El rincón no era frío.
Era peor que eso.
No me moví. No porque quisiera obedecerle… sino porque algo en su voz se me había quedado clavado bajo la piel.
Kyrr.
La palabra seguía ahí.
No sabía qué significaba.
Solo sabía lo que había pasado después.
No moverme.
No hablar.
No… hacer nada fruncí el ceño.
—Kyrr… —murmuré apenas.
¿Quieta?
¿Silencio?
¿Quedarme?
No estaba segura.
Levanté la mirada un instante.
Él seguía junto a la puerta tenso como si esperara algo, bajé la vista de inmediato.
Antes…
—Hér.
Apreté los dedos contra el suelo, había señalado este lugar. Luego a mí.
—Hér… —susurré, más bajo aún.
Miré alrededor.
¿Aquí?
¿Este rincón?
¿O… quedarme aquí?
Exhalé por la nariz.
No tenía forma de saberlo, y no iba a preguntarle. Pero si volvía a decirlo… esta vez prestaría atención. Intente salir del lugar al que me había empujado antes.
La madera crujió, no fuerte, pero lo suficiente para tensar algo en el aire. Él se movió antes de que pudiera siquiera pensar en lo que significaba. El hacha ya estaba en su mano.
—Kyrr. — (Quieta.)
No levantó la voz. No lo necesitó. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza, quedándose completamente inmóvil, como si algo en mí ya entendiera que cualquier movimiento era un error. Incluso la respiración se me trabó en el pecho.
Él no me miró esta vez. Su atención estaba fija en la puerta, en la madera, en ese punto donde parecía esperar que algo ocurriera.
Tragué saliva, sintiendo el pulso en las manos. No era silencio… no exactamente.
Era otra cosa. Era no moverse. O no atreverse a hacerlo.
Afuera no se escuchaba nada. Y aun así, él no se relajaba.
—Hér. — (Aquí.)
Lo dijo sin girarse, señalando apenas con la mano hacia el mismo rincón.
Fruncí el ceño. Ya estaba ahí. Dudé un segundo, apenas lo suficiente para que la duda pesara más que el movimiento, y luego deslicé el pie unos centímetros hacia atrás, pegándome más a la pared, reduciendo el espacio que ocupaba, como si eso fuera lo que realmente esperaba de mí.
Él no corrigió. No repitió la palabra. No hizo nada.
Pero tampoco dejó de estar atento.
Exhalé lento, casi sin darme cuenta. Tal vez… eso era lo correcto. O tal vez solo no era lo suficientemente incorrecto como para que reaccionara.
No estaba esperando. Estaba listo.
Y luego… nada. El sonido no volvió a repetirse. El viento siguió rozando la cabaña como siempre, arrastrándose por la madera sin intención, como si todo hubiera sido solo eso: madera vieja acomodándose bajo el frío.
Él no bajó el hacha de inmediato. Se quedó allí unos segundos más, quieto, con la mirada fija en la puerta, como si aún esperara que algo más ocurriera. Pero ese algo no llegó. Finalmente soltó el aire por la nariz, casi imperceptible, y la tensión en sus hombros cedió apenas lo suficiente para notarlo.
Bajó el arma sin descuidarla y la dejó apoyada contra la pared, cerca, al alcance. No volvió a mirarme. Simplemente empezó a moverse por la cabaña con esa misma atención contenida, revisando primero la ventana, ajustando la madera hasta que dejó de vibrar con el viento, y luego el cerrojo de la puerta, asegurándose de que encajara firme.
No era miedo. Era costumbre.
Yo seguía en el rincón, sin atreverme a moverme más de lo necesario, observándolo en silencio. Algo en su forma de moverse había cambiado. No estaba relajado, pero ya no parecía esperar un ataque inmediato. Era otra cosa… como si su atención hubiera pasado de afuera a dentro.
El fuego crepitó con un sonido más bajo de lo habitual. Él se agachó frente a él y comenzó a remover las brasas con cuidado, separándolas, acomodándolas como si buscara que duraran más tiempo. Luego añadió un trozo de leña más grueso de lo normal, seguido de otro.
Luego de hecharle más leña a la chimenea tomó un manojo de paja y con una cuerda la apretó, a su vez alzó una cubeta vacía tiro un par de trapos viejos dentro y salió de la cabaña.
Sus movimientos eran distintos, más organizados, como si tuviera una lista invisible en la cabeza. Dudé un segundo antes de seguirlo, pero aun así salí detrás de él, cerrando la puerta con cuidado. Caminó sin mirar atrás, con la cubeta en una mano y el manojo de paja en la otra, adentrándose en el bosque con una seguridad que me hizo pensar que ese camino lo conocía de memoria. No dijo nada, no se detuvo, y yo me limité a seguirlo a cierta distancia, sintiéndome fuera de lugar y, aun así, incapaz de regresar sola.
Cuando llegamos al claro, entendí que ese sitio no era cualquiera. Las piedras formaban un círculo imperfecto, altas, viejas, con marcas que no supe leer, pero no fue eso lo que más me llamó la atención… fue cómo él entró, como si estuviera llegando a un lugar importante, no extraño. Dejé escapar el aire despacio antes de seguirlo.
El primer día se dedicó a limpiar.
Vació la cubeta cerca de una de las piedras y empezó a recoger todo lo que había en el suelo: hojas secas, ramas, restos de tierra suelta. Barría con la paja atada, apartando todo con paciencia, como si no pudiera dejar ni un solo rincón sin tocar. Lo vi detenerse varias veces solo para acomodar mejor el espacio, nivelar la tierra con las manos, quitar pequeñas piedras que parecían estorbar. No había prisa en sus movimientos, pero tampoco duda. Sabía exactamente qué hacer. En algún momento usó los trapos para limpiar las superficies de las piedras más cercanas, retirando polvo, como si realmente le importara que todo estuviera en orden.
No me habló. Ni siquiera pareció notar que yo estaba allí.
Volvimos a la cabaña cuando el sol ya estaba cayendo, y pensé que al día siguiente todo volvería a la normalidad… pero no fue así.
El segundo día regresamos.
Esta vez llevaba algunas cosas más, pequeñas, que no alcancé a distinguir bien desde donde estaba, pero las fue colocando dentro del círculo, en puntos específicos, como si siguiera una lógica que yo no entendía. El suelo ya estaba limpio, así que ahora se dedicó a organizar. Movía, ajustaba, retrocedía un paso, volvía a mover. A veces se quedaba quieto unos segundos, mirando, como evaluando si todo estaba en su lugar.