Ryan Martinez 2

EP. 7 "Entrenamiento"

Pasaron los días. Y Ryan siguió yendo al gimnasio.

Esa era la única constante en su vida. Lunes, miércoles y viernes, después del colegio, se ponía la mochila al hombro y caminaba hacia El Guerrero. No fallaba. No se le pasaba por la cabeza faltar. El boxeo era lo único que le quedaba, y aunque el corazón le pesara, los pies lo llevaban solos.

Llegaba, saludaba a Mario con un gesto, se vendaba las manos con la rutina ya grabada en los dedos y empezaba a entrenar. Cuerda. Sombra. Bolsa. Técnica. Siempre igual. Siempre perfecto.

Pero Mario lo notaba.

Ryan entrenaba bien, eso no se podía negar. Su técnica había mejorado. Su resistencia también. Pero había algo en su mirada que no estaba. Una luz apagada. Como si los golpes que daba no salieran de él, sino de un piloto automático.

—Conejo —le dijo Mario una tarde, mientras Ryan descansaba en la banca—. ¿Estás bien?

—Sí, profe.

—¿Seguro?

—Seguro.

Mario no insistió. Pero lo miró un momento más, como si pudiera leerle el alma. Ryan desvió la mirada. Agarró su botella de agua y bebió un sorbo largo. No quería hablar del tema.

Afuera, Kevin y Lucas lo esperaban en la puerta.

—Oe, vamos a la plaza —dijo Kevin—. Traje nachos.

—¿Siempre tenés nachos? —preguntó Lucas.

—Es mi identidad.

Ryan sonrió. Una sonrisa pequeña, apenas un gesto, pero sonrisa al fin.

Fueron a la plaza. Se sentaron en las escaleras de la iglesia, que era su lugar de siempre. Kevin compartió los nachos. Lucas revisó su celular prestado. Ryan miraba el cielo, sin decir nada.

—Estás raro —dijo Kevin, con la boca llena.

—Solo cansado —respondió Ryan.

—No es cansancio. Es otra cosa.

Ryan guardó silencio.

—Es Daen, ¿no? —preguntó Lucas, sin rodeos.

Ryan bajó la mirada.

—No quiero hablar de eso.

—No tenés que hablar —dijo Kevin—. Pero tampoco te tenés que hundir solo. Estamos acá, boludazo.

—Lo sé —dijo Ryan.

—Entonces deja de mirar al cielo como si esperaras que caiga una respuesta. Las respuestas no caen del cielo. Caen del ring.

Ryan lo miró. Kevin tenía razón. El boxeo era su respuesta. Siempre lo había sido.

—Bueno —dijo Ryan, levantándose—. Vamos a entrenar.

—¿Ahora? —preguntó Lucas.

—Ahora. Les enseño algo.

—No estoy vestido para entrenar —dijo Kevin.

—No importa. Solo mira.

Ryan se fue a la cancha de tierra de la plaza. Se puso en guardia y empezó a hacer sombra. Jab. Cross. Gancho. Se movía con una fluidez que solo se logra con horas y horas de práctica. Sus amigos lo miraban desde las escaleras.

—Está bueno —dijo Kevin.

—¿Sabes qué? —dijo Lucas—. Creo que cuando entrena es el único momento en el que está bien.

—Entonces tenemos que hacer que entrene más seguido.

Ryan no los escuchaba. Estaba en su mundo. Golpeando el aire. Olvidando.

Esa noche, Ryan estaba en su casa. Su madre había llegado tarde, pero le dejó la cena en el microondas. Su padre no había llegado todavía. Ryan comió solo, viendo la tele sin prestar atención.

Su celular vibró. Era el grupo de WhatsApp con Kevin y Lucas.

Kevin: Oe, ¿mañana vamos al gimnasio?

Ryan: Siempre voy.

Lucas: Lo sé, pero queremos ir a verte. No a entrenar, solo a joder.

Kevin: A joder y a comer nachos en las gradas.

Ryan: Mario los va a echar.

Kevin: Mario me quiere.

Lucas: Mario no quiere a nadie.

Kevin: Mario me quiere porque soy su mejor fan.

Ryan rió. Una risa corta, pero real.

Ryan: Bueno, vengan. Pero no se quejen si los ponen a hacer flexiones.

Kevin: Yo no hago flexiones. Solo hago animación.

Ryan: Ya veremos.

Apagó el celular. Se quedó un rato en la oscuridad de su cuarto. Por un momento, sintió que el peso en el pecho era un poco más liviano.

Al día siguiente, Ryan llegó al gimnasio como siempre. Se vendó las manos. Se puso los guantes. Empezó a saltar la cuerda.

Kevin y Lucas llegaron media hora después. Llevaban nachos, como siempre, y se sentaron en las gradas de madera que Mario había puesto para los espectadores.

—¡Ánimo, conejo! —gritó Kevin.

—¡No le pegues tan fuerte a la bolsa, que se va a romper! —gritó Lucas.

Ryan se rió. Fue una risa que salió sola, sin esfuerzo.

Mario lo miró desde la esquina. El entrenador no dijo nada, pero asintió para sí mismo.

Ryan subió al ring para hacer sparring con César. No era un combate de verdad, solo práctica. Ryan se movía bien, conectaba golpes limpios, esquivaba los de César.

—Estás mejor —dijo César, mientras se tomaban un descanso.

—Gracias.

—¿Estás bien? —preguntó César—. Te noto distinto.

—Estoy bien —respondió Ryan.

—No te creo. Pero me alegra verte en el ring.

—Gracias, César.

Terminaron el entrenamiento. Ryan bajó del ring. Kevin y Lucas lo esperaban con una botella de agua y una bolsa de nachos abierta.

—Estuviste bien —dijo Kevin.

—Siempre estoy bien —respondió Ryan.

—No siempre —dijo Lucas—. Pero hoy sí.

Ryan sonrió. Era una sonrisa sincera.

—Gracias, huevones —dijo.

—No nos agradezcas —dijo Kevin—. Somos tu staff. Es nuestro trabajo.

—No les pago —dijo Ryan.

—Nos pagás con nachos. Ya está.

Se rieron los tres. La risa se escuchó en todo el gimnasio.

Mario se acercó.

—Conejo.

—¿Sí, profe?

—Mañana hay entrenamiento extra. A las siete de la mañana. ¿Puedes?

—Sí.

—Trae a tus amigos. Los pongo a hacer flexiones.

Kevin abrió los ojos.

—¿En serio?

—En serio.

—Pero yo no entreno, solo animo.

—Animar también cansa.

Kevin abrió la boca para protestar, pero Ryan lo interrumpió:

—Vamos, Kevin. Flexiones no te van a matar.



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En el texto hay: colegios, superación personal., boxeo juvenil

Editado: 14.07.2026

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