Al día siguiente, Ryan llegó al colegio con los ojos un poco hinchados de sueño. Se sentó en el fondo del aula, junto a Kevin y Lucas, como hacían siempre. La profesora aún no había llegado. Aprovecharon para hablar.
—Oe, esos tipos de ayer —dijo Kevin, mordiendo un lápiz—. Dan más risa que medio.
Ryan soltó una risa baja.
—Parecen esos bullying de película gringa. Los que se paran en el pasillo con la campera de cuero y se peinan para atrás.
—¡Jaaaa! —se rió Kevin—. Solo les faltó la banda sonora de fondo.
—Y la cámara lenta —agregó Lucas—. Cuando se fueron, caminaron en cámara lenta. Lo juro viejo.
Los tres rieron. Una risa contagiosa, de esas que nacen de la complicidad. Un par de compañeros de adelante se voltearon a mirarlos. En eso, la profesora entró.
—¿De qué se ríen? —preguntó con cara de pocos amigos.
—De nada, profesora—respondió Kevin, con una sonrisa que trataba de ser inocente.
—De nada, profesora —repitió Ryan, haciendo el mismo gesto.
La profesora los fulminó con la mirada, pero no dijo más. Abrió su cuaderno y empezó la clase.
Ryan aprovechó un momento de distracción para susurrarles a sus amigos:
—En serio, dan pena. Ni se gasten boludo.
—Ya fue —dijo Kevin—. No valen la pena.
Y siguieron con la clase como si nada.
El recreo grande los encontró en el patio de tierra de siempre. El sol pegaba fuerte. Kevin compró una bolsa de nachos en el quiosco de la señora Lidia. Lucas revisaba su celular prestado. Ryan se apoyó contra la pared del gimnasio, mirando el movimiento.
Entonces lo vio.
Un chico sentado solo en una de las gradas de cemento rotas. Flaco, de pelo oscuro y lacio, con una mochila gastada apoyada en el suelo. Miraba el piso, con las manos metidas en los bolsillos de su buzita azul. Nadie se sentaba cerca de él. Nadie le hablaba.
—Oe —dijo Ryan, señalando con la barbilla—. ¿Quién es ese?
Kevin siguió su mirada.
—¿Ese? Es Matías. Está en el otro segundo. No habla con nadie. Es re tímido.
—¿Nadie le habla? —preguntó Lucas.
—Parece que no.
Ryan se despegó de la pared.
—Vamos.
—¿A dónde? —preguntó Kevin, con la boca llena de nachos.
—A hablarle.
—¿Por qué?
—Porque está solo, pues.
Ryan se acercó. Kevin y Lucas lo siguieron, no sin antes intercambiar una mirada de “este pendejo siempre haciendo cosas raras”.
Llegaron hasta la grada. Matías levantó la vista, sorprendido. Tenía ojos grandes y oscuros, con ojeras de quien no duerme bien.
—¿Puedo sentarme? —preguntó Ryan, señalando el lugar a su lado.
Matías dudó un segundo. Luego asintió, sin decir palabra.
Ryan se sentó. Kevin y Lucas hicieron lo mismo.
—Yo soy Ryan. Él es Kevin. Él es Lucas.
Matías los miró uno por uno.
—Ya sé quiénes son —dijo, con voz baja—. Ustedes son los del boxeo.
—Ese soy yo —dijo Ryan, señalándose con el pulgar—. Kevin y Lucas son mi staff.
—Yo soy el masajista —dijo Kevin, flexionando un brazo que no tenía mucho músculo.
—Yo soy el analista de datos —dijo Lucas, ajustándose las gafas.
—Analizame está —dijo Kevin riendo
Matías esbozó una sonrisa tímida. Diminuta, pero sonrisa al fin.
—Yo no sé boxear —dijo.
—No importa —respondió Ryan—. Tampoco es obligación. ¿Te gusta algún deporte?
—Me gusta el fútbol. Pero no soy bueno.
—Tampoco importa —dijo Kevin—. Para hacer deporte no hay que ser bueno. Hay que divertirse.
Matías guardó silencio. Miraba sus zapatillas.
—Hace meses que no hablo con nadie —murmuró.
Ryan sintó un pinchazo en el pecho. No era lástima. Era empatía.
—Bueno —dijo, levantándose y dándole una palmada en el hombro a Matías—. Hoy hablaste con nosotros. Bienvenido al grupo.
Kevin le ofreció la bolsa de nachos.
—¿Quieres?
Matías cogió uno. Lo mordió despacio.
—Gracias —dijo.
Y por primera vez en semanas, sonrió de verdad.
Ryan sintió que su familia crecía. No era grande. No era perfecta. Pero era suya.
Por la tarde, Ryan llegó a El Guerrero con los guantes nuevos colgando de la mochila. Las vendas rojas y las zapatillas también eran nuevas. Se sentía como un boxeador de verdad.
Mario estaba en el ring, ajustando las cuerdas. Lo miró y arqueó una ceja.
—Estás elegante hoy, conejo.
—Mi papá me compró el kit completo —dijo Ryan, con orgullo.
—Bien. Ahora ponételo y empezá a calentar. No estamos para desfiles de moda.
Ryan se cambió las zapatillas. Se vendó las manos con cuidado. Se puso los guantes nuevos. El cuero crujió.
Empezó a saltar la cuerda. El ritmo volvía. Una, dos, tres, cuatro.
En eso, Lucas apareció en la puerta del gimnasio. Sudaba. Había caminado desde su casa.
—¡Ryan! —gritó, con las manos en las rodillas, recuperando el aliento.
Ryan dejó de saltar.
—¿Qué pasó?
—El torneo. Me acaban de avisar. Se suspende hasta junio.
—¿Cómo?
—Postergaron las Intercolegiales Municipales. Por temas de calendario. Se van a hacer en junio. Tenemos dos meses más para prepararnos.
Ryan soltó el aire. No sabía si estar aliviado o frustrado.
—Está bien —dijo al final—. Más tiempo para entrenar.
—Eso quería oír —dijo Mario desde el ring—. Ahora deja de hablar y subí.
Lucas se despidió con una mano.
—Yo me voy. Esto del ejercicio me da alergia.
—No existe alergia al ejercicio —dijo Ryan.
—En mi familia sí.
Lucas se fue. Ryan subió al ring.
Ryan entrenó duro esa tarde. Golpeó la bolsa hasta que los brazos le pesaron como troncos. Hizo sombra con Mario corrigiéndole la postura. Practicó combinaciones una y otra vez.
Cuando terminó, se sentó en la banca a beber agua. Mario se sentó a su lado.
—Bien —dijo el entrenador—. Mejorando.
—Gracias.
—Pero hay algo que quiero hablarte.
Ryan lo miró. Mario tenía esa cara de cuando iba a decir algo incómodo.