La campana del colegio sonó con su metálico eco de siempre. Ryan caminaba por el pasillo principal con la mochila colgando de un hombro y los ojos todavía un poco pegados por la desvelada de la noche anterior. La partida de Fortnite con Kevin y Lucas se había alargado hasta la una de la mañana, y el resultado había sido desastroso.
—¡Ni una sola! —gritó Kevin en cuánto lo vio entrar al aula—. ¡Ni una sola partida ganamos!
—Técnicamente, quedamos segundos en dos partidas —dijo Lucas, ajustándose las gafas.
—Segundo es el primero de los perdedores.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene todo el sentido.
Ryan se dejó caer en la silla de atrás, junto a ellos, y soltó una risa cansada.
—Lo importante es que nos divertimos —dijo.
—Divertirnos es ganar —respondió Kevin con una mueca dramática—. Y nosotros perdimos.
—Bienvenido al mundo real —dijo Lucas, y los tres rieron.
El profesor aún no había llegado. Aprovecharon para hablar de las tareas que no habían hecho. Kevin había dejado la de matemáticas en blanco. Lucas la había hecho completa, pero por alguna razón que nadie entendía, siempre sacaba la mitad de los puntos. Ryan había intentado hacer la de lengua, pero se había quedado dormido a la mitad.
—Copiamos de Lucas —propuso Kevin.
—No copien de mí, me equivoco siempre —dijo Lucas.
—Pero te equivocas con estilo.
Ryan ya estaba sacando el cuaderno cuando la profesora entró. Era tarde para copiar. Tendrían que arreglárselas solos.
El recreo los encontró en el patio de siempre, sentados en las escaleras de cemento que daban al gimnasio. Kevin ya había desaparecido hacia el quiosco en busca de provisiones. Lucas hojeaba un cuaderno de apuntes que parecía un libro de texto. Ryan miraba el cielo, pensando en el entrenamiento de esa tarde.
—Martínez.
Ryan giró la cabeza. Era Matías, el chico tímido que se sentaba solo en el fondo del aula. Llevaba una mochila gastada y una expresión de no saber bien cómo acercarse.
—¿Qué pasa, Mati? —dijo Ryan, usando el apodo que le habían puesto la semana anterior.
—El profesor Osorio me mandó a buscarte. Dice que vayas a su oficina. Y también a los otros.
—¿Los otros?
—Los del torneo. Los que ganaron medallas.
Ryan se incorporó de un salto.
—¿Ahora?
—Ahora.
Kevin llegó en ese momento con una bolsa de nachos humeantes. Los miró a los dos.
—¿Qué pasa?
—Me llaman —dijo Ryan—. Ustedes vengan también.
Los tres cruzaron el patio hacia la oficina de Osorio. El profesor estaba detrás de su escritorio, con su bigote ochentero y su chándal rojo. Al lado, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, estaba Diego Luján. También estaban Sebastián (segundo puesto) y el chico que Ryan había vencido por el tercer puesto.(Cuarto puesto)
Diego los miró con esa sonrisa arrogante que le caracterizaba. No dijo nada. Solo arqueó una ceja, como si estuviera perdiendo el tiempo.
—Tomen asiento —dijo Osorio, señalando unas sillas plegables.
Ryan se sentó junto a Sebastián, que le dedicó un leve asentimiento. Kevin y Lucas se quedaron de pie, cerca de la puerta.
—Los he llamado —empezó Osorio— porque quiero inscribirlos en el Campeonato Intercolegial Municipal. Es el torneo de boxeo más importante de la ciudad antes del regional. Participan colegios de toda la zona. Los mejores boxeadores juveniles.
El corazón de Ryan dio un brinco.
—¿Cuándo es? —preguntó.
—En seis semanas. Tiempo justo para prepararse. Las inscripciones cierran el viernes. Necesito saber quiénes quieren participar.
—Yo quiero —dijo Ryan, sin dudar un segundo.
Sebastián asintió a su lado.
—Yo también.
El chico de cuarto año levantó la mano tímidamente.
—Yo… sí.
Osorio miró a Diego.
—¿Luján?
Diego se encogió de hombros.
—Supongo que sí. No hay otro torneo interesante este mes.
Su tono era tan despectivo que Ryan sintió ganas de decirle algo. Pero se contuvo.
Osorio anotó los nombres en una planilla.
—Bien. Los mantendré informados sobre el sorteo y las fechas. Los que tengan entrenador particular, sigan con él. Los que no, pueden usar el gimnasio del colegio por las tardes.
Ryan salió de la oficina con una sonrisa que no podía ocultar. Kevin y Lucas lo seguían.
—¡Eso es enorme! —gritó Kevin, dándole una palmada en la espalda—. ¡Intercolegial Municipal! ¡Suena importante!
—Lo es —dijo Lucas, consultando algo en su teléfono—. Participan colegios de toda la ciudad. Habrá cien boxeadores, por lo menos.
Ryan se giró para mirar a Diego, que salía detrás de ellos con las manos en los bolsillos.
—Oye, Luján —lo llamó.
Diego se detuvo. Lo miró con esos ojos fríos.
—¿Qué?
—Tu colegio… es privado, ¿no? Tienes dinero. Podrías estar en cualquier lado. ¿Por qué estás aquí?
Diego sonrió. No era una sonrisa amable.
—Porque este es el único colegio de la zona con un campeonato de boxeo decente. Los otros están lejos. Y me da flojera madrugar para ir hasta allá. Aquí tengo lo que necesito y no pierdo tiempo viajando.
—¿Y el nivel académico? —preguntó Lucas, curioso.
Diego lo miró como si fuera un insecto.
—El nivel académico me importa una mierda. Yo voy a ser boxeador profesional. El colegio es solo un trámite.
Se dio la vuelta y se fue, sin mirar atrás.
Kevin silbó.
—Qué simpático el chico.
—Es un idiota —dijo Ryan, pero sin odio. Solo con una certeza fría—. Un idiota con talento.
—Pero tú tienes algo que él no tiene —dijo Lucas.
—¿El qué?
—Amigos.
Ryan sonrió. Eso sí que no lo podía comprar Diego con todo su dinero.
Los tres se fueron al quiosco del patio. Kevin compró otra bolsa de nachos con queso derretido ya se había terminado la primera y compartieron en las escaleras.
—Vas a ganar ese torneo —dijo Kevin, con la boca llena.