Ryan Martinez 2

EP. 6 "Profundidad"

Pasaron dos semanas.

Dos semanas en las que Ryan empezó a notar cosas raras en Daen. Al principio eran pequeñas. Ella llegaba tarde al gimnasio. Llegaba cuando él ya llevaba una hora de entrenamiento, cuando el sudor ya le había empapado la camiseta y los brazos le pesaban como troncos. Se sentaba en su rincón, sacaba el cuaderno, pero no dibujaba. Miraba el teléfono. Miraba el techo. Miraba cualquier cosa que no fuera él.

Y a veces, simplemente no llegaba.

Ryan no preguntaba. No quería parecer necesitado. Pero cada vez que Thiago aparecía solo, con su abuela o con su madre, Ryan sentía un vacío en el estómago. Una sensación de que algo se estaba rompiendo en cámara lenta.

—¿Dónde está Daen? —preguntó una vez, con la voz más casual que pudo.

—Se fue con sus amigas —respondió Thiago, encogiéndose de hombros.

Ryan asintió. No dijo nada más. Volvió a la bolsa. Golpeó más fuerte.

Esa noche, los tres estaban en llamada de Discord. Kevin había compartido pantalla para jugar un juego de terror barato que se habían descargado. Lucas estaba callado, como siempre. Ryan llevaba el micrófono apagado, escuchando a sus amigos reírse de los sustos ridículos del juego.

—¡Oe, Ryan, estás mudo! —gritó Kevin—. ¿Te moriste o qué?

Ryan encendió el micrófono.

—Estoy aquí.

—Parece que estás en otra cosa. ¿Todo bien?

Ryan dudó. Quería contarles lo de Daen. Las tardes que no llegaba. La forma en que ahora lo miraba de lejos, sin acercarse. Los mensajes que ya no respondía. Pero las palabras se le atascaban en la garganta. Sonaría como un pendejo enamorado. Como un arrastrado.

—Todo bien —dijo.

—¿Seguro? —preguntó Lucas—. Te noto raro últimamente.

—Estoy bien. Solo cansado. Mario me está matando con los entrenamientos.

—Eso es bueno —dijo Kevin—. Así llegas fuerte al torneo.

—Sí —respondió Ryan—. Eso es bueno.

Volvió a encender el micrófono. Sus amigos siguieron jugando. Ryan se obligó a reír en los momentos clave. Pero su mente estaba en otro lugar.

Cuando terminaron la partida, Kevin dijo:

—Oye, una cosa. Lo de Daen…

—¿Qué pasa con Daen? —preguntó Ryan, con el corazón acelerado.

—Nada. Solo que no le des muchas vueltas. Las chicas son así. A veces están, a veces no. Tú enfócate en el boxeo.

—Yo no le doy vueltas —mintió Ryan.

—Bueno —dijo Lucas—. Si necesitas hablar, estamos acá.

—Gracias, pero estoy bien.

Se despidieron. Ryan apagó la PC y se quedó un rato en la oscuridad de su habitación. Las chicas son así. Kevin tenía razón, ¿no? Daen no era su novia. Solo se conocían hacía tres meses. Tres meses. No era nada. No era para tanto.

Al día siguiente despues de entrenar se repitió esa frase como un mantra mientras se ponía los audífonos inalámbricos que se había comprado hacía unos días. Eran baratos, de esos que venden en los puestos de la feria, pero servían. Subió el volumen hasta que el mundo exterior desapareció.

La calle estaba más vacía de lo normal esa tarde.

Ryan caminaba con las manos en los bolsillos, los audífonos puestos, la música al mango. Pasaba por la vereda rota de su barrio, esquivando los charcos secos y los montoncitos de tierra que los perros dejaban. El sol se estaba metiendo. Las sombras se alargaban.

En su cabeza sonaba una canción de esas que hablan de perder. No la había escogido. Era el algoritmo del celular, que siempre le ponía música triste sin que él la buscara.

Pensaba en Daen.

Pensaba en cómo era antes. En cómo se sentaban juntos en el gimnasio, compartían helados en la plaza, se reían de tonterías. Ahora ella llegaba tarde o no llegaba. Y cuando llegaba, apenas lo miraba.

—No es para tanto —murmuró Ryan en voz alta, como si repetirlo pudiera hacerlo verdad.

Siguió caminando. La música sonaba. La calle estaba sola. No había vecinos en las puertas. No había niños jugando. Todo parecía en pausa.

Ryan pensó en los tres meses. Tres meses no era nada. Apenas se conocían. Ella no le debía nada. Él no le había dicho nada. No eran novios. No había pasado nada. Entonces, ¿por qué le dolía tanto?

Porque sentías que era especial, le dijo una vocecita adentro. Y te duele darte cuenta de que quizás no lo era.

Ryan apretó los dientes. Apuró el paso.

No vio el poste de luz.

—¡Ah la puta!

El golpe fue seco. Frente contra metal. Ryan retrocedió un paso, llevándose la mano a la frente. No sangraba, pero iba a salir un chichón. Se sacó un audífono y miró a su alrededor. Nadie lo había visto. Gracias a Dios.

—Tonto —se dijo.

Siguió caminando, más despacio, con la frente ardiendo y la música otra vez en los oídos. Tres meses. No es nada. No es para tanto.

Pero cada vez que lo pensaba, le dolía más.

Llegó a su casa. Abrió la puerta. Silencio.

La cocina vacía. El salón a oscuras. La heladera zumbando. El reloj marcaba las siete y cuarto.

Ryan cerró la puerta con llave. Dejó la mochila en el suelo. Se quitó los audífonos. El silencio fue inmediato, abrumador.

—¿Mamá? —preguntó, por costumbre.

Nadie respondió.

Su madre seguía en el trabajo. Su padre también. Y sus amigos no habían llamado. El teléfono fijo estaba mudo. El celular también.

Ryan subió a bañarse. El agua caliente le quemó la espalda. Se quedó un rato largo bajo la ducha, con la cabeza apoyada en la pared de azulejos. El vapor llenó el baño. El ruido del agua tapaba todo. Era casi como si el mundo no existiera.

Salió, se secó, se puso un short y una camiseta vieja. Bajó al salón. Prendió la tele.

Se tiró en el sofá. La cara más seria del mundo.

En la tele pasaban un programa de chisme de farándula. Dos conductores hablaban de una pelea entre dos figuras de la tele que a Ryan no le importaban nada. Cambió de canal. Un noticiero. Cambió. Una telenovela. Cambió. Un programa de cocina. Se quedó ahí, pero no miraba. Sus ojos estaban abiertos, pero no veían.



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En el texto hay: colegios, superación personal., boxeo juvenil

Editado: 14.07.2026

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