El sábado amaneció gris, pero Ryan no lo notó.
Llevaba despierto desde las cinco, dando vueltas en la cama, repasando combinaciones en el aire. El dibujo de Daen seguía pegado en la pared. El boxeador de espaldas, solo en el ring, le devolvía la mirada.
—Hoy es el día —se dijo.
Desayunó dos claras de huevo y media manzana. Se pesó: 54.9. Mario iba a estar contento. Su madre le deseó suerte desde la cocina, sin levantar la vista del móvil. Su padre ya se había ido a trabajar. Nadie más le acompañaría.
Llegó al colegio a las ocho. El gimnasio bullía de actividad. Habían colgado una lona blanca con el nombre del torneo y las gradas de cemento se iban llenando de alumnos, profesores y algunos padres. El ring azul brillaba bajo las luces fluorescentes.
Ryan se encontró con Kevin y Lucas en la zona de calentamiento. Kevin llevaba una camiseta con la frase "Ready to lose" escrita con rotulador.
—¿Eso es en serio? —preguntó Lucas.
—Es mi filosofía —dijo Kevin, flexionando los brazos—. Si esperas perder, nunca te decepcionas.
—Eso es muy triste —dijo Ryan.
—Es muy libre.
Sebastián estaba en una esquina, solo, saltando a la comba. Ryan se acercó.
—¿Nervioso?
—Un poco —admitió Sebastián, sin dejar de saltar—. ¿Tú?
—Mucho.
Sebastián paró y lo miró. Por un segundo, Ryan vio algo en sus ojos: no miedo, sino determinación.
—Vamos a hacerlo bien —dijo Sebastián.
—Vamos a hacerlo bien —repitió Ryan.
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La báscula oficial fue a las nueve. Todos los peleadores de peso ligero pasaron uno por uno. Ryan subió descalzo, con la respiración contenida. El profesor Osorio ajustó las pesas.
—Martínez, Ryan: 55.0 exactos.
Mario, que había venido a apoyarlo desde el gimnasio, asintió desde la grada. Ryan bajó sintiendo que había ganado la primera pelea.
Diego Luján pasó después: 54.8. Ni siquiera miró la báscula. Se bajó y se fue a estirar con la seguridad de quien ya sabe que va a ganar.
—Ese tío me cae mal —dijo Kevin a su lado.
—A todo el mundo —respondió Lucas.
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El orden de los combates se publicó en una pizarra blanca. Octavos de final, peso ligero: Ryan Martínez vs. Gonzalo Fuentes.
Ryan buscó a su rival. Lo encontró al otro lado del gimnasio. Gonzalo era más alto que él, quizás cinco centímetros, con brazos largos como pértigas. Pelo castaño y cara de niño bueno, pero los hombros anchos. No parecía un matón, pero tampoco un principiante.
—Brazos largos —dijo Mario, apareciendo a su lado—. Mantén la distancia corta. No le des espacio para que extienda el brazo. Métete dentro y golpea al cuerpo.
—¿Al cuerpo?
—La cabeza se mueve. El cuerpo no. Si le cansas el abdomen, los brazos le pesarán.
Ryan asintió. Mario le puso una mano en el hombro.
—Escúchame, conejo. Da igual lo que pase. Tú has entrenado. Tú has sufrido la dieta. Tú has madrugado. Eso ya es ganar.
—Pero quiero ganar de verdad.
—Eso es lo segundo.
Sonó el aviso. Ryan se puso los guantes, se ajustó el protector bucal y subió al ring. Las gradas no estaban llenas, pero había suficiente gente para que sus piernas temblaran un poco. Buscó a Daen entre el público.
Allí estaba. Sentada en la tercera fila de las gradas de cemento, con su cuaderno negro en el regazo. Thiago estaba a su lado, con una gorra de boxeo que le tapaba medio rostro. Daen levantó la mano y le hizo un gesto pequeño, casi invisible: un puño cerrado sobre el pecho. Ánimo.
Ryan sonrió detrás del protector bucal.
Sonó la campana.
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Primer asalto
Gonzalo salió con los brazos extendidos, manteniendo la distancia. Lanzaba jabs como si midiera el terreno, sin intención de hacer daño. Ryan esquivaba y se agachaba, recordando la orden de Mario: "Métete dentro".
A los treinta segundos, Ryan dio un paso explosivo hacia adelante, agachó la cabeza y lanzó un gancho de izquierda al hígado de Gonzalo.
El impacto fue seco. Gonzalo soltó un "¡Uf!" audible y retrocedió dos pasos. Ryan sintió una oleada de euforia. Le dolió.
Pero Gonzalo era más listo de lo que parecía. Aprendió rápido. Empezó a usar sus brazos largos para mantener a Ryan a distancia, empujándole la cabeza cuando se acercaba. El árbitro no decía nada. Era boxeo sucio pero legal.
El asalto terminó 10-9 para Gonzalo según los jueces. Ryan había conectado menos golpes, pero los suyos habían sido más contundentes. Aún había esperanza.
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Segundo asalto
Ryan salió con más confianza. Logró meterse dentro tres veces y conectar buenos golpes al cuerpo. En una de ellas, un cross rozó la mandíbula de Gonzalo y le hizo girar la cabeza.
—¡Eso! —gritó Kevin desde las gradas.
Pero Gonzalo respondió. Aprovechó un momento en que Ryan bajó la guardia (el mismo error que con Javier) y le plantó un directo de derecha en el pómulo. Ryan sintió un fogonazo blanco y el sabor de la sangre en el labio.
No cayó. Retrocedió, parpadeó, y volvió a la carga. Pero Gonzalo ya había tomado ventaja. El asalto fue más parejo, pero los jueces volvieron a dárselo a Gonzalo: 10-9.
En la esquina, Mario le limpió la sangre con una gasa.
—Estás perdiendo, pero no por mucho. El tercer asalto tiene que ser tuyo. Todo o nada.
—Todo —dijo Ryan.
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Tercer asalto
Ryan salió como una fiera. Ya no le importaba la distancia, ni los brazos largos, ni nada. Solo quería pegar. Conectó un jab, luego un cross, luego otro jab. Gonzalo retrocedió contra las cuerdas. Ryan lanzó una combinación de tres golpes al cuerpo. Gonzalo se dobló.
Las gradas rugieron.
Pero Gonzalo no se rindió. A falta de treinta segundos, el chico alto encontró un hueco y lanzó un uppercut que pilló a Ryan con la guardia abierta. No fue fuerte, pero le desequilibró. Ryan cayó de rodillas un segundo.
No era KO. Se levantó inmediatamente. Pero los jueces vieron la caída.