Ryan Martinez

EP. 1

El gimnasio olía a goma quemada, sudor viejo y ambition.

Ryan Martínez empujó la puerta metálica con el hombro, porque las dos manos le temblaban todavía. No por miedo. Por las diez flexiones que el entrenador le había exigido antes de subir al ring. Llevaba tres meses en El Guerrero y aún no se había acostumbrado al ritual de los jueves: cuerda, sombra, bolsa y luego el sparring contra quien estuviera disponible.

Hoy, el disponible era Javier.

—Vamos, conejo —dijo Mario desde la esquina, sin levantar la cabeza del cuaderno donde anotaba cosas que Ryan nunca llegaba a leer—. Vendas nuevas. No quiero que llegues a tu casa con los nudillos hechos mierda.

Ryan asintió y se sentó en la banca de madera que crujió bajo su peso. A su alrededor, el gimnasio vibraba con la cadencia de siempre: los golpes sordos contra los sacos, la soga saltando en el suelo de cemento, las respiraciones entrecortadas de otros boxeadores que nunca le dirigían la palabra. Todos eran mayores. Algunos tenían barba. Uno, el tal César, llevaba un tatuaje de una calavera en el antebrazo y sonreía mientras golpeaba.

Ryan se vendó las manos con la lentitud de quien aún no ha memorizado el recorrido. La venda pasaba entre el pulgar y el índice, daba tres vueltas en la muñeca, cubría el nudillo, volvía a pasar. Lo había practicado en su casa frente al espejo, pero aquí, con los segundos contados y la mirada de Javier perforándole la nuca, sus dedos se volvían torpes.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó una voz a su espalda.

Ryan giró. Era Javier. Tenía diecisiete años, dos más que él, y una masa muscular que parecía tallada en hormigón. Su camiseta negra estaba empapada en el pecho.

—No —mintió Ryan.

Javier se encogió de hombros y saltó al ring con una agilidad que contrastaba con su tamaño. El ring era pequeño, las cuerdas estaban desgastadas en la parte media, y la lona mostraba manchas oscuras que Ryan prefería no identificar. Un cartel colgaba de la pared trasera: "El boxeo no es pelear, es resolver problemas con los puños". Debajo, alguien había añadido con rotulador: "Y con la cabeza".

Mario se acercó por fin. Tenía cincuenta años mal llevados, una cicatriz que le atravesaba la ceja derecha como un relámpago y las manos siempre dentro de los bolsillos del chándal. Nunca levantaba la voz. Eso lo hacía más temible.

—Escúchame, Ryan —dijo, agachándose para quedar a su altura—. No intentes ganarle. Él pesa quince kilos más y lleva cuatro años entrenando. Tú solo intenta no cerrar los ojos cuando te golpee.

—¿Ese es el consejo?

—Es el mejor que tengo.

Ryan se puso de pie. Los guantes de cuero sintético estaban junto a la bolsa de deporte, usados, con el olor a vinagre de quien los ha prestado a decenas de principiantes. Se los calzó, ajustó el velcro con los dientes y subió las escalerillas metálicas.

El ring crujió bajo sus pies descalzos. Las zapatillas se las había quitado por respeto a la lona, aunque no sabía muy bien por qué.

—Tres asaltos —anunció Mario desde fuera—. Dos minutos cada uno. Protección, nada de golpes bajos y si alguien sangra, se para. ¿Claro?

—Claro —dijo Javier.

—Claro —repitió Ryan, y su voz sonó más aguda de lo que quería.

Sonó la campana. Era un timbre escolar reciclado, y su sonido metálico llenó el gimnasio. Los otros boxeadores se detuvieron. Algunos se acercaron a mirar. César, el de la calavera, apoyó los brazos en la tercera cuerda y sonrió.

Ryan avanzó con las manos arriba, tal como le habían enseñado. Guardia alta. Codos pegados al cuerpo. Mentón abajo. Javier no se movió. Le observaba con una paciencia que daba más miedo que un ataque directo.

—Muévete —le gritó Mario desde fuera—. No te quedes quieto.

Ryan dio un paso lateral. Otro. Javier giró sobre sus pies, manteniendo la distancia. Parecía aburrido. Eso enfureció a Ryan, que lanzó un jab tímido, solo para probar.

Javier lo esquivó sin moverse. Solo inclinó la cabeza un par de centímetros.

—Lento —dijo Javier.

—Ryan no respondió pero con ira lanzó un directo de derecha.

Fue un error. Lo supo en el momento en que su hombro se adelantó sin protección. Javier no esquivó esta vez. Se agachó, dejó pasar el brazo de Ryan y, en el hueco que quedó entre el costado y el codo, incrustó un gancho de izquierda.

El impacto sonó como un ladrillo cayendo sobre carne cruda.

Ryan sintió el aire salir de sus pulmones en una sola bocanada caliente. El mundo se inclinó cuarenta y cinco grados. Sus rodillas se volvieron gelatina y la lona subió a recibirlo con un golpe seco en la cadera primero, luego en la espalda, finalmente en la nuca.

Se quedó boca abajo, mirando las manchas oscuras del ring. Una de ellas tenía forma de Sudamérica. O quizás era su imaginación.

—Levántate —escuchó decir a Mario. No era un grito. Era una orden dicha en voz baja, como si hablara con un perro.

Ryan apoyó las palmas en la lona. Le temblaban los brazos. No por el golpe. Por la vergüenza.

—Levántate, conejo. No es nocaut.

Javier se había retirado a la esquina neutral. No celebraba. No miraba a Ryan. Solo esperaba, con los guantes colgando a los costados.

Ryan se puso de rodillas. Luego de pie. El ring bailó un segundo más antes de estabilizarse. Tosió. Escupió un poco de saliva al costado.

—¿Sigues? —preguntó Mario.

Ryan asintió. No podía hablar porque si abría la boca, lloraría.

Sonó la campana. El primer asalto había durado treinta y siete segundos.

—Baja —dijo Mario—. Ya está.

—Pero solo fue un golpe —protestó Ryan, aunque su voz sonó ronca.

—Suficiente por hoy.

Javier saltó del ring sin mirar atrás. Se quitó los guantes de un mordisco y se fue al vestuario. Los otros boxeadores volvieron a sus sacos. César le guiñó un ojo a Ryan antes de desaparecer detrás de una bolsa de boxeo.

Ryan se quedó solo en el ring, de pie, con los guantes puestos y la cara ardiendo. No había sangre. No había huesos rotos. Solo su orgullo, recién llegado al gimnasio, ya estaba morado.




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