El viernes era el último día de inscripciones. Ryan llegó al colegio con el estómago revuelto, pero no por la dieta. Por los nervios.
Kevin lo esperaba en la puerta del gimnasio del instituto, saltando sobre los talones como un resorte humano.
—¡Llegaste! —gritó—. Creí que te ibas a echar atrás.
—Los boxeadores no se echan atrás —dijo Ryan, repitiendo una frase de Mario.
—Los boxeadores también mean con miedo, no me jodas.
Lucas apareció detrás de ellos con una carpeta transparente llena de papeles. Traía el formulario de inscripción ya rellenado con letra de imprenta perfecta, tres fotos tamaño carnet y una copia del carnet de salud.
—¿Por qué tienes todo eso? —preguntó Kevin.
—Porque leí las bases —dijo Lucas, como si fuera obvio—. Tú solo trajiste las ganas de hacer el ridículo.
—Y los nachos. Los nachos son importantes.
Los tres entraron al gimnasio del colegio. Era más grande que El Guerrero, con gradas de cemento a los lados y un ring nuevo, de lona azul brillante, que aún olía a plástico. En una mesa plegable, el profesor de Educación Física —el señor Osorio, un tipo musculoso con bigote de los ochenta— recibía las inscripciones.
—Apellidos y categoría —dijo Osorio sin levantar la vista.
—Martínez, Ryan. Peso ligero, 55 kilos.
Osorio levantó la vista y lo midió con la mirada.
—¿55? ¿Cuánto pesas ahora?
—55.2 esta mañana —mintió Ryan. En realidad había pesado 55.5, pero Mario le había enseñado que un boxeador nunca dice su peso real antes de la báscula oficial.
Osorio anotó. Luego miró a Kevin.
—Kevin Ruiz. Peso wélter, 63 kilos —dijo Kevin, hinchando el pecho.
—Tú pesas 67, por lo menos —dijo Lucas.
—¡Es el pan de la semana pasada!
Osorio los inscribió a los dos y luego miró a Lucas con escepticismo.
—¿Tú también?
—No —dijo Lucas—. Yo soy el mánager. Ellos son mis peleadores.
—Esto no es el boxeo profesional, hijo.
—Un mánager se necesita en todas partes.
Osorio suspiró y les entregó a cada uno un folio con el cuadro de eliminatorias. Ryan lo leyó rápido: 16 participantes en peso ligero. Eliminación directa. Primera ronda: Ryan Martínez vs. un tal Gonzalo Fuentes. En la otra mitad del cuadro, el favorito: Diego Luján.
—¿Ese quién es? —preguntó Ryan, señalando el nombre.
Kevin silbó.
—¿No lo conoces? Diego Luján. Boxea desde los ocho años en el club Halcones. Su papá fue campeón regional. El año pasado ganó el torneo juvenil de la ciudad.
—Y tiene el ego del tamaño de esta sala —añadió Lucas.
Ryan miró hacia la mesa de inscripciones. Allí estaba Diego, recién llegado. Alto para su peso, pelo rubio engominado, mandíbula cuadrada. Llevaba una sudadera de Halcones y unos guantes de marca que costaban más que el sueldo mensual de Mario. No hablaba con nadie. Los demás se apartaban a su paso.
Diego se acercó a la mesa sin mirar a nadie.
—Luján, Diego. 55 kilos —dijo, y su voz era tan arrogante como su cara.
Osorio asintió con respeto. Incluso los profesores le tenían miedo.
Cuando Diego se giró, sus ojos se encontraron con los de Ryan. No dijo nada. Solo sonrió, una sonrisa de dientes perfectos que parecía decir: "Ya eres mi víctima".
Kevin puso una mano en el hombro de Ryan.
—No le hagas caso. Los perros que ladran…
—No ladra —dijo Ryan—. Ni siquiera me ha mirado bien.
—Porque no vales la pena para él. Todavía.
Ryan tragó. Esa verdad dolía más que un gancho.
Cuando ya iban a salir, Ryan vio a un chico sentado solo en las gradas de cemento. Tendría su misma edad, pelo negro y lacio, rostro delgado. Miraba al suelo, con las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta demasiado grande. A su lado, un folio de inscripción medio arrugado.
Ryan se acercó.
—¿Te has inscrito?
El chico levantó la vista. Tenía los ojos oscuros, profundos, con ojeras de quien no duerme bien.
—Sí —dijo, en voz baja.
—¿En qué peso?
—55. Como tú.
—Yo soy Ryan. ¿Y tú?
—Sebastián —dijo el chico, y volvió a mirar al suelo.
Hubo un silencio incómodo. Kevin y Lucas se acercaron.
—¿Es tu amigo? —preguntó Kevin en voz alta.
—Ahora sí —dijo Ryan, sentándose junto a Sebastián—. ¿Por qué te inscribiste?
Sebastián tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz apenas era un susurro:
—Para demostrar algo.
—¿A quién?
—A mí mismo.
Ryan recordó sus propias palabras. "Para demostrarme que puedo terminar algo sin rendirme."
—Pues entonces —dijo Ryan—, somos dos.
Y le tendió la mano. Sebastián la miró un momento, dudando, como si no estuviera acostumbrado a que le ofrecieran algo. Al final, la estrechó. Su apretón fue débil, pero sincero.
Kevin se sentó al otro lado de Sebastián.
—¿Sabes pelear al menos?
—No mucho —admitió Sebastián.
—Bien. Porque yo tampoco. Así que los tres vamos a perder, pero con estilo.
Sebastián esbozó algo parecido a una sonrisa. Era pequeña, torcida, pero era una sonrisa.
Lucas, que se había quedado de pie, ajustó sus gafas.
—Estadísticamente, si los tres pierden en primera ronda, habré desperdiciado mi tiempo como mánager.
—Por eso no te pagamos —dijo Kevin.
Se rieron. Incluso Sebastián soltó una risa corta, como si le hubiera salido por accidente.
Ryan supo, en ese momento, que había ganado algo más importante que un combate: un amigo.
Las semanas siguientes, Ryan se volcó en el entrenamiento como nunca.
Mario le había diseñado un plan obsesivo. Los lunes y miércoles, técnica: jab, cross, gancho, uppercut, combinaciones, juego de pies. Los martes y jueves, condición física: carrera, cuerda, abdominales, flexiones, cuello. Los viernes, sparring. Los sábados, descanso activo: natación o bicicleta. Los domingos, nada.
—El descanso también entrena —decía Mario—. El cuerpo se repara cuando duermes, no cuando golpeas.