Ryan Martinez 2

EP. 16 "Vamos con todo"

El 18 de noviembre amaneció gris.

Ryan se despertó temprano, pero no con la energía de los días anteriores. Había dormido bien, pero algo en el aire se sentía distinto. Como si el día supiera que algo importante iba a pasar.

Se levantó, se estiró y se miró al espejo. El moretón del pómulo ya estaba casi curado. No tenía ningún golpe nuevo. La pelea contra Facundo había sido tan fácil que ni siquiera le había dejado marcas.

—Hoy entreno normal —se dijo—. Mañana es la semifinal.

Bajó a desayunar. Su madre ya estaba en la cocina, con una taza de café y una sonrisa.

—¿Cómo te sientes?

—Bien. Muy bien.

—¿Nervioso por mañana?

—No. Voy a ganar.

Su madre lo miró un momento. No dijo nada, pero sus ojos tenían una expresión que Ryan no supo interpretar.

—Ten cuidado, hijo.

—Siempre tengo cuidado.

—No siempre.

Ryan no respondió. Terminó su desayuno y salió hacia el gimnasio.

El Guerrero estaba tranquilo cuando llegó. Solo Mario y César estaban ahí. Ryan dejó la mochila en la banca y empezó a vendarse las manos.

—Llegas temprano —dijo Mario.

—Quiero entrenar.

—¿Para mañana?

—Para mañana.

Mario lo miró un momento.

—¿Sabes contra quién peleas?

—Sí. Diego Luján.

—¿Y cómo te sientes?

Ryan se detuvo. No había pensado en eso. Diego Luján. El mismo que noqueó a Sebastián. El mismo que lo miró con desprecio. El mismo que siempre ganaba con su sonrisa arrogante.

—Bien —dijo Ryan—. Voy a ganarle.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque es mi momento.

Mario guardó silencio. Luego dijo:

—No confundas confianza con arrogancia, conejo. Diego no es Facundo. Diego es un boxeador de verdad.

—Yo también soy un boxeador de verdad.

—Entonces demostralo.

Ryan siguió vendándose las manos. Pero en su cabeza, las palabras de Mario resonaban. Diego no es Facundo. Lo sabía. Lo había visto pelear. Sabía que era rápido, fuerte, técnico. Pero también sabía que tenía una debilidad: su arrogancia.

—Voy a ganarle —repitió Ryan, esta vez en voz baja.

Mario no respondió. Solo le señaló el ring.

El entrenamiento fue intenso. Ryan no se guardó nada. Golpeó la bolsa como si fuera Diego. Hizo sombra como si estuviera esquivando sus golpes. Practicó combinaciones una y otra vez.

César se acercó después de una serie.

—Estás tenso —dijo.

—Estoy concentrado.

—No es lo mismo. Estás tenso. Querés demostrar algo.

—Quiero ganar.

—Eso se nota. Pero también se nota que querés humillarlo.

—¿Y qué tiene de malo?

César lo miró un momento.

—El boxeo no es venganza, conejo. Es boxeo.

—Para mí es las dos cosas.

—Entonces vas a cometer errores.

—Voy a tratar de no cometer errores.

—Todos cometen errores.

César se fue. Ryan siguió entrenando. Pero esta vez, las palabras de César no le calaron. No quería oírlas. Solo quería pelear.

Al mediodía, Ryan terminó el entrenamiento. Se duchó, se cambió y salió del gimnasio. El cielo seguía gris. Caminó hacia la casa de Kevin, donde había quedado con Lucas para hablar de la pelea.

Kevin lo recibió con una sonrisa y una bolsa de nachos.

—¡El futuro campeón! —gritó.

—No soy campeón todavía —dijo Ryan.

—Pero vas a serlo.

Ryan sonrió. Se sentó en el sofá. Lucas ya estaba ahí, con su bloc de notas y su celular.

—Ya analicé a Diego —dijo Lucas, sin preámbulos—. Es rápido, fuerte, técnico. Pero tiene una debilidad: su arrogancia. Si logras que se confíe, podés encontrar un hueco.

—Lo sé —dijo Ryan—. Ya lo hablamos.

—Pero hay algo más.

—¿Qué?

—Diego también quiere ganarte. No solo por el torneo. Porque sabe que vos sos el que le falta en su lista.

Ryan sintió una mezcla de orgullo y presión.

—Entonces va a venir con todo.

—Sí. Y vos tenés que estar listo para eso.

—Voy a estar listo.

Ryan se recostó en el sofá. Kevin le ofreció los nachos. Ryan cogió uno y lo mordió con fuerza.

—Oe —dijo Kevin—. ¿Estás nervioso?

—No. Estoy listo para romperle la cara.

Kevin sonrió. No era una sonrisa de preocupación. Era una sonrisa de complicidad.

—Esa es la actitud, carajo. Ese tipo se lo merece. Después de lo que le hizo a Sebastián, después de cómo nos miró siempre como si fuéramos mierda... es tu momento.

—Lo sé —dijo Ryan—. Por eso voy a ganar. No solo por el torneo. Por todo.

Lucas asintió.

—Tiene sentido. Diego es el favorito. Si le ganás, te convertís en el mejor de la ciudad. Y además, le bajás los humos de una vez por todas.

—Exacto —dijo Ryan, incorporándose—. Lo voy a hacer sufrir. Lo voy a cansar. Lo voy a llevar al límite. Y cuando esté débil, lo voy a noquear. Va a saber lo que se siente perder. Va a saber lo que se siente que alguien lo mire con desprecio.

Kevin levantó un nacho como si fuera un trofeo.

—¡Eso es! ¡El conejo va a destrozar al rubio creído!

—¡Y no va a poder hacer nada! —dijo Ryan, con los ojos brillando.

—¡Ni va a poder sonreír después de que le partas la mandíbula!

Se rieron los tres. Una risa que no era de nervios. Era de anticipación. De ganas de pelear. De ganas de ganar.

Ryan se sintió invencible. Tenía a sus amigos detrás de él. Tenía la motivación. Tenía el odio. Tenía todo lo que necesitaba para destruir a Diego.

—Mañana —dijo Ryan, con una sonrisa que no era de felicidad, sino de hambre—. Mañana va a pagar todo.

—Y nosotros vamos a estar ahí para verlo —dijo Kevin—. Con nachos y todo.

Lucas guardó su bloc de notas.

—Será una pelea histórica. Estoy seguro.

Ryan se levantó.

—Voy a mi casa a descansar. Mañana es el día.

—Dale, conejo —dijo Kevin—. Mañana lo destrozas.

—Lo voy a destrozar.

Ryan salió de la casa de Kevin. Caminó hacia su casa con las manos en los bolsillos. El cielo seguía gris. El viento soplaba. Pero él no sentía frío. Sentía fuego.



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En el texto hay: colegios, superación personal., boxeo juvenil

Editado: 14.07.2026

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