Ryan despertó con el cuerpo molido.
Los golpes de la pelea contra Bautista se sentían en cada músculo. El brazo derecho le dolía. La mandíbula le latía. Pero sonrió. Era un dolor bueno. Era el dolor de la victoria.
Se levantó, se estiró y se miró al espejo. Tenía un moretón en el pómulo izquierdo y otro en el hombro. Pero sus ojos brillaban. No era arrogancia. Era la certeza de que había dado todo y había ganado.
Bajó a desayunar. Su madre ya estaba en la cocina, con una sonrisa y una taza de café.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Como si me hubiera atropellado un camión.
—Pero feliz.
—Pero feliz.
—Eso es lo importante.
Ryan comió despacio. No tenía hambre, pero sabía que necesitaba energía para el entrenamiento ligero que Mario le había pedido. Técnica, movilidad, nada de sparring. Solo mantener el cuerpo activo.
—Voy al gimnasio —dijo, levantándose.
—¿No deberías descansar?
—El boxeo no descansa, mamá.
—El boxeo es un vago.
—Eso dijiste la última vez.
—Y lo sigo diciendo.
Ryan se rió. Le dio un beso en la mejilla y salió de casa.
El Guerrero estaba tranquilo cuando llegó. Solo Mario y César estaban ahí. Ryan dejó la mochila en la banca y empezó a vendarse las manos.
—Llegas temprano —dijo Mario, sin mirarlo.
—Quiero entrenar.
—Hoy solo técnica. Nada de golpes fuertes.
—Lo sé.
—¿Te duele algo?
—Todo. Pero nada grave.
—Bien. Empezá con la cuerda.
Ryan empezó a saltar. Una, dos, tres, cuatro. El ritmo volvía. El cuerpo se calentaba. La mente se despejaba.
A los diez minutos, la puerta del gimnasio se abrió. Ryan no miró. Siguió saltando. Pero escuchó la voz de Matías:
—¡Ryan! Traje visita.
Ryan se giró. Matías estaba en la entrada, con las manos en los bolsillos. A su lado, un poco más atrás, estaba Scarleth.
Llevaba una buzita gris, jeans gastados y el pelo recogido en una cola de caballo. Sus ojos grandes y brillantes recorrieron el gimnasio con curiosidad. Cuando encontraron a Ryan, se detuvieron.
Ryan sintió algo raro. No era mariposas en el estómago. No era nervios. Era algo más tranquilo. Una seguridad extraña. Como si ella estuviera ahí y no pasara nada. Como si todo estuviera bien.
—Hola —dijo Ryan, con una sonrisa natural.
—Hola —respondió Scarleth, con su voz suave.
—¿Viniste a ver cómo entrenamos?
—Matías dijo que podía venir. Si no molesto.
—No molestas. Siéntate donde quieras.
Scarleth se sentó en las gradas de madera, con las manos en las rodillas, mirando todo con atención. Matías se sentó a su lado, con cara de vigilante.
Ryan volvió a la cuerda. Siguió saltando. Una, dos, tres, cuatro. No se sintió nervioso. No sintió presión. Solo siguió entrenando, como si ella no estuviera. Pero de vez en cuando, lanzaba una mirada rápida hacia las gradas. Scarleth lo miraba con atención, con los ojos brillantes. No había incomodidad. Solo curiosidad.
—¿Siempre entrenas así? —preguntó Scarleth, cuando Ryan hizo una pausa.
—Todos los días. Menos los domingos.
—¿Y no te cansas?
—Sí. Pero me gusta.
Scarleth sonrió. Era una sonrisa pequeña, tímida. Pero sincera.
—Te ves bien —dijo, y luego bajó la mirada, como si se hubiera arrepentido de haberlo dicho.
Ryan no supo qué responder. Solo sonrió y siguió entrenando.
Por un momento, Matías los miró a los dos. No dijo nada. Pero sus ojos se entrecerraron un poco.
Al mediodía, Ryan terminó el entrenamiento. Scarleth ya se había ido con Matías. Se despidió con un gesto pequeño y una sonrisa. Ryan la vio salir y sintió que el día era un poco más ligero.
—¿Esa es la hermana de Matías? —preguntó Mario, acercándose con una botella de agua.
—Sí.
—Es linda.
—Claro que si.
—Claro que sabes.
Ryan no respondió y sonrió. Bebió agua y guardó sus cosas.
—Mañana tenés cuartos de final —dijo Mario—. Descansá. No hagas nada pesado.
—Lo sé.
—Y no te enamores antes de la pelea.
—No me estoy enamorando.
—Claro que no.
Mario se fue a su oficina. Ryan sonrió y salió del gimnasio.
A la tarde, Ryan fue a visitar a su padre.
Don Roberto estaba en el sillón del salón, con una manta sobre las piernas y la televisión encendida en volumen bajo. Estaba más flaco. Más pálido. Pero cuando vio entrar a Ryan, sus ojos se iluminaron.
—¿Cómo estuvo el entrenamiento? —preguntó, con voz débil.
—Bien, papá. Solo técnica.
—¿Te duele algo?
—Un poco. Pero nada grave.
Su padre asintió. Ryan se sentó en el suelo, al lado del sillón.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Ryan.
—Un poco mejor. El médico dice que el tratamiento está funcionando.
—¿Entonces vas a mejorar?
—Poco a poco.
Ryan sintió un alivio enorme. No era una cura, pero era algo. Un paso adelante.
—Ayer gané mi pelea —dijo Ryan—. Por nocaut. En el tercer asalto.
—Lo sé. Vi el video que me mandó tu mamá. Ese uppercut fue… fue impresionante.
—Fue suerte.
—No fue suerte. Fue trabajo.
Ryan sonrió.
—Si llego a la final —dijo—. ¿Vas a venir a verme?
Su padre guardó silencio un momento. Luego dijo:
—Si llego a la final, voy a estar ahí. Pase lo que pase.
—¿En serio?
—Te lo prometo.
Ryan sintió que la garganta se le cerraba. No dijo nada. Solo apoyó la cabeza en el brazo del sillón, como cuando era niño. Su padre le puso la mano en el hombro.
Y así se quedaron un rato, en silencio, sin necesidad de palabras.
Por la noche, Ryan fue a casa de Kevin.
Lucas ya estaba ahí, con su bloc de notas y su celular. Kevin había preparado una cena sencilla: pan con queso, unas empanadas que su madre había dejado y gaseosa.
—¡El campeón! —gritó Kevin cuando Ryan entró—. ¡Siéntate, que te vamos a dar de comer!
—No soy campeón todavía —dijo Ryan.
—Para nosotros sí.