Eran las seis de la tarde. Ryan estaba en su casa, tirado en el sofá, mirando la tele sin prestar atención. La semana había sido intensa. Entrenamientos, colegio, Matías integrándose al grupo, y su padre cada vez más flaco, más cansado. Ryan trataba de no pensar en eso. Pero el silencio de la casa siempre lo traía de vuelta.
Su celular vibró. Era Lucas.
Lucas: Oe, ya tengo la info del torneo. Arranca el 15 de noviembre.
Ryan se incorporó de inmediato.
Ryan: ¿En serio? ¿Ya están los rivales?
Lucas: Sí. Son 16 participantes. Eliminación directa en octavos. Solo primer y segundo lugar. Nada de tercer puesto.
Ryan: ¿Y contra quién me toca?
Hubo una pausa. Lucas estaba escribiendo.
Lucas: Tu primer rival es un chico llamado Carlos Bautista. Entrena en un gimnasio que está a tres cuadras del Guerrero. No sé mucho de él, pero mañana voy a ir a espiar su entrenamiento.
Ryan sonrió. Lucas, el analista, el estratega, el que siempre tenía un plan.
Ryan: ¿Vas a ir a espiarlo?
Lucas: Obvio. No voy a dejar que te enfrentes a un desconocido sin saber qué hace. Mañana te cuento todo.
Ryan: Dale. Avísame cualquier cosa.
Lucas: Una cosa más.
Ryan: ¿Qué?
Lucas: Tu cumpleaños es el 14 de noviembre, ¿no?
Ryan se quedó mirando la pantalla. No había pensado en eso.
Ryan: Sí. ¿Por qué?
Lucas: Porque el torneo empieza al día siguiente. Cumplís 16 años un día antes de pelear. Qué curioso, ¿no?
Ryan soltó una risa baja.
Ryan: La verdad que sí. Nunca lo había pensado.
Lucas: Bueno, te vas a dar un regalo de cumpleaños adelantado. Vas a ganar.
Ryan: Eso espero.
Lucas: No esperes. Hacelo.
Ryan: Bueno, jefe.
Lucas: Mañana te cuento lo de Carlos.
Ryan: Dale, Lucas. Gracias.
Lucas: De nada, cumpleañero. Nos vemos.
Ryan dejó el celular en la mesa. Se quedó mirando el techo un momento. 16 años. Un día antes del torneo. Nunca se había fijado en esa coincidencia. Pero ahora, de alguna manera, le daba más ganas de ganar. Era como si el destino le estuviera diciendo algo.
Se levantó del sofá. Agarró su mochila.
—¿Vas al gimnasio? —preguntó su madre desde la cocina.
—Sí. Hoy entreno con más ganas.
—¿Más ganas que siempre?
—Más.
Su madre sonrió.
—Andá, pues. Pero no llegues muy tarde.
—No voy a llegar tarde.
—Mentira.
—Solo a veces.
Cerró la puerta y salió caminando rápido hacia El Guerrero. Las piernas le pedían moverse. Los puños le pedían golpear. Y la cabeza le pedía no pensar en nada que no fuera el ring.
El gimnasio estaba tranquilo. Solo Mario, César y Javier. Los demás ya se habían ido. Ryan dejó la mochila en la banca y empezó a vendarse las manos.
—Llegas con cara de guerra —dijo César desde la bolsa pesada.
—Es que hay guerra —respondió Ryan.
Mario se acercó.
—¿Ya sabes contra quién peleas?
—Sí. Un tal Carlos Bautista. Lucas va a espiarlo mañana.
Mario arqueó una ceja.
—¿Lucas va a espiarlo?
—Sí. Es mi analista de datos.
—¿Y eso existe?
—En mi equipo, sí.
Mario soltó una risa corta.
—Bueno, pues mientras Lucas hace su trabajo, vos hacé el tuyo. Subí al ring. Hoy vamos a trabajar defensa.
—Quiero ofensiva —dijo Ryan.
—No. Defensa. Porque si no sabés defenderte, no vas a llegar lejos. Primero te enseñamos a no recibir golpes. Después a dar.
Ryan subió al ring. Se puso en guardia. Mario empezó a lanzarle golpes con las palmas, lentos al principio, después más rápidos. Ryan bloqueaba, esquivaba, se movía.
—Más rápido —decía Mario.
Ryan aceleraba.
—Más.
Ryan aceleraba más.
—Así —dijo Mario, después de una serie—. Así vas a llegar lejos.
Ryan sonrió. El sudor le corría por la cara. Los brazos le pesaban. Pero no quería parar.
—Otra vez —pidió.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Mario levantó las palmas. Ryan volvió a la carga.
Terminaron el entrenamiento con Ryan agotado, tirado en la lona, mirando el techo del gimnasio. Mario se sentó a su lado.
—Mañana Lucas va a espiar a tu rival —dijo Mario—. Pero no te confíes. Los espías no ganan peleas. Los que entrenan, sí.
—Lo sé —dijo Ryan.
—Entonces seguí entrenando.
—Eso voy a hacer.
Mario se levantó.
—Ahora andá a tu casa. Descansá. Mañana hay más.
Ryan se levantó. Recogió sus cosas. Antes de salir, se giró.
—Mario.
—¿Qué?
—El 14 de noviembre cumplo años.
—¿Ah sí?
—Sí. Y el 15 peleo.
—Qué coincidencia.
—Sí.
Mario lo miró un momento.
—Entonces ganá. Y si no ganás, al menos cumpliste años. No es tan malo.
Ryan rió.
—Gracias, Mario.
—No me agradezcas. Andá.
Ryan salió del gimnasio. La noche estaba fresca. Las luces de la calle brillaban. Caminó despacio, pensando en todo lo que había pasado. En Daen, en su padre, en sus amigos. Y en el torneo.
Tres días.
Tres días para demostrar todo lo que había aprendido.
Y un cumpleaños en medio.
Ryan sonrió. No sabía si iba a ganar. Pero sabía que iba a darlo todo.
Y eso, pensó, era suficiente.