¿Por qué… eso? —pregunté, señalando las agujas de pino esparcidas sobre la mesa.
El Grandulon levantó la vista, su expresión inescrutable.
—Jól. —dijo simplemente, como si eso explicara algo.
Parpadeé. No tenía idea de qué significaba esa palabra, pero la forma en que la pronunció, con un tono seco pero definitivo, me hizo saber que era importante.
Intenté repetirla, aunque mi lengua tropezó con la pronunciación.
—Jol… ¿qué es?
Él no respondió. Solo volvió a su tarea, ignorándome como si la conversación nunca hubiera sucedido.
Me mordí el labio, frustrada. A estas alturas, ya había aceptado que nunca me daría respuestas claras, pero eso no significaba que dejaría de intentar entender.
Algo estaba cambiando.
Esa misma tarde, cuando el sol apenas era un resplandor rojizo en el horizonte, El Grandulon volvió con algo más que ramas y bayas.
En sus brazos, temblando de frío y con el pelaje cubierto de nieve, traía una cabra bebé.
Me levanté de inmediato, sorprendida. Hasta ahora, lo único que traía eran pieles, carne o hierbas. Pero esto… esto estaba vivo.
—¿Una… cabra? —murmuré, acercándome con cautela.
El animalito baló suavemente y trató de encogerse contra su pecho. El grandulon no respondió, solo la dejó en el suelo con brusquedad, como si no significara nada, y empezó a quitarse la nieve del abrigo.
Me agaché y toqué la pequeña criatura con cuidado. Su cuerpo estaba helado.
—¿Está bien? —pregunté, mirándolo con el ceño fruncido.
Él alzó la cabeza, frunciendo el ceño como si mis palabras fueran un ruido molesto.
Él alzó la cabeza y murmuró algo que sonó como un reproche, sus palabras desaparecieron en el crujir del fuego
Fruncí los labios y volví mi atención a la cabra. No podía ser peor que él.
Acaricié su lomo con suavidad y, sin pensarlo demasiado, la levanté y la acerqué al fuego.
El animal se acomodó en mi regazo con facilidad, acurrucándose contra el calor.
El Grandulon me observó en silencio por unos segundos antes de resoplar y girarse para seguir con sus tareas.
No me importó.
Si él no iba a cuidarla, yo sí.
Los días siguientes, la pequeña cabra se convirtió en mi sombra dentro de la cabaña. La envolví en un manto de pieles para mantenerla caliente y compartía con ella parte de mi comida cuando El Grandulon no estaba mirando.
Era una criatura tranquila, pero frágil. Sus patas aún eran torpes y su cuerpo demasiado delgado para mi gusto. Cada vez que balaba en busca de calor, yo la acurrucaba contra mí y la acariciaba hasta que se dormía.
El Grandulon no tardó en notar mi dedicación… y no le gustó.
—Þetta er ekki gæludýr.(No es una mascota.) —bufó un día, cruzándose de brazos mientras me veía acariciar a la cabra.
Le lancé una mirada sin entender sus palabras.
—No voy a dejarla morir de frío —repliqué, apretando la mandíbula.
—Hún þarf ekki svona mikla athygli. (No necesita tantos cuidados.) —
—¿Qué? —
Él resopló con exasperación y señaló a la cabra con un gesto brusco. Luego me apuntó a mí y sacudió la cabeza, como si quisiera decirme que parara.
Fruncí el ceño, abrazando más al animal.
—No —dije simplemente.
Su expresión se endureció. Murmuró algo en su idioma que sonó como una maldición y se inclinó para intentar arrebatarme la cabra.