Ryan Martinez 2

EP. 3 "Guantes nuevos"

El recreo grande era un despelote. El patio de tierra lleno de grupos: los del fútbol en una esquina, los de la cancha de básquet en otra, los vagos tirados en el pasto seco, las chicas sentadas en las gradas pintarrajeadas.

Ryan, Kevin y Lucas estabon apoyados contra la pared del gimnasio, cerca de la fuente que nunca andaba. Kevin masticaba unos nachos de la bolsa que había comprado en el quiosco de la señora Lidia. Lucas revisaba su celular prestado, porque el suyo se había roto la semana anterior. Ryan miraba el cielo nublado, pensando en el entrenamiento de la tarde.

—Oe —dijo Kevin de repente, con la boca llena—. Ahí vienen los futboleros.

Ryan giró la cabeza. Tres chicos del equipo de fútbol se acercaban. El líder era Gonzalo, un flaco alto de rostro duro que jugaba de delantero y se creía el dueño del colegio. Lo seguían Kevin —sí, otro Kevin—, un chico bajo y musculoso, y Jairo, un moreno callado que siempre andaba con cara de sueño.

—Martínez —dijo Gonzalo, parándose frente a Ryan—. ¿Tan famoso te crees ahora?

—No me creo nada —respondió Ryan, sin moverse de la pared—. ¿Qué quieres?

—Que dejes de joder con eso del boxeo. Parece que fueras el próximo campeón mundial.

—No jodo. Entreno nomas.

El otro Kevin soltó una risita.

—Para qué, si igual te van a cascar en el torneo.

—Eso ya lo veremos —dijo Ryan, sin inmutarse.

Gonzalo dio un paso más. Estaban cerca. Muy cerca. Se sentía el olor a perfume barato y a cigarro que se había fumado a escondidas.

—Mirá, Martínez —dijo bajando la voz—. No me gusta que me robes la atención. El año pasado yo era el ídolo del colegio. Ahora resulta que todos hablan de vos. Y no me gusta.

—No es mi problema —respondió Ryan—. Si querés ser famoso, andá y hace algo que valga la pena. No vengas a joderme a mí.

El otro Kevin apretó los puños. Jairo seguía callado, con una mezcla de aburrimiento y curiosidad. Lucas, sin dejar de mirar el celular, metió su cuchara.

—Oye, Gonzalo. El profesor Osorio está mirando desde la ventana. Si te ve jodiendo, te saca del partido del sábado. ¿Querés eso?

Gonzalo giró la cabeza. Osorio estaba en la puerta de la oficina, con el café en la mano, mirando para el patio sin prestar atención. Pero igual.

—Esto no termina acá —dijo Gonzalo, y se fue con los suyos.

Kevin —el amigo— soltó el aire.

—Uf, pensé que nos iban a pegar.

—No iban a hacer nada —dijo Lucas—. Solo querían aparentar.

Ryan se encogió de hombros.

—Déjalos. No valen la pena.

Los tres se quedaron un rato más en silencio. El sol se asomó entre las nubes. Kevin compartió los nachos. Y la vida siguió.

La noche, el patio, el padre

Esa noche, Ryan estaba en el patio de su casa. Un patio chico, con el limonero marchito que su viejo nunca quería podar y una silla de plástico rota que nadie tiraba porque "total, para algo sirve". El cielo estaba despejado, pero hacía fresco. Ryan tenía puesta una buzita vieja del colegio y las manos en los bolsillos.

Escuchó la puerta trasera abrirse. Su padre salió con una caja de cartón debajo del brazo. Venía del trabajo, todavía con la camisa de obrero y los zapatos llenos de polvo de construcción.

—¿Todavía despierto? —preguntó don Roberto, sentándose en la silla rota.

—Todavía.

—Debieras estar durmiendo. Mañana tenés entrenamiento.

—Lo sé. No tengo sueño.

Silencio. El ruido de un perro ladrando a dos casas. El zumbido de la heladera que se filtraba por la ventana de la cocina.

—Hablé con Mario —dijo el viejo, sin mirarlo.

—¿Ah sí?

—Fui ayer. Te vi entrenar. Ese combate con Javier, el grandote.

Ryan se quedó callado. No sabía que su papá había ido.

—Mario me contó que estás mejorando. Que le ponés ganas. Que no aflojás.

—Boxear es lo que me gusta —dijo Ryan, encogiéndose de hombros.

Su padre metió la mano en la caja y sacó unos guantes negros con detalles rojos.

—No sé mucho de boxeo —dijo, mirando los guantes—. Pero sé que te encanta. Y sé que te esforzás. Más que yo a tu edad, seguro.

Levantó la vista. Sus ojos estaban cansados, pero con una luz distinta.

—Estoy orgulloso de vos, hijo.

Ryan sintió que algo le agarraba la garganta. No era para llorar, pero casi.

—¿Eso es para mí? —preguntó, señalando la caja.

—El kit completo. Guantes, vendas, bucal, zapatillas. Mario me dijo las marcas. Espero que estén bien.

Ryan se agachó. Sacó las zapatillas, las probó. Le quedaban perfecto.

—Están bien —dijo, con la voz un poco ronca.

Se puso de pie. No se abrazaron porque en su casa nadie se abrazaba. Pero Ryan le puso una mano en el hombro a su viejo. Eso ya era mucho.

—Gracias, papá.

—No me agradezcás. Ganá ese torneo, o perdé, pero no te arrastres. Eso no es de nosotros.

Ryan asintió. Agarró la caja y se fue a su pieza. Colgó los guantes en la pared, al lado de los dibujos de Daen. Se probó las zapatillas otra vez. Se miró al espejo.

—No te arrastres —repitió para sí mismo.

Y esa noche durmió con los guantes al lado de la cama, como si fueran un amuleto.



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En el texto hay: colegios, superación personal., boxeo juvenil

Editado: 14.07.2026

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