Ryan Martinez 2

EP.10 "Te estoy jodiendo"

Ryan llegó al colegio con los ojos brillantes y el cuerpo cansado. Había dormido mal, dándole vueltas al torneo. Pero las ganas de entrenar le ganaban al sueño. Se sentó en el fondo del aula, junto a Kevin, que ya estaba devorando un pan con chicharrón, y Lucas, que revisaba su celular con una concentración digna de un científico.

—Oe —dijo Lucas, sin levantar la vista—. Ya fui a espiar a Carlos Bautista.

Ryan se inclinó.

—¿Y?

—Entrena en el gimnasio Fenix. Está a tres cuadras del Guerrero. Llegué temprano, me senté en una banca de la plaza de enfrente y lo vi toda la hora.

—¿Y cómo es?

—Es rápido. No pega muy fuerte, pero es rápido. Tiene buena defensa y se mueve bien. Pero hay algo…

—¿Qué?

—Es zurdo.

—¿Zurdo?

—Sí. La mayoría de los boxeadores son diestros. Él es zurdo. Eso te va a descolocar si no estás preparado. Y además…

—¿Además?

—Baja la guardia cuando lanza el cross. No siempre, pero a veces. Si logras que se desequilibre, podés conectarle un gancho.

Ryan asintió, grabando cada palabra. Lucas había hecho un trabajo impecable.

—¿Algo más?

—Se cansa en el tercer asalto. Los primeros dos es intenso, pero después le falta aire. Si llegás hasta ahí con energía, podés ganar.

—Gracias, Lucas. Sos un genio.

—Lo sé. Ahora pagame con nachos.

Kevin, que había estado escuchando mientras masticaba, interrumpió:

—Oe, después del colegio vamos al gimnasio. Tenemos que celebrar el informe de espionaje.

—No es un informe, es inteligencia táctica —corrigió Lucas.

—Lo que sea. Ryan, ¿venís?

—Sí. Hoy entreno más duro.

—Siempre entrenás más duro —dijo Kevin.

—Hoy más más duro.

Kevin se rió. La campana sonó. La clase empezó.

---

En el recreo, los cuatro se sentaron en el patio de siempre. Ryan, Kevin, Lucas y Matías. El sol calentaba el cemento. Kevin había comprado una bolsa de nachos y la compartía sin egoísmo (algo raro en él). Ryan miraba el cielo, pensando en Carlos Bautista. En el torneo. En el cumpleaños.

Matías estaba más callado de lo normal. No es que hablara mucho, pero hoy parecía distraído.

—Oe, Mati —dijo Ryan—. ¿Estás bien?

—Sí —respondió rápido—. Solo que mi hermana está en la biblioteca. Se quedó encerrada porque perdió la llave de su aula.

—¿Scarleth?

—Sí. Es re distraída. La voy a buscar.

—Te acompaño —dijo Ryan, levantándose.

—Yo también —dijo Kevin.

—Y yo —dijo Lucas.

—No hace falta —dijo Matías—. Solo voy a abrirle la puerta.

—Ya fuimos —dijo Kevin—. Además, quiero conocer a la famosa Scarleth.

—No es famosa. Es tímida.

—Por eso mismo. Vamos.

Matías suspiró. Sabía que no iba a poder quitárselos de encima.

Caminaron hacia la biblioteca. Era un edificio viejo, de paredes de ladrillo, con una puerta de madera que siempre chirriaba. Matías abrió y entró.

Scarleth estaba sentada en una de las mesas del fondo, con un libro abierto y los auriculares puestos. Era una chica flaquita, de pelo oscuro y lacio, con los ojos grandes y una expresión de concentración que la hacía ver más pequeña de lo que era. Llevaba una buzita azul y unos jeans gastados. Cuando levantó la vista y vio a su hermano con tres desconocidos, se puso roja como un tomate.

—Matías… —dijo, con voz baja.

—Tranquila. Son mis amigos.

—¡Hola! —dijo Kevin, con su mejor sonrisa—. Soy Kevin. El mejor amigo de tu hermano.

—Y el más ruidoso —añadió Lucas.

—Cállate, Lucas. No me quites protagonismo.

Scarleth esbozó una sonrisa tímida. Bajó la mirada al libro.

Ryan se quedó quieto. La miró un momento. Tenía los ojos cafés, igual que Matías, pero más grandes. Más brillantes. Había algo en su expresión que le recordaba a Daen, pero no era lo mismo. Era más suave. Más tranquilo. Como si estuviera en su propio mundo y no quisiera salir.

—Hola —dijo Ryan, con la voz más suave de lo que quería—. Soy Ryan.

Scarleth levantó la vista. Lo miró un segundo. Luego volvió a bajar la mirada.

—Hola —respondió.

—¿Te gusta leer? —preguntó Ryan, señalando el libro.

—Sí. Mucho.

—¿Qué estás leyendo?

—El principito.

—Nunca lo leí.

—Deberías. Es corto. Y bonito.

—Lo voy a leer —dijo Ryan.

Kevin lo miró con una sonrisa pícara. Lucas también. Matías entrecerró los ojos.

—Bueno —dijo Matías, interponiéndose entre Ryan y su hermana—. Ya la encontramos. Ahora vámonos.

—¿Tan rápido? —preguntó Kevin.

—Sí. Tiene que ir a su clase.

—Pero si el recreo dura veinte minutos más.

—Tiene que estudiar.

—Es un genio —dijo Ryan, sonriendo.

—No es un genio. Es mi hermana. Y vámonos.

Ryan se rió. Scarleth también, pero disimuló detrás del libro.

Salieron de la biblioteca. En el pasillo, Kevin no pudo contenerse.

—Oe, Ryan, ¿te gusta la hermana de Matías?

—¡Kevin! —gritó Matías.

—No me gusta —dijo Ryan—. Solo fui amable.

—Claro. Por eso le dijiste que ibas a leer El principito.

—Es un buen libro.

—Nunca lees libros.

—Puedo empezar.

Matías lo miró con ojos de pocos amigos.

—Ryan.

—Dime, cuñado.

—¡No te pongas creativo!

Kevin se dobló de la risa. Lucas soltó una risa baja. Matías estaba rojo.

—Ya, ya —dijo Ryan, levantando las manos—. Solo bromeo. No te voy a robar a tu hermana.

—Mejor.

—Pero si algún día quiere venir al recreo, está invitada.

—No va a venir.

—Ya veremos.

Matías lo fulminó con la mirada. Pero Ryan no pudo evitar sonreír. Scarleth se había quedado en la biblioteca, pero su imagen se había quedado con él. La forma en que levantó la vista. La forma en que dijo "El principito". La forma en que sonrió detrás del libro.

No era Daen. No era nada de eso. Era otra cosa. Algo nuevo.

Y Ryan, sin saberlo, empezó a sentirse un poco menos solo.



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En el texto hay: colegios, superación personal., boxeo juvenil

Editado: 14.07.2026

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