El sábado siguiente, el mundo de Ryan no olía a lona ni a sudor. Olía a queso derretido, a refresco de cola y al plástico caliente de una bolsa de nachos recién abierta.
—¡No te comas todos los de jalapeño, Lucas! —gritó Kevin desde la cocina—. Esos son los míos.
—No ves que están pegados —respondió Lucas sin apartar la mirada de la pantalla—. Es ley de la física.
Ryan se hundió un poco más en el sofá de cuero sintético que había visto días mejores. La sala de Kevin era un museo del desorden adolescente: mandos de consola sobre la mesa ratona, una pila de zapatillas junto a la puerta, pósters de boxeadores viejos pegados con cinta de embalar. El más grande era de Muhammad Ali, con una frase en letras blancas: "Float like a butterfly, sting like a bee". Debajo, alguien —probablemente el hermano mayor de Kevin— había añadido con rotulador: "Y come como un jabalí".
Kevin apareció con un plato humeante de nachos gratinados. Tenía el pelo alborotado, una camiseta de los Lakers demasiado grande y una sonrisa que no desaparecía ni cuando perdía. Era de esas personas que hacen que todo parezca un chiste.
—Señores —anunció, dejando el plato en el centro—, bienvenidos a la función. Esta noche: UFC 287. El regreso del asesino.
—No es un asesino, es un peleador —corrigió Lucas, ajustándose las gafas. Era el más delgado del grupo, con los codos huesudos y una forma de sentarse que parecía la de un profesor en una biblioteca. Hablaba como si cada frase tuviera un manual de instrucciones—. Y además, la pelea estelar empieza a las cuatro de la mañana hora local, así que vamos a ver las preliminares.
—¡Déjame ilusionarme! —respondió Kevin, lanzando un nacho al aire y atrapándolo con la boca. No le salió bien. El nacho rebotó en su barbilla y cayó al suelo. Lo recogió, le sopló el polvo y se lo comió igual.
Ryan rió. Era el sonido más natural que había hecho en una semana.
Los tres llevaban años así. Se conocían desde sexto de primaria, cuando Kevin le había robado un lápiz a Lucas y Lucas le había respondido con una disertación de diez minutos sobre la propiedad privada. Ryan había sido el mediador aquel día, sin saber que estaba fundando algo más importante que un club: una amistad.
—¿Cómo va el gimnasio? —preguntó Lucas, mordiendo un nacho con precisión quirúrgica—. ¿Seguís haciendo sparring con el cíclope ese?
—Javier —dijo Ryan, y su costado izquierdo se contrajo solo al recordar el gancho—. Me mandó a la lona en treinta segundos.
—¿No fue a los treinta y siete? —preguntó Kevin.
—¿Lo estabas cronometrando?
—No. Pero tu cara cuando saliste parecía que habías visto la muerte.
Ryan se tocó el pómulo. Ya no le dolía, pero aún se notaba un pequeño moratón amarillento. Su madre le había preguntado si se había golpeado con la puerta del armario. Él había dicho que sí.
—No es un cíclope —dijo Ryan—. Es solo… grande. Y rápido. Y con mala leche.
—Suena como un cíclope —sentenció Lucas.
La pantalla del televisor parpadeó y apareció la pelea preliminar: dos pesos wélter intercambiando golpes en una jaula octogonal. Kevin subió el volumen. El crujir de los golpes y los gritos del público llenaron la sala.
—Mira eso —dijo Kevin, señalando a un peleador de camiseta roja—. Eso es boxeo, pero con patadas. Deberías aprender patadas.
—No se pueden dar patadas en boxeo —respondió Ryan.
—Las reglas son las reglas —intervino Lucas, con la paciencia de quien ya ha explicado esto cien veces—. El boxeo es solo puños. Por eso es más difícil, porque tienes menos herramientas.
—Tú siempre defendiendo lo difícil —dijo Kevin, lanzando otro nacho al aire. Esta vez sí lo atrapó—. Por eso suspendes matemáticas.
—Porque el profesor es malo —dijo Lucas, y Ryan estuvo de acuerdo en silencio.
Pasaron los siguientes combates entre comentarios, nachos y discusiones absurdas. En un momento, Kevin se puso de pie y empezó a imitar a un peleador que había perdido por sumisión: se tiró al suelo, abrazó la alfombra y gritó "¡No me rindo, no me rindo!" mientras Lucas le grababa con el móvil. Ryan se dobló de la risa hasta que le dolió el costado —el del gancho, claro—.
Cuando el reloj marcó las once, la madre de Kevin asomó la cabeza desde la cocina.
—¿Alguno se queda a dormir?
—Yo no puedo —dijo Lucas—. Mi madre dice que si no duermo en mi cama, me castiga sin internet.
—Yo me quedo —dijo Ryan.
Su padre estaría trabajando el turno de noche. Su madre, durmiendo. En su casa, nadie le preguntaría a qué hora había llegado.
Kevin le dio un puñetazo amistoso en el hombro.
—Bien. Así vemos la pelea estelar en diferido mientras desayunamos.
—¿A las cuatro de la mañana?
—O a las once, si cambiamos la definición de "desayuno".
El lunes siguiente, Ryan llegó al instituto con los ojos aún pesados de sueño y la mochila cargada con un cuaderno de matemáticas que no había abierto en todo el fin de semana.
El colegio se llamaba Instituto Técnico Nº 3, pero los estudiantes lo llamaban La Técnica. Era un edificio de los años ochenta, con paredes de ladrillo visto, pasillos que olían a cloro y pupitres rayados con declaraciones de amor y amenazas a partes iguales. Ryan caminaba por el pasillo principal cuando sintió un tirón en la mochila.
—Oye, Martínez —dijo Kevin, que se había colgado de la cremallera—. ¿Viste que el sábado no hiciste los deberes de lengua?
—No.
—Yo tampoco. Lucas sí, el maldito.
—Lucas siempre sí.
Apareció Lucas detrás de ellos, con su mochila ordenada por colores y una libreta de espiral bajo el brazo. Llevaba una camiseta de ajedrez, lo que para él era un chiste interno que nadie más entendía.
—No he hecho todos —dijo—. El ejercicio cuatro lo dejé en blanco.
—¡Eres humano! —gritó Kevin, abrazándolo con exageración.
—Suéltame, hueles a desodorante barato.
—Es mi esencia.
Entraron al aula juntos. La profesora de lengua, la señora Lourdes, ya estaba escribiendo en la pizarra cuando llegaron. Tenía el pelo gris recogido en un moño y una forma de mirar que podía perforar el alma de un adolescente. Los tres se sentaron en las últimas filas, como dictaba la tradición.