El sonido de la campana fue como un disparo.
Ryan y Diego salieron al centro del ring. No hubo tactiqueo. No hubo medición. Hubo guerra.
Primer asalto
Diego fue más rápido. Mucho más rápido.
Ryan intentó seguirle el ritmo, pero sus piernas no respondían. No era cansancio. Era que Diego se movía como un fantasma. Jab. Cross. Gancho. Ryan bloqueaba algunos, esquivaba otros, pero muchos le llegaban. Uno en el hombro. Otro en el costado. Un cross directo a la mandíbula que le hizo ver estrellas.
—¡Vamos, conejo! —gritó Kevin desde las gradas.
Ryan escuchó su voz, pero no podía responder. Diego seguía atacando. Una combinación de tres golpes. Ryan los aguantó, pero sintió que el aire se le escapaba.
Diego sonrió. Esa sonrisa arrogante, confiada.
—¿Eso es todo? —preguntó, solo para que Ryan lo escuchara.
Ryan no respondió. No podía. Apretó la mandíbula y siguió peleando.
La campana del primer asalto sonó. Ryan volvió a su esquina con el cuerpo dolorido y la respiración entrecortada. Mario le dio agua.
—Está siendo demasiado rápido —dijo Ryan, con voz ronca.
—Lo sé. Pero se está cansando. Lo veo en su respiración. Vos tenés que aguantar. El segundo asalto es tuyo.
—¿Seguro?
—Seguro. Ahora escuchame. No le des espacio. Presionalo. No lo dejes respirar.
Ryan asintió. Se limpió el sudor con la toalla. Sintió el latido de su corazón en las orejas.
Miró hacia las gradas. Vio a Kevin agitando su bandera. A Lucas con el bloc de notas. A Matías gritando algo que no podía escuchar. Y a Scarleth, con los ojos brillantes, las manos juntas en el regazo.
Ryan sonrió. No era una sonrisa de confianza. Era una sonrisa de todavía estoy aquí.
Segundo asalto
Diego salió igual. Rápido, técnico, implacable.
Ryan intentó presionar, pero Diego lo castigaba cada vez que se acercaba. Un gancho al hígado. Un cross a la cara. Ryan sentía el dolor en cada músculo.
A mitad del asalto, Diego conectó un directo perfecto. Ryan sintió que el mundo se inclinaba. Sus rodillas cedieron. Cayó de rodillas sobre la lona azul.
El árbitro comenzó la cuenta.
—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!
Ryan apoyó las manos en la lona. Escuchó los gritos de la gente. Escuchó la voz de Kevin: "¡Levántate, huevón!". Escuchó la voz de Lucas: "¡No te rindas!". Escuchó la voz de Matías: "¡Vamos, Ryan!".
Y escuchó una voz más suave, desde algún lugar en las gradas. La de Scarleth. No sabía qué decía, pero la sintió.
—¡Cuatro! ¡Cinco!
Ryan se puso de rodillas. Se levantó. No estaba noqueado. Estaba herido. Pero no vencido.
Diego lo miró con sorpresa. No esperaba que se levantara tan rápido.
—Bien —dijo Diego—. Así me gusta.
Ryan no respondió. Algo se encendió dentro de él. No era rabia. Era otra cosa. Era el corazón de un boxeador que se niega a perder.
Ryan avanzó. Jab. Cross. Gancho. Diego retrocedió. Ryan avanzó otra vez. Otra combinación. Otro golpe. Diego ya no sonreía. Ahora se defendía.
Ryan conectó un gancho en la mandíbula de Diego. La cabeza de Diego giró. Sangre. Un hilo rojo cayó de su labio.
Ryan no se detuvo. Siguio golpeando. Jab, cross, gancho, uppercut. Diego retrocedió, retrocedió, hasta que quedó contra las cuerdas. Ryan lo castigó. Golpe tras golpe. Sin piedad. Sin pausa.
La campana sonó. Pero Ryan no escuchó. Siguió golpeando. Diego también. El árbitro tuvo que separarlos.
—¡Alto! ¡Alto! ¡La campana sonó!
Ryan respiró con dificultad. Diego también. Ambos estaban destrozados.
En su esquina, Mario le dio agua.
—Lo hiciste, conejo. Lo tenés. Pero el tercer asalto va a ser el más duro. Él va a salir con todo. Y vos también. No te guardes nada.
—No voy a guardarme nada —dijo Ryan, con la voz rota.
En la otra esquina, Ryan escuchó la voz del entrenador de Diego: "¡Matalo! ¡Matalo!".
Diego no respondió. Solo asintió.
Ryan y Diego se encontraron en el centro del ring. Se miraron a los ojos. No había odio. No había desprecio. Había respeto.
La campana sonó.
Tercer asalto
Todo se fue al carajo.
Ryan y Diego se olvidaron de la técnica. Se olvidaron de la guardia. Solo golpearon. Una y otra vez. Sin parar.
Ryan conectó un cross. Diego respondió con un gancho. Ryan lanzó un uppercut. Diego devolvió un directo. Los golpes llovían como granizo. El público estaba de pie. Los gritos eran ensordecedores.
Ryan sintió que el cuerpo no le respondía. Los brazos le pesaban. Las piernas le temblaban. Pero seguía golpeando.
Diego también estaba agotado. Su rostro estaba ensangrentado. Sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora tenían una mezcla de dolor y admiración.
—No te rindas —gritó Kevin.
—¡Vamos, Ryan! —gritó Lucas.
—¡Dale! —gritó Matías.
Ryan sintió el impulso. Conectó una combinación que hizo tambalear a Diego. Diego retrocedió contra las cuerdas. Ryan avanzó. Estaba a punto de noquearlo. Los segundos pasaban lentos. Demasiado lentos.
Y entonces, Diego se recompuso. No sé cómo, pero lo hizo. Un gancho de izquierda atrapó a Ryan en el costado. Ryan sintió que el aire se le escapaba. Diego no se detuvo. Otro gancho. Otro directo.
Ryan retrocedió. Diego lo persiguió. Golpe tras golpe. Ryan ya no podía defenderse. Solo aguantar.
La campana sonó.
La pelea había terminado.
Ryan cayó de rodillas. No podía levantarse. No quería. Había dado todo. Todo lo que tenía. Y aún así, no sabía si era suficiente.
Diego estaba de pie. También tambaleándose. Pero de pie.
El público estaba en silencio. Nadie sabía quién había ganado. Los jueces deliberaron. Los minutos pasaron como horas.
Ryan escuchó los gritos de sus amigos. Escuchó el llanto de alguien en las gradas. No sabía si era Scarleth. No sabía si era su madre.
El árbitro tomó el micrófono.
—¡Señores! ¡El ganador por decisión dividida es... Diego Luján!