Ryan Martinez 2

EP. 19 "Después de la guerra"

Ryan llegó a su casa arrastrando los pies.

Cada paso le dolía. El brazo derecho, la mandíbula, las costillas. El moretón en el pómulo había crecido durante el camino, tiñéndose de un morado oscuro que parecía una nube de tormenta. Pero no era el dolor físico lo que pesaba. Era el cansancio del alma.

Abrió la puerta. La casa estaba en penumbras. Solo la luz de la cocina iluminaba el pasillo.

—¿Ryan? —la voz de su madre llegó desde la cocina—. ¿Eres tú?

—Soy yo, mamá.

Ella apareció en el marco de la puerta. Cuando lo vio, sus ojos se abrieron con preocupación.

—¡Ay, hijo! —corrió hacia él, pasándole una mano por el rostro con delicadeza—. Te han dejado hecho polvo.

—Es solo un moretón, mamá. No duele.

—Mentira.

—Un poco.

Su madre lo abrazó con cuidado, evitando tocarle las costillas. Ryan apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos. El olor a perfume barato y a sopa recién hecha lo envolvió.

—Pasá —dijo ella, llevándolo hacia la mesa—. Te preparé algo de comer.

—No tengo hambre ma.

—No importa. Vas a comer igual.

Ryan se sentó. Su madre le sirvió un plato de sopa caliente. No era un festín, pero era su comida favorita. La sopa de fideos que siempre le hacía cuando estaba enfermo.

Ryan comió despacio. Los moretones le dolían al masticar. Su madre se sentó enfrente de él, con las manos sobre la mesa.

—¿Perdiste? —preguntó, sin rodeos.

—Sí lastimosamente.

—¿Y cómo te sientes?

Ryan dejó la cuchara. La miró.

—Raro. No sé si triste. No sé si enojado. Solo... raro.

—¿Y te arrepientes de haber peleado?

Ryan pensó. Recordó el ring, los golpes, la sangre, el respeto de Diego. Recordó a sus amigos gritando su nombre. Recordó a Scarleth, con los ojos brillantes, ofreciéndose a ayudarlo.

—No —dijo, con convicción—. No me arrepiento.

Su madre sonrió. Era una sonrisa cansada, pero orgullosa.

—Eso es lo importante. Que no te arrepientas. Ahora andá a descansar. Tu padre te está esperando en el salón.

Ryan se levantó. Caminó hacia el salón. Su padre estaba en el sillón, con una manta sobre las piernas y la televisión apagada. Estaba más flaco que la última vez que lo vio. Más pálido. Pero sus ojos brillaron cuando Ryan entró.

—Sentate, hijo.

Ryan se sentó en el suelo, al lado del sillón. Apoyó la cabeza en el brazo, como cuando era niño. Su padre le pasó la mano por el cabello.

—Perdí, papá —dijo Ryan, con la voz rota—. No pude ganar para que me veas en la final.

—Lo sé —dijo su padre, con voz débil pero firme—. Vi la pelea. Bueno, vi lo que pude. Me quedé dormido un rato. Pero vi suficiente.

—¿Y...?

—Y vi que diste todo de ti. Cada golpe. Cada segundo. No importa que hayas perdido. Lo importante es que no te rendiste.

Ryan sintió que la garganta se le cerraba.

—Pero quería que me veas ganar —susurró.

—Y lo vas a hacer. Pero no hoy. Hoy aprendiste. Y cuando te recuperes, voy a ir a verte a cada pelea. Te lo prometo.

Ryan levantó la vista. Su padre tenía una sonrisa débil, pero sincera.

—¿En serio?

—En serio. Ahora andá a descansar. Mañana es otro día.

Ryan subió a su cuarto. Se quitó la ropa con esfuerzo. Se miró al espejo. Tenía la cara hinchada, los ojos cansados, el cuerpo destrozado. Pero sonrió.

No había ganado. Pero su padre le había prometido estar ahí. Y eso era más que suficiente.

Al mediodía del día siguiente, Ryan fue a la casa de Kevin.

El sol brillaba, pero él llevaba una gorra para tapar el moretón del pómulo. Kevin lo recibió con una sonrisa y una bolsa de nachos.

—¡El guerrero! —gritó—. Pensé que no ibas a venir.

—Siempre vengo —dijo Ryan.

—Siempre vienes a comer. Eso es lo importante.

Lucas ya estaba sentado en la mesa, con su bloc de notas y su celular. Ryan se sentó a su lado.

—Ya analicé tu pelea —dijo Lucas, sin preámbulos.

—No quiero analizarla —dijo Ryan.

—Espero que no. Pero te voy a decir una cosa: hiciste lo correcto. El segundo asalto fue tuyo. El tercero fue una guerra. Perdiste, pero no te humillaron.

—Eso es raro de decir de una derrota —dijo Kevin.

—Pero es verdad.

Ryan sonrió. Kevin le ofreció los nachos. Ryan cogió uno y lo mordió.

—Oe, llamemos a Matías —dijo Ryan—. Que venga.

—¿Y su hermana? —preguntó Kevin, con una sonrisa pícara.

—Que venga también —dijo Ryan—. Pero no le digas eso a Matías.

Kevin se rió. Marcó el número de Matías. Media hora después, Matías llegó. Solo. Con las manos en los bolsillos y una sonrisa tímida.

—Scarleth no pudo venir —dijo, antes de que preguntaran—. Está con mi mamá.

—No te preguntamos —dijo Kevin.

—Pero iban a preguntar.

—Tienes razón.

Se rieron. Kevin puso música. Lucas contó datos curiosos sobre boxeadores que habían perdido en semifinales y luego fueron campeones mundiales. Ryan escuchó, se rió, y por un momento, el dolor de la derrota se fue.

Comieron. Hablaron. Bromearon. Ryan se sintió ligero. No feliz, pero ligero. Como si el peso de la pelea hubiera empezado a desaparecer.

Cuando se fue, el sol ya se estaba poniendo. Caminó a su casa con las manos en los bolsillos. La brisa de la tarde le refrescaba la cara.

Llegó a su cuarto, se tiró en la cama y sacó el celular. Tenía una notificación de Instagram.

Pia_Scar te ha seguido. "Hola, soy Scarleth. Matías me dio tu número. No sabía cómo contactarte. ¿Cómo estás?"

Ryan se quedó mirando la pantalla. Sonrió.

—Hola —escribió—. Estoy mejor. Unos moretones, pero nada grave.

La respuesta llegó rápido.

Pia_Scar: Me alegra. Ayer quise ayudarte, pero Matías me llevó. Es un celoso.

Ryan: Lo sé. Pero es un buen hermano.

Pia_Scar: Sí. Pero a veces se pasa.

Ryan se rió. Siguieron hablando. De la pelea, de sus estudios, de cómo ella quería ser médico. De cómo le gustaba dibujar. De cómo le gustaba leer. Ryan no se cansaba de leer sus mensajes.



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En el texto hay: colegios, superación personal., boxeo juvenil

Editado: 14.07.2026

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