Ryan Martinez 2

EP. 13 "Carlos Bautista pt2"

El tercer asalto estaba por comenzar.

Ryan sintió el peso de los dos minutos anteriores en los brazos, en las piernas, en la respiración. Carlos Bautista estaba igual. Ambos habían intercambiado golpes duros. Ambos habían sangrado un poco. Pero ninguno había caído.

Ahora todo se definía en tres minutos.

Mario se acercó a la esquina de Ryan, con su voz grave y cortante:

—Escuchame, conejo. Estás cansado. Él también. Pero vos tenés una ventaja: lo estudiaste. Sabés que se cansa en el tercero. Sabés que baja la guardia. Ahora usá eso.

Ryan asintió. Apretó el protector bucal con los dientes.

—No boxees con rabia —dijo Mario—. Boxeá con cabeza. Y cuando veas el hueco, no dudés. Mandá todo.

La campana sonó.

Ryan salió al centro del ring. Bautista también. Se miraron un segundo. No había palabras. Solo respiración y sudor.

Bautista atacó primero. Un jab rápido, seguido de un cross zurdo. Ryan lo esquivó por poco. Sintió el aire del guante pasar cerca de su mejilla. Respondió con un jab propio, directo al pecho. Bautista retrocedió medio paso.

—Eso es —gritó Kevin desde las gradas—. ¡Dale, conejo!

Ryan avanzó. Jab. Cross. Gancho. Bautista bloqueó, pero el impacto lo hizo tambalearse. Ryan sintió que algo se encendía dentro de él. No era rabia. Era otra cosa. Era la certeza de que ese momento era suyo.

Bautista respondió. Un gancho de izquierda atrapó a Ryan en el costado. Ryan sintió el dolor, pero no se detuvo. Respondió con otro gancho, esta vez al rostro. Bautista sintió el golpe. Su guardia se abrió un instante.

Ryan lo vio.

El hueco.

Bautista había bajado la guardia para respirar. Solo un segundo. Pero era suficiente.

Ryan flexionó las rodillas. Giro de cadera. El puño derecho viajó desde abajo, con toda la fuerza de sus piernas, con toda la rabia contenida de los últimos meses, con todas las madrugadas, los entrenamientos, el dolor de Daen, la enfermedad de su padre, la presión del torneo.

El uppercut impactó en la mandíbula de Bautista.

El sonido fue seco, limpio. Como una rama que se parte.

Los ojos de Bautista se abrieron desmesuradamente. Sus rodillas cedieron. Cayó hacia atrás, sobre la lona azul, con un golpe sordo que se escuchó en todo el coliseo.

El árbitro se acercó. Comenzó la cuenta.

—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Cuatro!

Bautista intentó levantarse. Sus brazos temblaban.

—¡Cinco! ¡Seis! ¡Siete!

Logró ponerse de rodillas. Pero sus piernas no respondían.

—¡Ocho! ¡Nueve!

El árbitro agitó los brazos.

—¡FUERA! ¡FUERA! ¡GANADOR POR NOCAUT, RYAN MARTÍNEZ!

El coliseo estalló. No era un estadio gigante, pero el ruido se sintió como una ola. La gente aplaudía, gritaba, silbaba. Ryan se quedó en el centro del ring, con el puño todavía extendido, la respiración entrecortada, la mirada perdida.

No podía creerlo.

—¡Ryan! —gritó Kevin desde las gradas, saltando como un loco.

Lucas estaba de pie, aplaudiendo con su bloc de notas aún en la mano. Matías silbaba con los dedos, algo que Ryan no sabía que podía hacer.

Ryan bajó el puño. Miró a Bautista, que ya se estaba incorporando con ayuda de los médicos. Le ofreció la mano.

—Buena pelea —dijo Ryan.

Bautista la aceptó.

—Ese uppercut... no lo vi venir.

—Fue suerte —dijo Ryan.

—No, no fue suerte bro.

Ryan sonrió. Bajó del ring. Sus amigos lo rodearon inmediatamente. Kevin lo levantó en vilo.

—¡Eres un animal! ¡Un animal! —gritaba.

—Bájame, boludo, que me duele todo.

—Te duele porque ganaste eh.

Ryan se rió. Miró hacia las gradas, buscando a Scarleth. Pero no la vio. Solo vio a Matías acercándose.

—¿Y tu hermana? —preguntó Ryan.

Matías se encogió de hombros.

—Se tuvo que ir. Su papá pasó a recogerla. Tenía que hacer otras cosas. Pero dijo que te desea lo mejor para la siguiente pelea.

Ryan sintió una mezcla de alegría y decepción. Alegría porque ella había estado ahí. Decepción porque no pudo verla después de la pelea.

—Está bien —dijo Ryan—. Igual nos vemos en el colegio.

—Seguro —dijo Matías—. Y, eh... buena pelea. Ese uppercut fue... fue una locura.

—Gracias, Mati.

Ryan se quitó los guantes con los dientes. Se los colgó al cuello. La cadena de su padre brilló bajo la luz. La pulsera de Scarleth seguía en su muñeca.

Mario apareció a su lado.

—Bien, conejo. Pero esto no termina acá. El próximo combate es pasado mañana. Cuartos de final.

—Lo sé —dijo Ryan—. Estoy listo.

—¿Seguro?

—Seguro.

Mario asintió.

—Entonces andá a descansar. Mañana te espero en el gimnasio.

Salieron del coliseo bajo un sol de mediodía. El frío de la mañana se había convertido en un calor agradable. Caminaban los cuatro, riendo y comentando la pelea. Kevin hacía imitaciones del uppercut. Lucas analizaba la técnica de Ryan como si fuera un partido de fútbol.

—Fue un uppercut perfecto —decía Lucas—. La trayectoria, la fuerza, el timing. Si lo hubieras hecho con un poco más de ángulo, no habría sido tan efectivo. Pero así fue excelente.

—Gracias, profesor —dijo Ryan.

—No soy profesor. Soy analista.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. Los profesores enseñan. Los analistas observan.

—Tú haces las dos cosas.

—Eso es verdad.

Kevin se interpuso.

—Basta de charla técnica. Vamos a mi casa. Mi mamá dejó todo listo para el almuerzo. Hay tallarines y milanesas.

—¿Tallarines y milanesas? —preguntó Ryan.

—Mi mamá dice que los boxeadores necesitan carbohidratos.

—Y vos necesitás comer —dijo Lucas.

—Eso es verdad.

Caminaron hacia la casa de Kevin, bromeando todo el camino. Kevin contó chistes malos. Lucas corrigió sus chistes. Matías se reía en silencio. Ryan sentía que el cansancio se mezclaba con una alegría que no sentía desde hacía semanas.

Llegaron a la casa de Kevin. Su madre los recibió con una sonrisa y el olor a tallarines recién hechos.



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En el texto hay: colegios, superación personal., boxeo juvenil

Editado: 14.07.2026

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