Ryan Martinez 2

EP. 8 "¿Uno más?"

Pasó una semana desde que Ryan volvió a sonreír de verdad en el gimnasio. Las cosas no estaban perfectas —Daen seguía ausente, su padre seguía enfermo sin que los médicos supieran bien por qué—, pero Ryan había aprendido algo: el boxeo no curaba el dolor, pero lo hacía más llevadero.

Esa tarde, después del colegio, Ryan estaba en el patio con Kevin, Lucas y Matías. Los cuatro se habían vuelto inseparables. Matías ya no se sentaba solo en las gradas. Ahora estaba con ellos, aunque seguía siendo el más callado.

—Oe —dijo Matías, con su voz baja—. ¿Me llevas al gimnasio algún día?

Ryan lo miró sorprendido.

—¿Querés ir?

—No sé. Quiero ver cómo es. Cómo entrenás. Siempre hablás de eso, pero nunca lo vi.

Kevin se rió.

—Te vas a aburrir. Es solo un lugar con olor a sudor y un viejo gritando.

—Ese viejo es Mario —dijo Lucas—. Y no grites, que te escucha.

—Mario me quiere —dijo Kevin.

—Mario no quiere a nadie.

—Mario me quiere porque soy su mejor fan.

Ryan ignoró la discusión.

—Si querés ir, te llevo. Pero no vas a boxear, ¿eh? Solo a mirar.

—Solo a mirar —repitió Matías.

Ryan sintió algo raro. No sabía qué, pero le gustaba que Matías quisiera ver su mundo.

Cuando llegaron a El Guerrero, el gimnasio estaba más lleno de lo habitual. César golpeaba la bolsa pesada con su ritmo de siempre. Javier hacía pesas en la esquina. Mario estaba en el ring, ajustando las cuerdas.

Ryan se acercó a su entrenador.

—Mario, le traje a un amigo. Solo quiere mirar.

Mario levantó la vista. Miró a Matías, que se escondía detrás de Ryan con una timidez casi física.

—¿No va a boxear? —preguntó Mario.

—No. Solo mirar.

—Bueno. Que se siente en las gradas y no estorbe.

Matías obedeció. Se sentó en las gradas de madera, con las manos en las rodillas, observando todo como si estuviera en un museo.

Ryan empezó a entrenar. Cuerda. Sombra. Bolsa. Técnica. Matías lo miraba en silencio, sin decir una palabra. A veces Ryan le lanzaba una mirada y veía sus ojos brillar con una mezcla de curiosidad y respeto.

En un descanso, Ryan se acercó a las gradas.

—¿Qué tal? —preguntó.

—Es increíble —dijo Matías—. Cómo te movés. Cómo golpeás. Parece que estuvieras bailando.

—Eso dice Mario.

—Mario tiene razón.

Ryan sonrió. Se sentó a su lado un momento.

—¿Te gusta?

—Mucho.

—¿Querés probar?

Matías dudó.

—No sé. No creo que sea bueno.

—Nadie es bueno al principio. Yo era horrible.

—¿En serio?

—En serio. La primera vez que subí al ring, me noquearon en treinta segundos.

—¿Y cómo seguiste?

—Porque me gustaba. Aunque fuera malo, me gustaba.

Matías guardó silencio. Luego dijo:

—No creo que el boxeo sea para mí. Pero me gusta verte.

—Bueno, te puedo enseñar cosas básicas. Sin golpear. Solo la postura.

—¿En serio?

—En serio. Bajá.

Matías bajó de las gradas. Ryan le enseñó la guardia básica: pies separados, izquierdo adelante, rodillas flexionadas, mentón abajo. Matías lo imitaba torpemente, pero con una concentración absoluta.

—Bien —dijo Ryan—. Ahora, el jab.

Lanzó un jab lento, para que Matías viera el movimiento.

—Extendé el brazo sin bloquear el codo. Gira la cadera. Exhalá al golpear.

Matías intentó hacerlo. Su brazo temblaba. No tenía fuerza. Pero lo hizo.

—Bien —dijo Ryan.

—Fue horrible.

—Pero lo hiciste. Eso es lo que importa.

Matías sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero sincera.

Al final del entrenamiento, mientras Matías recogía su mochila, Ryan se le acercó.

—¿Qué te pareció? —preguntó.

—No sé si alguna vez voy a boxear de verdad —dijo Matías—. Pero me gusta cómo te ves cuando lo hacés.

—¿Cómo me veo?

—Feliz.

Ryan no supo qué responder. Nadie le había dicho eso antes.
Caminaron juntos de vuelta a casa. Las calles del barrio estaban tranquilas. El sol se ponía, pintando todo de naranja y amarillo. Ryan llevaba la mochila colgando de un hombro, los guantes nuevos asomando por la cremallera. Matías caminaba a su lado, con las manos en los bolsillos, mirando el suelo.

—Oye, Matías —dijo Ryan, rompiendo el silencio—. ¿Y tu familia? Nunca hablás de ellos.

Matías se encogió de hombros.

—No hay mucho que decir. Mi mamá trabaja en una fábrica. Mi papá… no vive con nosotros.

Ryan asintió. No preguntó más. Sabía que cuando alguien dice "no vive con nosotros" suele significar cosas que no se preguntan.

—¿Y tienes hermanos? —preguntó Ryan, con cuidado.

—Una hermana —dijo Matías, y su voz se suavizó un poco—. Se llama Scarleth.

—¿Scarleth? Qué nombre bonito.

—Sí. Tiene trece años. Está en el mismo colegio que nosotros, pero casi no se la ve. Es muy tímida.

—¿En el mismo colegio? ¿Y nunca la vi?

—Porque no sale al recreo. Se queda en el aula, leyendo o dibujando. No le gusta el ruido.

Ryan se quedó pensando.

—¿Y ella sabe que andás con nosotros?

—Sabe que tengo amigos nuevos. Pero no se anima a acercarse.

—¿Por qué no la traes un día? Puede sentarse con nosotros en el recreo.

Matías lo miró sorprendido.

—¿En serio?

—Claro. Si es tímida, no la vamos a obligar a hablar. Pero puede estar ahí, nomás. A veces solo estar acompañado ayuda.

Matías guardó silencio un momento. Luego dijo:

—Gracias, Ryan.

—No me agradezcas. Para eso están los amigos.

Llegaron a la esquina donde se separaban. Matías se detuvo. Ryan, con una sonrisa pícara, no pudo resistirse.

—Oye, y tu hermana… es bonita, ¿no?

Los ojos de Matías se abrieron como platos.

—¿Qué? ¡No! ¡No, no, no!

—¿Qué tiene? Solo pregunto —dijo Ryan, riéndose.

—¡No preguntes eso! ¡Es mi hermana!.

—Tranquilo, tranquilo —dijo Ryan, levantando las manos en señal de paz, pero sin poder contener la risa—. Solo decía.



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En el texto hay: colegios, superación personal., boxeo juvenil

Editado: 14.07.2026

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