Ryan Martinez 2

EP. 12 "Carlo Bautista pt1"

El sábado 15 de noviembre amaneció con un sol frío y un cielo despejado. Ryan se despertó antes de que sonara el despertador. No había dormido bien. Había dado vueltas toda la noche, repasando combinaciones, imaginando golpes, escuchando la voz de Mario en su cabeza: "Boxeá con la cabeza, no con el corazón".

Se levantó. Se miró al espejo. Tenía ojeras, pero sus ojos brillaban. No era miedo. Era otra cosa. Era la certeza de que ese día iba a cambiar algo.

Bajó a la cocina. Su madre ya estaba allí, con una taza de café en la mano y una sonrisa nerviosa.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

—Más o menos.

—Es normal. Los nervios.

—No tengo nervios.

—Mentira.

—Solo un poco.

Su madre se rió. Le sirvió un vaso de leche y un plato con dos pancitos.

—Comé algo ligero. No te vayas a desmayar en el ring.

—No me voy a desmayar.

—Por las dudas.

Ryan comió sin hambre, pero con disciplina. Cada bocado era un paso más hacia el torneo. Su padre no estaba en la mesa. Estaba en la sala, sentado en el sillón, con la mirada perdida. Ryan se acercó.

—Papá.

Don Roberto levantó la vista.

—¿Estás listo?

—Sí.

—Entonces andá. Yo voy a ir más tarde. No me siento muy bien hoy.

Ryan sintió un nudo en la garganta. Su padre estaba cada día más flaco, más débil. Pero sus ojos seguían siendo los mismos.

—Te voy a esperar en las gradas —dijo Ryan.

—No me esperes. Yo voy a verte desde lejos.

—Pero voy a saber que estás ahí.

Su padre no dijo nada. Solo asintió.

Ryan salió de su casa con la mochila al hombro, los guantes nuevos colgando, la cadena de su padre al cuello y la pulsera de Scarleth en la muñeca.

El coliseo municipal estaba a veinte minutos caminando. Ryan fue despacio, sintiendo el frío de la mañana en la cara. Las calles estaban vacías. Solo algún que otro auto pasaba. Era como si la ciudad estuviera esperando también.

Llegó al coliseo. Era un edificio grande, de paredes de cemento, con una entrada principal donde ya se veía movimiento. Carteles colgaban de las paredes: "Intercolegial Municipal de Boxeo". Había familias, entrenadores, boxeadores jóvenes calentando en el exterior.

Ryan se detuvo un momento. Miró el cartel. Su nombre no estaba en ninguno de los letreros. Pero pronto iba a estar en todos.

—¡Ryan! —gritó Kevin desde la entrada.

Ryan se giró. Kevin, Lucas y Matías estaban ahí, con sus mochilas y sus caras de emoción. Kevin llevaba una bandera improvisada con un conejo dibujado a mano.

—¡Llegaste! —gritó Kevin—. Ya pensé que te habías echado para atrás.

—Los boxeadores no se echan para atrás —dijo Ryan, sonriendo.

—Eso digo yo siempre.

—Siempre lo decís vos, pero nunca boxeaste.

—No hace falta. Yo soy el alma del equipo.

Lucas se acercó con su bloc de notas.

—Ya revisé el cuadro. Carlos Bautista ganó su primera pelea. Está esperando en octavos. Si ganas hoy, mañana peleas por el pase a semifinales.

—Hoy solo pienso en hoy —dijo Ryan.

Matías se acercó tímidamente. Llevaba las manos en los bolsillos y una sonrisa nerviosa.

—Mi hermana está ahí —dijo, señalando una de las gradas del coliseo—. Llegó temprano para conseguir un buen lugar.

Ryan sintió que el corazón le daba un vuelco. Scarleth. Había cumplido su promesa.

—¿Y ella...? —preguntó Ryan, tratando de sonar casual.

—Está con su amiga. Dijo que te iba a ver pelear. Y que te iba a alentar.

—Qué bien.

—Solo alentar —dijo Matías, con una mirada de advertencia.

—Claro, solo alentar —repitió Ryan, sonriendo.

Kevin se interpuso.

—Bueno, dejen de hablar de cuñados y vamos al vestuario. El torneo empieza en una hora.

El vestuario era una sala grande con bancos de madera, casilleros oxidados y un olor a desinfectante que intentaba tapar el olor a sudor. Ryan se sentó en un banco, abrió su mochila y empezó a vendarse las manos.

Kevin se sentó a su lado.

—Oe, ¿nervioso?

—Un poco.

—Es normal. Yo también estaría nervioso.

—Vos nunca estás nervioso.

—Porque nunca hago nada importante.

Ryan sonrió. Siguió vendándose las manos. Una vuelta, dos, tres.

Lucas se acercó con su celular.

—Mira, te traje algo.

Le mostró una foto de Carlos Bautista. Era un chico de su edad, con el pelo corto y una mirada intensa. En la foto, estaba en el ring, con los puños arriba.

—Es zurdo —dijo Lucas—. Se mueve rápido. Pero se cansa en el tercero. Si llegás hasta ahí, podés ganar.

—Lo sé. Ya me lo dijiste.

—Solo lo repito.

—Gracias, Lucas.

Matías se sentó en el banco de enfrente. No dijo nada. Solo lo miró con una mezcla de admiración y respeto.

—¿Qué? —preguntó Ryan.

—Nada. Solo te veo diferente.

—¿Diferente cómo?

—Como si ya hubieras ganado.

Ryan se quedó callado. Nunca se había visto a sí mismo así.

En eso, la puerta del vestuario se abrió. Mario entró con su chándal gris de siempre, su cara de pocos amigos y una toalla al cuello.

—Listo, conejo —dijo—. Es tu hora.

Ryan se levantó. Se puso los guantes nuevos. Ajustó el velcro con los dientes. Sintió el cuero ajustado en sus manos. Eran sus guantes. Los de su padre.

Mario se acercó.

—Escuchame bien. Bautista es zurdo. Va a tratar de descolocarte con la postura. No te dejes llevar. Mantené la distancia. Cuando baje la guardia, ahí atacás. ¿Entendiste?

—Entendido.

—No boxees con rabia. Boxeá con cabeza.

—Lo sé.

—Y si te duele, no importa. Duele después. Ahora solo pegá.

Ryan asintió. Salió del vestuario con sus amigos detrás de él.

El coliseo estaba lleno. Las gradas de cemento estaban ocupadas por familias, estudiantes, entrenadores. El ruido era un murmullo constante, como el zumbido de un motor.

Ryan caminó hacia el ring. En el camino, pasó al lado de las gradas. Buscó a Scarleth. La encontró en la tercera fila, junto a una amiga. Llevaba una buzita azul y el pelo recogido. Cuando lo vio, levantó la mano y lo saludó con un gesto tímido. Ryan le devolvió el saludo con un leve movimiento de cabeza.



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En el texto hay: colegios, superación personal., boxeo juvenil

Editado: 14.07.2026

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