Ryan Martinez

EP. 4

Ryan esperó al final de la clase del miércoles. Se quedó en el ring, quitándose los guantes con calma, mientras los demás boxeadores se iban a la ducha. El gimnasio se vaciaba despacio, como una marea que se retira. Mario recogía las vendas usadas del suelo y las tiraba a un cubo de plástico.

—¿Todavía aquí, conejo? —preguntó sin mirarlo.

—Necesito hablar con usted —dijo Ryan.

Mario dejó lo que estaba haciendo. Se limpió las manos en el pantalón del chándal y se apoyó en la tercera cuerda del ring, frente a Ryan.

—Habla.

—Hay un torneo. En mi colegio. Torneo interclases de boxeo educativo. Sin experiencia necesaria, dicen. Yo… yo quiero participar.

Mario no respondió de inmediato. Se quedó mirando a Ryan con esos ojos que parecían pesar cada palabra antes de soltarla.

—¿Y por qué me lo cuentas a mí? —preguntó al final.

—Porque quiero que me entrene. En serio. No solo los sparrings de los jueves. Quiero prepararme para ganar.

—¿Para ganar?

—Para hacerlo bien —rectificó Ryan—. Para no caer en treinta segundos como con Javier.

Mario asintió lentamente. Luego se subió al ring, se sentó en la esquina neutral y señaló el sitio a su lado. Ryan se sentó. Las cuerdas crujieron.

—Dime la categoría de peso —dijo Mario.

—Peso ligero. Hasta 55 kilos.

—¿Cuánto pesas ahora?

—Casi 60.

—Ocho semanas para el torneo, ¿más o menos?

—Siete —dijo Ryan—. El torneo es dentro de siete semanas.

Mario silbó. No era un silbido de admiración. Era de cálculo.

—Bajar cinco kilos en siete semanas es posible, pero vas a sufrir. Nada de refrescos. Nada de azúcar. Nada de pan blanco. Nada de pizza los viernes con tus amigos. ¿Entiendes?

—Entiendo.

—Vas a comer pollo, pescado, huevos, verduras y arroz integral. Poca cantidad. Mucha agua. Y vas a entrenar dos horas diarias. ¿Tienes tiempo?

—Tendré.

Mario lo miró un largo rato. Luego extendió la mano.

—Trato hecho. Pero con una condición.

—Diga.

—Si un día no puedes con la dieta o el entrenamiento, me lo dices. No te escondes. No te castigas en silencio. El boxeo es sufrimiento, pero no es estupidez. ¿Claro?

—Claro —dijo Ryan, y estrechó la mano de Mario.

La mano del entrenador era áspera, llena de callos, y apretó con fuerza.

—Empezamos mañana a las seis de la mañana —dijo Mario—. Trae ropa para correr. Y no desayunes nada antes de venir. Te peso en ayunas.

—¿A las seis? Pero si hay colegio…

—El torneo no espera a que terminen tus clases. Ni el boxeo. Tú decides.

Ryan asintió. Se levantó, bajó del ring y cogió su mochila. Antes de salir, se volvió.

—Gracias, Mario.

—No me des las gracias todavía. Me las darás cuando ganes tu primera pelea. O cuando pierdas, pero sepas por qué.

Los primeros días fueron un infierno.

El jueves a las seis de la mañana, Ryan llegó al gimnasio con los ojos pegados de sueño. Mario le pesó en una báscula de hierro que parecía sacada de una carnicería.

—59.8 —anunció—. Camino a los 55. Hoy: carrera de 5 kilómetros. Sin parar.

—¿Cinco?

—Si te quejas, seis.

Ryan corrió por el parque cercano al gimnasio mientras el sol aún no terminaba de salir. Las piernas le pesaban como troncos. El aire le quemaba la garganta. Pero siguió. Pensó en Daen. Pensó en el cartel del torneo. Pensó en la cara de Javier cuando le mandó a la lona.

No paró.

Cuando volvió al gimnasio, Mario le esperaba con una cuerda de saltar.

—Ahora tres rondas de cuerda. Luego sombra. Luego bolsa. Y luego, si te queda algo, hablamos de estrategia.

—¿Estrategia?

—No vas a ganar pegando fuerte. Vas a ganar siendo más listo que el otro.

Esa semana, Ryan aprendió más que en tres meses. Aprendió a respirar desde el diafragma, no desde el pecho. Aprendió a girar sobre la planta del pie, no sobre el talón. Aprendió que un jab bien puesto a tiempo duele más que un gancho lanzado con rabia.

Y aprendió a tener hambre.

No solo hambre de comida. Hambre de demostrar.

El viernes, Ryan llegó al gimnasio después de clases con una bolsa de deporte llena de ilusión y el estómago vacío. Había almorzado pechuga de pollo a la plancha con brócoli. Kevin le había ofrecido una galleta en el recreo y Ryan la había rechazado. Lucas le había mirado con admiración.

—Estás cambiado —le había dicho Lucas.

—Estoy a dieta —respondió Ryan.

—No es eso. Estás más… presente.

Ryan no supo qué significaba, pero le gustó.

Al entrar al gimnasio, lo primero que vio fue a Daen. Estaba sentada en el suelo, junto a la pared, con Thiago ya subido al ring haciendo ejercicios con Mario. Ella tenía el cuaderno negro abierto y dibujaba con un lápiz de carbón. Llevaba el pelo suelto, los rizos cayéndole sobre la cara, y una sudadera azul marino que le quedaba un poco grande.

Ryan se acercó despacio.

—¿Qué dibujas hoy?

Daen levantó la vista. Sonrió. Esa sonrisa pequeña que a Ryan le derretía el pecho.

—A Thiago —dijo, mostrando el dibujo. El niño aparecía con los puños arriba, la boca abierta gritando algo, los pies mal colocados pero llenos de energía—. Está feo, pero es él.

—Está bien —dijo Ryan—. Tiene… carácter.

—Eso es una forma amable de decir que está mal proporcionado.

—Yo no sé de dibujo. Yo solo sé de golpes.

—Pues siéntate y cuéntame qué sabes de golpes.

Ryan dejó la mochila y se sentó a su lado. La misma distancia de medio metro. El mismo aroma a lápices de colores y algo dulce.

—Mario me está entrenando para un torneo en mi colegio —dijo—. Tengo que bajar a 55 kilos.

—¿Por qué?

—Porque es mi categoría. Si peso más, me emparejan con gente más grande. Y ya me pegó uno grande una vez. No quiero repetir.

Daen arqueó una ceja.

—El que te dejó el moratón.

—Ese mismo.

—¿Y cómo vas con la dieta?

—Hoy soñé con una hamburguesa —confesó Ryan—. Me desperté con la almohada mojada de saliva.



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En el texto hay: superacion personal, boxeo juvenil, novela deportiva

Editado: 12.04.2026

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