El sol de la tarde entraba por las ventanas empañadas de El Guerrero. Ryan llevaba ya una hora entrenando. Había corrido, saltado la cuerda, hecho sombra. Los guantes nuevos que su padre le regaló le quedaban como un segundo pellejo. Las zapatillas nuevas ya empezaban a sentir el sudor.
Mario lo había puesto a golpear la bolsa pesada. Uno, dos, uno, dos. El ritmo era constante, casi hipnótico. Ryan cerraba los ojos a veces, imaginando a un rival enfrente. A Diego. A La Sombra. A cualquiera.
—¡Más fuerte, conejo! —gritó Mario desde la esquina—. Esa bolsa no se va a golpear sola.
Ryan apretó la mandíbula y descargó un gancho que hizo temblar la cadena.
En eso, la puerta metálica del gimnasio chirrió.
Ryan no miró. Siguió golpeando. Pero escuchó la vocecita aguda de Thiago.
—¡Ryan! ¡Ryan, mirá, me compraron vendas nuevas!
Ryan se giró. Thiago corría hacia él con las manos envueltas en vendas rojas, demasiado grandes para sus dedos pequeños. Detrás de él, caminando despacio, con el cuaderno negro bajo el brazo y el pelo recogido en una cola de caballo desordenada, estaba Daen.
Ryan sintió que el corazón le daba un vuelco.
Hacía días que no la veía. La última vez, en el gimnasio, apenas hablaron. Ella se fue temprano, sin despedirse. Ryan había tratado de no pensar en eso. Pero ahora, con ella ahí, a unos metros, todas las excusas se le borraron.
—Hola —dijo Ryan, con la voz más suave de lo que quería.
—Hola —respondió Daen. Esbozó una sonrisa pequeña. Esa sonrisa que a Ryan le derretía el pecho.
Thiago se interpuso entre ellos, mostrando sus vendas.
—¡Mirá, Ryan! ¡Mi mamá me las compró! ¿Me enseñas a vendarme como los grandes?
Ryan se agachó para quedar a la altura del niño.
—Primero hay que lavarse las manos, campeón. Las vendas nuevas huelen a fábrica.
—¡Yo me lavo las manos todos los días!
—Todos los días no es lo mismo que antes de ponerte las vendas.
Thiago se quedó pensando, y luego salió corriendo hacia el baño.
Ryan se quedó solo con Daen. Ella se sentó en la banca de madera, abrió su cuaderno y empezó a hojearlo. Ryan se sentó a su lado. No muy cerca, pero tampoco lejos.
—¿No trajiste los dibujos nuevos? —preguntó, por decir algo.
—Algunos —respondió Daen. Le mostró una página. Era un boceto de un ring visto desde arriba, con dos boxeadores en el centro. No se veían las caras, solo las siluetas. Uno estaba en guardia. El otro, en el suelo.
—¿Quién ganó? —preguntó Ryan.
—Todavía no lo sé —dijo Daen, cerrando el cuaderno—. Lo termino cuando termine el torneo.
—¿Y si pierdo?
—Entonces dibujo al que se levanta.
Ryan la miró. Tenía los ojos fijos en el cuaderno, pero su mente parecía estar en otro lugar.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —respondió rápido. Demasiado rápido.
—¿Segura?
—Segura.
Ryan quiso preguntarle más. Quiso decirle que la extrañaba. Que notaba que algo había cambiado. Que las últimas veces que vino al gimnasio apenas lo miró. Que esa distancia le dolía más que cualquier gancho en el hígado.
Pero no dijo nada. Solo se quedó ahí, en silencio, sintiendo el roce de su hombro contra el de ella.
Thiago volvió con las manos mojadas y chorreando agua.
—¡Ya me lavé!
Ryan se rió.
—Pero no te secaste, pues.
—Mi mamá dice que el agua seca sola.
—Tu mamá se equivoca.
Ryan le enseñó a vendarse las manos mientras Daen los miraba. Dibujaba trazos sueltos en su cuaderno. Thiago movía los puños en el aire, imitando a los boxeadores que veía en la tele.
En un momento, cuando Thiago se fue a molestar a César, Daen se acercó a Ryan.
—Oye —dijo, en voz baja—. Quiero decirte algo.
Ryan sintió que la garganta se le secaba.
—Dime.
—Voy a dibujar todas tus peleas. Las del torneo municipal. Las que vengan después también.
—¿Todas?
—Todas.
—¿En serio?
—Te lo prometo.
Ryan sonrió. Era una sonrisa amplia, sincera, de esas que no salen a propósito. Por un momento, todo el dolor de las últimas semanas se disolvió. Daen había vuelto. Todo iba a estar bien.
—Entonces voy a tener que ganar muchas para que tengas trabajo —dijo.
—Ese es el plan —respondió Daen, y también sonrió.
Más tarde, después de que Thiago se cansara de correr, Ryan se sentó en la banca a recuperar el aliento. César se acercó. El veterano boxeador se sentó a su lado, con una toalla en el cuello y una botella de agua en la mano.
—Esa chica —dijo César, señalando con la barbilla a Daen, que estaba en su rincón dibujando—. Es tu enamorada, ¿no?
Ryan se sonrojó.
—No. Es mi amiga.
—Claro. Tu amiga.
—De verdad.
—Como tú digas. Yo solo vine a darte un consejo.
—Dime.
César bebió un trago de agua. Se limpió los labios con la toalla.
—Boxea con la cabeza, no con el corazón.
Ryan lo miró, extrañado.
—¿Qué quiere decir eso?
—Que el corazón es traicionero. Te hace lanzar golpes cuando no debés. Te hace bajar la guardia cuando tenés que protegerte. Te hace confiar cuando no hay que confiar.
—¿Y eso qué tiene que ver con Daen?
César lo miró fijo.
—Nada. Todo. No lo sé. Pero cuando subas al ring, no te enamores del rival. No te enamores de la multitud. No te enamores de nada que no sean tus manos y su cara.
Ryan asintió, aunque no entendió del todo.
—Gracias, César.
—No me agradezcas. Después de pelear, me contás si tenía razón.
César se levantó y se fue a estirar a la otra punta del gimnasio.
Ryan se quedó pensando. Boxea con la cabeza, no con el corazón. Sonaba bonito, pero también sonaba a que César sabía algo que él no.
Miró a Daen. Ella seguía dibujando. No levantó la vista.
Ryan no sabía que esas palabras serían proféticas. Que en las semanas siguientes tendría que elegir entre hundirse o levantarse.
Pero eso todavía no había pasado.