El domingo por la mañana, Ryan bajó a desayunar con la esperanza de que su padre ya se hubiera ido a trabajar.
No fue así.
Don Roberto Martínez estaba sentado en la mesa de la cocina, con una taza de café en la mano y el periódico deportivo abierto frente a él. Tenía las manos grandes, callosas, de obrero de la construcción. El pelo canoso y los ojos cansados de quien lleva veinticinco años levantándose a las cinco.
Ryan intentó pasar de largo con un "buenos días" murmurado, pero su padre levantó la vista.
—Siéntate hijo.
Ryan obedeció. Se sentó enfrente de él, con la cabeza gacha, intentando que el moratón del pómulo quedara en sombra. Pero la luz de la ventana lo delataba. El moratón había crecido durante la noche: ahora era un círculo violáceo que le ocupaba media mejilla. El labio seguía hinchado. Además, tenía un corte pequeño en la ceja que Mario le había curado con esparadrapo.
—¿Qué es eso? —preguntó su padre, señalando su cara con la barbilla.
—Nada.
—No me mientas, Ryan. Te conozco desde que naciste.
Ryan guardó silencio. Su padre dejó la taza de café con un golpe seco.
—Es el boxeo, ¿verdad? Esa tontería del gimnasio.
—No es una tontería.
—¿Ah, no? Mira tu cara. ¿Eso te parece normal? ¿Ir por ahí con los moratones como un pendejo?
Ryan sintió que la sangre le subía a la cabeza. Apretó los puños debajo de la mesa.
—No soy un pendejo padre.
—Pues lo pareces. Deja eso. Concéntrate en los estudios, que es lo que importa. El boxeo no te va a dar de comer.
—¡No quiero que me dé de comer! —Ryan levantó la voz sin querer. Su padre abrió los ojos, sorprendido. Ryan nunca le contestaba.
—Solo quiero… —Ryan buscó las palabras, y le salieron con un nudo en la garganta—. Solo quiero sentir que soy bueno en algo.
El silencio se hizo pesado. La nevera zumbaba. El reloj de la pared marcaba las ocho y cuarto.
—No soy bueno en matemáticas —continuó Ryan, con la voz temblorosa—. Ni en lengua. Ni en deportes de equipo. En todo lo que hago, soy el último o el que sobra. Pero en el boxeo… en el boxeo no importa si soy el mejor. Importa si me levanto después de cada golpe.
Su padre no dijo nada. Sus ojos recorrieron la cara de Ryan, los moratones, la mirada brillante.
—¿Y eso te hace feliz? —preguntó al fin.
—No sé si feliz. Pero es lo único donde siento que estoy eligiendo mi propio camino. No el que tú quieres para mí. No el que el colegio me impone. El mío.
Don Roberto cogió su taza de café y bebió un sorbo largo. Cuando la dejó, sus dedos tamborilearon sobre la mesa.
—Tu abuelo boxeaba —dijo, sin mirarlo—. En su juventud. En el pueblo. Se rompió la nariz tres veces. Mi madre siempre decía que era un bruto.
Ryan no sabía eso. Nunca le habían hablado de su abuelo.
—¿Y qué pasó?
—Pasó que dejó el boxeo, se casó, tuvo hijos y se pasó cuarenta años trabajando en una fábrica. Nunca volvió a subirse a un ring.
—¿Y fue feliz?
Su padre tardó en responder. Tanto, que Ryan creyó que no iba a hacerlo.
—No lo sé —admitió—. Nunca le pregunté.
Se levantó de la mesa, cogió su chaqueta de trabajo y se la puso. Antes de salir por la puerta, se detuvo.
—No te voy a decir que dejes el boxeo —dijo, de espaldas—. Pero tampoco te voy a decir que me gusta. No quiero verte hecho pedazos.
—No soy de cristal, papá.
Su padre abrió la puerta. El sol de la mañana entró en la cocina.
—Cuídate la cara. Tu madre se va a preocupar.
Y se fue.
Ryan se quedó solo en la cocina, con el corazón latiendo a mil y las manos todavía temblorosas. No había sido un permiso, pero tampoco una prohibición. Era algo intermedio. Un "sigue, pero con cuidado". Una rendija.
Se levantó, se preparó dos claras de huevo y se las comió mirando por la ventana.
Tenía una repesca que ganar.
El lunes por la tarde, Mario lo recibió en el gimnasio con un plan de entrenamiento más duro que nunca.
—La repesca es el viernes —dijo, mientras Ryan se vendaba las manos—. Dos combates el mismo día. Primero contra el ganador de la repesca del otro lado del cuadro. Luego, si ganas, contra el otro finalista. Dos peleas en una tarde. ¿Crees que aguantas?
—Aguanto —dijo Ryan.
—No es solo físico. Es mental. El primer combate te va a dejar cansado. El segundo, reventado. El que gana la repesca no es el más fuerte. Es el que tiene más cabeza.
Mario le puso un plan específico:
· Lunes y martes: condición física extrema. Carrera de 7 kilómetros. Series de sprints. Cuerda. Abdominales hasta el fallo.
· Miércoles: técnica. Perfeccionar la guardia alta y los golpes al cuerpo.
· Jueves: sparring suave y táctica. Estudio de posibles rivales.
· Viernes: descanso activo por la mañana. Torneo por la tarde.
—No quiero que pienses en ganar —dijo Mario—. Quiero que pienses en hacer las cosas bien. La victoria es consecuencia.
—Eso es muy zen para un entrenador de boxeo.
—guarda silencio y corre.
Ryan corrió.
El miércoles, después del entrenamiento, Daen lo esperaba sentada en las escaleras de la entrada del gimnasio. Thiago estaba en casa con su madre. Ella estaba sola.
—Te he traído algo —dijo, sin levantarse.
Ryan se sentó a su lado, todavía sudoroso, con las vendas puestas.
—¿Qué es?
Daen sacó un papel doblado de su mochila. Era un dibujo a lápiz, más grande que los anteriores. Mostraba a un boxeador en el centro del ring, con los brazos levantados, pero no celebrando. Estaba protegiéndose la cara. Los puños cerrados. La mirada fija al frente. Debajo, escrito con letra temblorosa: "El miedo es normal. Rendirse no."
Ryan leyó la frase dos veces.
—¿Eres tú quien lo ha escrito?
—Mi papá me la decía cuando tenía miedo de algo. No sé si te sirve.
—Me sirve.
Ryan guardó el dibujo con cuidado entre las páginas de su cuaderno de entrenamiento.