El coliseo municipal estaba repleto.
Nunca antes Ryan había visto tanta gente en un evento de boxeo juvenil. Las gradas de cemento estaban abarrotadas. Familias enteras, estudiantes de otros colegios, entrenadores, periodistas locales. El rumor de las conversaciones era un zumbido constante que llenaba el aire. Había carteles con los nombres de los peleadores. Había banderas de los colegios. Había, sobre todo, una expectativa que se podía cortar con un cuchillo.
Ryan estaba en el pasillo que llevaba al vestuario. Caminaba despacio, con la mochila al hombro, los guantes nuevos colgando, la cadena de su padre al cuello y la pulsera de Scarleth en la muñeca. A su alrededor, el ruido era ensordecedor. Pero él solo escuchaba su propia respiración.
Había dormido mal. No por nervios. Porque las palabras de Mario no se habían ido de su cabeza.
El boxeo no es venganza.
Ryan había dado vueltas en la cama, repitiéndose esa frase una y otra vez. Había pensado en Diego, en su sonrisa, en su arrogancia. Había pensado en Sebastián, en cómo cayó noqueado. Había pensado en todas las veces que Diego lo miró con desprecio.
Y había llegado a una conclusión: no iba a pelear por venganza. Iba a pelear por él. Por demostrar que podía ganar. Por demostrar que era mejor.
Pero el odio no se había ido del todo. Solo estaba más controlado. Como un animal enjaulado.
—Ryan —la voz de Kevin lo sacó de sus pensamientos.
Ryan levantó la vista. Kevin, Lucas y Matías estaban ahí, en la entrada del vestuario. Kevin llevaba su bandera improvisada. Lucas tenía su bloc de notas. Matías tenía las manos en los bolsillos y una sonrisa nerviosa.
—Oe, todo el mundo está hablando de la pelea —dijo Kevin—. Dicen que es la final adelantada.
—Lo es —dijo Lucas—. El ganador de esta pelea es el favorito para el campeonato.
Ryan asintió. No dijo nada.
—¿Estás listo? —preguntó Matías.
Ryan lo miró. Luego miró más allá, hacia las gradas. Vio a Scarleth sentada en la tercera fila, junto a su amiga. Llevaba una buzita azul y el pelo suelto. Cuando lo vio, levantó la mano y saludó con un gesto tímido.
Ryan le devolvió el saludo con un movimiento de cabeza.
—Estoy listo —dijo.
Entró al vestuario.
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El vestidor era grande, con bancos de madera a ambos lados y casilleros oxidados. Ryan se sentó en una banca, abrió su mochila y empezó a vendarse las manos. Movimiento tras movimiento, la rutina lo calmaba.
En la otra esquina del vestidor, Diego Luján también se estaba preparando.
Ryan levantó la vista. Diego estaba sentado en el banco de enfrente, con las piernas abiertas y los codos apoyados en las rodillas. Llevaba los guantes puestos, pero no se los había ajustado del todo. Lo miró con sus ojos claros, fríos. Una sonrisa lenta se formó en sus labios.
No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un depredador que ha encontrado una presa interesante.
Diego levantó el pulgar. Asintió lentamente. Y luego, con un gesto casi imperceptible, guiñó un ojo.
Era un desafío. Era un "te espero". Era un "esto va a ser bueno".
Ryan no respondió. Solo mantuvo la mirada fija en él, sin parpadear. Sintió que el odio se movía dentro de él, pero esta vez no lo dejó salir. Lo guardó. Lo convirtió en combustible.
Diego se rió entre dientes y volvió a concentrarse en sus vendas.
Ryan siguió con las suyas.
Mario apareció en la puerta del vestuario.
—Conejo —dijo—. Vamos a calentar.
Ryan se levantó. Salió al pasillo con Mario. Kevin, Lucas y Matías los seguían. Ryan sintió el peso de su mirada en la espalda.
En el pasillo, el ruido del coliseo se hizo más fuerte. Ryan podía escuchar los gritos de la gente, los silbidos, los aplausos. Podía sentir la electricidad en el aire.
—Escuchame —dijo Mario, deteniéndose—. No importa lo que pasó antes. No importa lo que Diego te haya hecho o cómo te haya mirado. En el ring, no hay venganza. Hay técnica. Hay estrategia. Hay disciplina.
Ryan asintió.
—Pero no te voy a pedir que no sientas rabia —continuó Mario—. Usala. Pero no dejes que te controle. ¿Entendiste?
—Entendido.
—¿Seguro?
—Seguro.
Mario lo miró un momento. Luego asintió.
—Subí al ring.
Ryan salió al coliseo.
Las luces le dieron en la cara. El ruido fue como una ola. Cientos de personas gritaban su nombre y el de Diego. El ring estaba en el centro, iluminado, con la lona azul brillante y las cuerdas blancas. Parecía un escenario de guerra.
Ryan caminó hacia el ring. En el camino, buscó a su padre. No lo vio. Pero recordó su promesa: Si llego a la final, voy a estar ahí. Aún no había llegado. Pero estaba cerca.
Llegó al ring. Subió las escalerillas. Las cuerdas crujieron bajo su peso. Se paró en su esquina y levantó los brazos. El público aplaudió.
Al otro lado del ring, Diego Luján también estaba listo. Subió al ring con su sonrisa arrogante, con su andar seguro, con su mirada de depredador. El público lo ovacionó. No era el favorito de todos, pero todos sabían que era el mejor.
El árbitro los reunió en el centro.
—Tres asaltos de tres minutos. Golpes limpios. Sin golpes bajos. ¿Entendido?
—Entendido —dijeron los dos.
Ryan y Diego chocaron los guantes. Pero el contacto fue breve, casi un roce.
Ryan sintió el peso del momento. La gente. Las luces. Diego enfrente.
Pero también sintió algo más. La pulsera de Scarleth en su muñeca. La cadena de su padre en el cuello. La voz de Mario en su cabeza. Los gritos de Kevin, Lucas y Matías desde las gradas.
—Tranquilo —se dijo a sí mismo—. Solo boxea.
La campana sonó.
La pelea comenzó.