El miércoles por la tarde, el gimnasio El Guerrero estaba más vacío de lo habitual. Solo dos boxeadores golpeaban los sacos en la esquina, y el ring permanecía desocupado, con las cuerdas colgando flácidas como brazos cansados. Mario había salido a comprar hielo para las vendas frías y dejó a Ryan a cargo de su propio entrenamiento: sombra, cuerda, y si se portaba bien, cinco minutos en el saco pesado.
Ryan saltaba la cuerda cerca de la puerta cuando escuchó un ruido metálico. Alguien forcejeaba con la puerta.
—Déjame a mí —dijo una voz infantil—. Ya sé cómo se abre.
—La última vez te atrapaste el dedo —respondió una voz más suave, femenina.
La puerta se abrió de golpe y entró un niño de unos siete u ocho años, con una mochila de dinosaurios y los cordones de las zapatillas desatados. Detrás de él apareció una chica.
Ryan dejó de saltar. La cuerda se enredó en sus pies y casi se cae.
La chica era bajita, quizás un palmo menos que él. Piel blanca, con pecas apenas visibles en los pómulos. Su pelo era rizado y oscuro, recogido en una cola de caballo desordenada de la que escapaban rulos rebeldes. No era lo que los chicos de su clase llamaban "linda" —no tenía esa belleza perfecta de las redes sociales—, pero sus ojos eran grandes y de un marrón cálido, y miraban todo con una calma que Ryan encontró extrañamente atractiva. Llevaba una sudadera gris manchada de pintura acrílica y unos vaqueros con rotos en las rodillas. En la mano, un cuaderno de tapa negra lleno de garabatos.
—Hola —dijo el niño, plantándose delante de Ryan con las manos en las caderas—. ¿Dónde se apunta mi hermano?
Ryan parpadeó. Aún le daba vergüenza hablar con extraños en el gimnasio.
—En… en la oficina de Mario. Al fondo. Pero ahora no está.
—Pues esperamos —dijo el niño, y se sentó en el suelo como si fuera su casa.
La chica rió por lo bajo. Era un sonido breve, como una hoja cayendo.
—Perdón —dijo, acercándose—. Mi hermano se llama Thiago. Tiene ocho años y ninguna paciencia. Yo soy Daen.
—Ryan —respondió él, y su voz sonó ronca. Tosió para disimular—. Ryan Martínez.
Daen asintió y se quedó de pie, mirando el gimnasio con curiosidad. Sus ojos recorrieron los carteles desgastados, la lona manchada, las bolsas de boxeo que colgaban del techo como frutas colosales.
—¿Tú entrenas aquí? —preguntó.
—Sí. Llevo tres meses.
—¿Y pegas fuerte?
Ryan se sonrojó.
—No. Me pegan fuerte a mí.
Daen sonrió. Fue una sonrisa pequeña, de esas que se asoman sin permiso.
—Me gusta la honestidad —dijo—. La mayoría de los chicos mienten para impresionar.
—Yo no sé mentir —respondió Ryan—. Se me nota en la cara.
—Se te nota en los moratones.
Ryan se tocó el pómulo, donde aún quedaba un resto amarillo del gancho de Javier. Daen se acercó un paso y lo observó con atención, como si fuera un dibujo que estaba corrigiendo.
—No duele —mintió Ryan.
—Esa sí fue una mentira.
Se rieron los dos. Thiago, desde el suelo, interrumpió:
—Daen, enséñale el dibujo que hiciste ayer.
—Thiago…
—¡El del boxeador!
Daen suspiró, abrió su cuaderno y hojeó hasta una página que mostró a Ryan. Era un dibujo a lápiz de un boxeador en el centro del ring, con los brazos caídos y la mirada perdida. No estaba ganando. Estaba de pie, apenas, después de un golpe. El trazo era suelto, pero los detalles del rostro transmitían agotamiento y dignidad.
—Es… —Ryan buscó la palabra— es como me sentí el sábado pasado.
—¿Perdiendo?
—Levantándome.
Daen cerró el cuaderno lentamente. Por un segundo, Ryan creyó ver algo brillar en sus ojos. Algo que no sabía nombrar.
—Thiago quiere aprender boxeo —dijo ella, cambiando de tema—. Dice que en el colegio se pelea con un niño que le quita el almuerzo.
—¡Me roba los juguitos! —protestó Thiago desde el suelo—. Y yo quiero darle un derechazo.
—Le vamos a enseñar defensa personal —aclaró Daen—. No violencia. Mario dijo que podía venir los miércoles.
—Mario es buen entrenador —dijo Ryan—. Te enseña a recibir golpes, no solo a darlos.
Thiago se puso de pie de un salto.
—¿Tú me enseñas un golpe mientras llega Mario?
Ryan dudó. Miró a Daen, que asintió con un gesto pequeño.
—Bueno. Pero solo uno.
Ryan se arrodilló para quedar a la altura de Thiago. Le mostró cómo cerrar el puño (el pulgar por fuera, nunca por dentro), cómo girar la cadera, cómo exhalar al golpear.
—Pégame en la palma —dijo Ryan, ofreciendo su mano abierta.
Thiago golpeó con la fuerza de un conejo asustado.
—Más fuerte —dijo Daen.
—No le animes —protestó Ryan.
Thiago golpeó otra vez. Esta vez, la palma de Ryan sonó con un chasquido seco.
—¡Eso! —gritó Ryan —.
—Eres un peligro —dijo Ryan, frotándose la mano.
Daen rió de nuevo. Ese sonido. Ryan supo que quería escucharlo otra vez.
En ese momento, Mario regresó con una bolsa de hielo. Vio a Thiago golpeando la mano de Ryan y arqueó una ceja.
—Ya veo que te adelantaste, Martínez. ¿Este es el nuevo?
—Thiago —dijo el niño, con orgullo—. Voy a ser boxeador.
—Vas a ser un dolor de cabeza —respondió Mario, pero con una sonrisa—. Vengan a la oficina. Daen, tú también.
Daen recogió su cuaderno y siguió a Mario. Antes de cruzar la puerta, se volvió y miró a Ryan.
—Oye —dijo—. Me gustó lo de levantarse.
Ryan no supo qué responder. Solo asintió.
Cuando la puerta se cerró, se quedó un momento en medio del gimnasio, con la mano todavía hormigueando por el golpe de Thiago. Y supo que algo había cambiado. No el boxeo. Algo más.
Al día siguiente, en el instituto, Ryan llegó temprano al aula. Demasiado temprano. Solo había dos personas: Lucas, leyendo un libro de matemáticas por gusto (era un ser extraño), y Kevin, durmiendo con la cabeza sobre la mochila.
Ryan se sentó a su lado y sacó un cuaderno. No el de apuntes. El que usaba para escribir frases sueltas.