Pasaron dos semanas desde la pelea contra Diego.
Los moretones de Ryan ya eran solo sombras amarillentas en su piel. La mandíbula ya no le dolía al masticar. Las costillas ya no le ardían al respirar hondo. El cuerpo se había recuperado. El corazón, también.
Una tarde, después del colegio, Ryan fue al Guerrero.
No había entrenado desde la pelea. Mario le había ordenado descanso absoluto. "El cuerpo también necesita silencio", le había dicho el entrenador. Pero Ryan ya no podía estar más tiempo sin pisar el gimnasio. El olor a sudor viejo y a lona le hacía falta. Era el olor de su segunda casa.
Cuando entró, Mario estaba en el ring, ajustando las cuerdas. César golpeaba la bolsa pesada con su ritmo pausado. Javier hacía pesas en la esquina. Todo estaba igual. Pero Ryan se sentía diferente.
—Llegas tarde, conejo —dijo Mario, sin mirarlo.
—No hay entrenamiento hoy —respondió Ryan.
—Entonces no puedes llegar tarde.
Ryan sonrió. Se sentó en la banca de madera y se quedó mirando el ring. La lona azul, las cuerdas blancas, las luces fluorescentes. Todo igual. Pero él ya no era el mismo.
Mario bajó del ring y se sentó a su lado.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Bien. Mejor.
—¿La cabeza?
—También.
—¿Y las ganas?
Ryan lo miró.
—Más que antes.
Mario asintió.
—Eso es lo que quería oír. Porque tengo noticias.
—¿Qué noticias?
—El Campeonato Regional es en tres meses. Participan los mejores boxeadores de la región. Si ganas, clasificas al Nacional.
Ryan sintió que algo se encendía dentro de él. No era fuego. Era una certeza.
—Voy a participar —dijo.
—Lo sé.
—Voy a ganar.
—No sé si vas a ganar. Pero sé que vas a darlo todo. Y eso, para mí, es suficiente.
Ryan se levantó. Subió al ring. Se paró en el centro y cerró los ojos.
No había nadie enfrente. No había campana. No había público. Solo él y el silencio.
Pero podía sentir el ring bajo sus pies. Podía sentir el peso de las semanas de entrenamiento, de las derrotas, de las victorias. Podía sentir a su padre, a sus amigos, a Scarleth. Podía sentir todo lo que había construido.
Abrió los ojos. Sonrió.
—¿Cuándo empieza el entrenamiento? —preguntó.
—Mañana —dijo Mario—. A las seis de la mañana.
—Voy a estar aquí.
—Lo sé.
Ryan bajó del ring. Mario lo miró un momento.
—Conejo.
—¿Qué?
—Te has convertido en un buen boxeador. Pero más importante: te has convertido en una buena persona.
Ryan no supo qué responder. Solo asintió.
En la entrada del gimnasio, lo esperaban sus amigos.
Kevin estaba con una bolsa de nachos recién comprados. Lucas con su bloc de notas y su celular. Matías con las manos en los bolsillos. Y Scarleth, un paso más atrás, con una sonrisa tímida y algo escondido detrás de la espalda.
—¡El campeón! —gritó Kevin.
—No soy campeón —dijo Ryan.
—Para nosotros sí.
Se rieron. Ryan se acercó a Scarleth.
—¿Qué tienes? —preguntó.
Scarleth se puso nerviosa. Sus mejillas se tiñeron de rosa. Dio un paso adelante y, con manos temblorosas, le entregó un sobre de papel kraft.
—Es para ti —dijo, con voz baja.
Ryan abrió el sobre. Dentro había un dibujo. Era él, en el centro del ring, con los brazos caídos pero la cabeza alta. No estaba celebrando. No estaba ganando. Solo estaba de pie, mirando al frente. Debajo, escrito con la letra temblorosa de Scarleth, había una frase:
"Perder no es el fin. Es el comienzo de algo más grande."
Ryan se quedó en silencio. La imagen era tan real que parecía una foto. Los detalles de los guantes, la postura de los hombros, la mirada perdida pero firme. Era él. Era el Ryan que había aprendido a levantarse.
—¿Te gusta? —preguntó Scarleth, con voz apenas audible.
Ryan la miró. Sus ojos cafés brillaban con una mezcla de timidez y esperanza.
—Me encanta —dijo.
Scarleth sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero sincera. Ryan guardó el dibujo en la mochila, junto a la cadena de su padre y los guantes nuevos.
Kevin se acercó.
—Oe, ¿y nosotros no tenemos dibujo?
—Yo tengo un bloc de notas —dijo Lucas—. Eso es como un dibujo, pero con números.
—No es lo mismo —dijo Kevin.
—Es mejor.
—No es mejor.
—Es más útil.
—Los dibujos son más bonitos.
Matías se interpuso.
—Ya, ya. Déjenlos. Scarleth, tenemos que irnos. Mamá nos espera.
—Un momento —dijo Scarleth.
Se acercó a Ryan. Dio un paso más. Y, sin decir nada, le puso una mano en el hombro.
—La próxima vez vas a ganar —dijo.
Ryan sintió el calor de su mano. Sintió la confianza en sus palabras.
—Lo sé —respondió.
Scarleth sonrió. Se dio la vuelta y se fue con Matías.
Kevin silbó.
—Oe, Ryan. Creo que te gusta la hermana de Matías.
—No me gusta —dijo Ryan—. Solo es una buena amiga.
—Claro. Y yo no como nachos.
—Tú siempre comes nachos.
—Por eso mismo.
Se rieron. Ryan los miró a los tres. Kevin, con su desorden permanente y su corazón gigante. Lucas, con su cerebro y su lealtad inquebrantable. Sus amigos. Su familia.
Caminaron juntos hacia la plaza. El sol de la tarde se ponía. El cielo estaba naranja y rosa. Ryan sentía el peso del dibujo en su mochila. El peso de la promesa de su padre. El peso de los entrenamientos que venían.
No había ganado la pelea. Pero había ganado algo más importante.
Se detuvo en la esquina. Miró el cielo. Sonrió.
—Oe —dijo Kevin—. ¿Te quedas ahí parado o vienes?
—Voy —respondió Ryan.
Y los siguió.