El sol de marzo entraba a rachas por las ventanas empañadas de El Guerrero. El gimnasio olía a lona nueva, a madera recién barnizada y a ese sudor viejo que nunca se iba del todo. Ryan Martínez empujó la puerta metálica con el hombro, la mochila colgando de una correa y los nudillos todavía algo sensibles por la última pelea del torneo escolar.
Ya no era el mismo chico que había entrado allí cuatro meses atrás, con las manos temblorosas y la mirada baja. Ahora caminaba con otro aire. Sin arrogancia, pero con seguridad.
—¡Llegó el conejo! —gritó César desde el ring, con su calavera tatuada brillando bajo la luz.
Ryan sonrió y levantó una mano para saludar. A su alrededor, los jóvenes boxeadores que siempre estaban ahí —los que antes ni lo miraban— ahora le dedicaban gestos de respeto. Unos le daban puñetazos amistosos en el hombro. Otros solo asentían. Pero todos lo reconocían.
—¿Cómo va eso, Martínez? —preguntó uno de los chicos nuevos, un tal Fabián, que acababa de llegar la semana anterior.
—Bien —respondió Ryan—. Entrenando.
—Ya me enteré de lo del torneo. Bronce, ¿no?
—Bronce —repitió Ryan, sin falsa modestia—. Pero este año voy por más.
El chico silbó con admiración.
Ryan se dirigió a la banca de siempre, dejó la mochila y empezó a desabrochar los cordones de las zapatillas. Llevaba los guantes nuevos que su padre le había regalado, colgando del asa de la mochila como un trofeo. Aún no los había estrenado en serio. Quizá hoy.
—Martínez.
La voz grave de Mario llegó desde la oficina. El entrenador salió con su chándal gris de siempre, las manos en los bolsillos y la cicatriz de la ceja más roja que nunca bajo los fluorescentes.
—Jefe —dijo Ryan, incorporándose.
—Me alegra verte de vuelta. La semana de descanso se acabó. Hoy empezamos en serio.
—Estoy listo.
—Lo sé. Por eso he preparado algo especial. Calienta bien, que vas a tener un breve combate con Javier.
Ryan sintió un nudo en el estómago. No era miedo. Era respeto. Javier era el mejor del gimnasio, el único que peleaba en semi profesional, el que lo había mandado a la lona en treinta segundos el primer día y lo había noqueado en el tercer asalto la última vez.
—¿Javier? —preguntó Ryan, solo para confirmar.
—Javier. Quiero ver cuánto has mejorado. Y tú también quieres saberlo.
Ryan asintió. Se puso a saltar la cuerda en el rincón de calentamiento. Una, dos, tres, cuatro. El ritmo volvía a su cuerpo como si nunca se hubiera ido. El silbido de la cuerda, el golpeteo de sus pies contra el cemento, la respiración que se iba acelerando. Todo estaba en su sitio.
Mientras saltaba, sintió una presencia a su espalda.
—Como estás, conejo.
Ryan giró. Javier estaba ahí, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una sonrisa tranquila. No era arrogante como Diego. Era una sonrisa de verdad, de esas que nacen de la confianza en uno mismo.
—Bien, Javier —respondió Ryan, sin dejar de saltar—. ¿Y vos?
—Mejor que nunca. Terminando de ajustar los últimos detalles.
Ryan lo miro. Javier se acercó un paso y bajó la voz, como si compartiera un secreto.
—Me confirmaron las próximas Olimpiadas.
Ryan dejó de saltar. La cuerda se enredó en sus pies y casi se cae.
—¿Qué?
—Las Olimpiadas Juveniles. Voy a representar a nuestro país. Y también voy a representar este gimnasio. A Mario, a César, a todos.
Ryan se quedó mudo. Su corazón latía con fuerza, pero no por el ejercicio. Sentía una mezcla de orgullo ajeno y una chispa pequeña de envidia. No envidia mala. Era la clase de envidia que te hace querer ser mejor.
—Es increíble —dijo Ryan, y su voz sonó más ronca de lo que quería—. Te lo mereces.
Javier le puso una mano en el hombro.
—Algún día, conejo, quiero verte a vos ahí. Representando al país. Representando este gimnasio. Tenés madera. Solo falta que no te rindas.
Ryan tragó saliva. Las palabras de Javier pesaban más que cualquier consejo técnico.
—No me voy a rendir —dijo.
—Eso quiero oír. Ahora terminá de calentar. Que no te voy a esperar toda la vida.
Javier se alejó hacia el ring, subió las escalerillas de un salto y empezó a mover los brazos. Ryan lo miró un momento. Lo admiraba. No solo como boxeador. Como persona.
Volvió a saltar la cuerda con más fuerza, con más propósito.
El ring estaba nuevo. Mario lo había pintado la semana anterior, aprovechando el descanso de Ryan. La lona era de un azul intenso, casi eléctrico, y las cuerdas blancas brillaban bajo las luces. Olía a pintura fresca y a plástico. A futuro.
Ryan terminó de vendarse las manos —con paciencia, con la rutina ya grabada en los dedos— y se puso los guantes nuevos. El cuero negro crujió suavemente cuando cerró los puños.
—Primera vez con esos —dijo César desde la esquina, apoyado en la tercera cuerda.
—Mi padre me los regaló —respondió Ryan, con orgullo.
—Bien. Que te traigan suerte.
Ryan subió al ring. Las cuerdas nuevas crujieron bajo su peso. Javier ya estaba en su esquina, saltando suavemente, con la mirada puesta en Ryan.
Los boxeadores jóvenes y mayores se acercaron a mirar. Alguien silbó para pedir silencio. El gimnasio se fue callando poco a poco. Solo se escuchaban las respiraciones y el roce de los guantes.
Mario se colocó al borde del ring, con el cronómetro en la mano.
—Tres asaltos. Dos minutos cada uno. Quiero boxeo limpio, pero quiero intensidad. ¿Claro?
—Claro —dijeron Ryan y Javier al unísono.
Sonó la campana.
Primer asalto
Javier salió midiendo. Movía la cabeza, lanzaba jabs de sondeo, esperaba. Ryan lo imitó. Los dos se estudiaron durante los primeros segundos.
Ryan lanzó el primer golpe: un jab directo al pecho. Javier lo bloqueó y respondió con un cross que Ryan esquivó agachándose.
—Bien —dijo Javier, casi en un susurro.
Intercambiaron combinaciones. Ryan conectó un gancho de izquierda en el brazo de Javier. Javier respondió con un directo al hombro de Ryan. Ninguno de los dos quería arriesgar demasiado. Era un baile de precisión.