Ryan Martinez

EP. 8

El gimnasio del colegio bullía de nuevo. Las gradas de cemento estaban más llenas que el sábado anterior. La derrota de Ryan había quedado atrás. Ahora solo importaba la repesca.

Ryan llegó con Mario a las tres de la tarde. Se pesó: 54.9. Perfecto. Se vendó las manos en silencio, con la rutina ya grabada en los dedos. Daen no estaba todavía. Su padre, menos. Solo sus amigos.

Kevin se acercó con una bolsa de hielo en la ceja (la misma del KO) y una sonrisa enorme.

—Hoy es el día, Martínez. Hoy te conviertes en leyenda.

—Solo quiero ganar una pelea —dijo Ryan.

—Dos —le corrigió Lucas, con su carpeta de apuntes—. Son dos peleas para el bronce.

—Una a la vez —interrumpió Mario, apareciendo detrás de Ryan—. La primera es ahora. ¿Sabes contra quién?

Lucas consultó sus anotaciones.

—Un chico llamado Cristian Morales. Peso ligero. Perdió en octavos por KO en el segundo asalto. No es muy técnico, pero pega fuerte.

—Entonces, nada de intercambiar —dijo Mario—. Muévete, boxea de afuera, no le des oportunidad de soltar la mano. ¿Claro?

—Claro.

Ryan subió al ring. El árbitro los reunió en el centro. Cristian Morales era un chico de cara redonda y brazos cortos, macizo. Miraba a Ryan con odio, como si le debiera algo.

Sonó la campana.

Primera pelea de repesca – Ryan vs. Cristian Morales

Cristian salió a matar. Directos salvajes, sin medir distancia. Ryan esquivó, se movió, aplicó la táctica de Mario. Mantenía la distancia larga, lanzaba jabs de castigo, se alejaba. Cristian se cansaba rápido.

En el segundo asalto, Ryan encontró un hueco. Cristian lanzó un gancho desesperado y quedó desprotegido. Ryan conectó un cross directo a la mandíbula. Cristian retrocedió tambaleándose. El árbitro comenzó la cuenta. Se levantó, pero sus piernas no respondían.

El árbitro detuvo la pelea.

Victoria por KO técnico – Ryan Martínez.

No fue fácil, pero tampoco le complicó la vida. Ryan bajó del ring sin un solo moratón nuevo. Kevin lo abrazó tan fuerte que casi le rompe una costilla.

—¡Eres un animal!

—Solo fue el primero —dijo Ryan, pero sonrió.

Lucas le alcanzó una botella de agua. Ryan bebió hasta sentir que el estómago le flotaba. Mario lo llevó a una banca apartada, lejos del bullicio.

—Bien —dijo el entrenador, sentándose a su lado—. Pero la siguiente será más dura. El otro finalista de la repesca acaba de ganar por decisión unánime. Se llama Elvis. No sé de dónde ha salido, pero boxea como si llevara años.

—¿Algo que deba saber?

—Es zurdo. Eso ya te descoloca. Y aguanta los golpes como si fueran caricias. Vas a tener que boxear los tres asaltos como si fuera el último.

Ryan asintió. Bebió más agua. Cerró los ojos un momento.

—¿Tienes miedo? —preguntó Mario.

—Sí.

—Bien. Úsalo.

Una hora después, Ryan volvió a subir al ring.

El rival ya estaba allí, saltando en su esquina. Elvis.

Era de su misma estatura, pero más musculoso. Brazos definidos, espalda ancha. Piel oscura, pelo afro recogido en una cinta roja. Parecía extranjero, quizás de algún país del Caribe. Sus ojos tenían un brillo salvaje, una hambre que Ryan reconoció porque era la suya.

El público notó el ambiente. La pelea por el tercer puesto prometía más que la final. Alguien gritó desde las gradas: "¡Eso va a ser una guerra!".

El árbitro los reunió. Elvis no apartó la mirada de Ryan. No sonrió. No hizo gestos. Solo asintió, como reconociendo a un igual.

Sonó la campana.

Primer asalto

Elvis salió como una fiera. Zurdo, tal como había dicho Mario. Los golpes llegaban desde ángulos raros, y Ryan tardó medio asalto en ajustar la guardia. Recibió un cross en el hombro, un gancho en el brazo. Nada limpio, pero suficiente para doler.

Ryan respondió. Jab. Jab. Directo al cuerpo. Elvis no se inmutaba. Parecía de hierro.

El asalto terminó 10-9 para Elvis. Justo, pero justo.

En la esquina, Mario le limpió el sudor.

—Estás midiéndole. Deja de medir. Él no se va a cansar. Tienes que hacerle daño de verdad.

—¿Dónde?

—Al hígado. Es zurdo, su lado derecho está más expuesto. Métete dentro y golpea al hígado.

Segundo asalto

Ryan cambió la estrategia. En lugar de boxear de afuera, se pegó a Elvis. Metió la cabeza en su pecho y empezó a golpear al cuerpo. Gancho de izquierda al hígado. Directo de derecha al estómago.

Elvis gruñó. Por primera vez, retrocedió.

Ryan aprovechó. Subió la guardia y lanzó una combinación de tres golpes a la cabeza. El segundo rozó la sien de Elvis. El público rugió.

Pero Elvis no era un cualquiera. Respondió con un uppercat que atrapó a Ryan en el mentón. Ryan vio estrellas, pero no cayó. Apretó los dientes y siguió.

El asalto fue un intercambio brutal. Ambos conectaron. Ambos sangraron. Cuando sonó la campana, los dos estaban de pie, jadeando, con los ojos inyectados en sangre.

Los jueces dieron el asalto 10-9 para Ryan. Empate a puntos.

Tercer asalto – Todo o nada

Mario no le dio instrucciones. Solo le miró a los ojos y dijo:

—Ya sabes lo que tienes que hacer.

Ryan asintió. Salió al centro del ring.

Elvis también. Ya no había táctica. Solo dos chicos con hambre.

Intercambiaron golpes durante dos minutos y medio. Fue una danza salvaje: Ryan conectaba, Elvis respondía; Elvis avanzaba, Ryan le hacía retroceder. Las gradas estaban de pie. Kevin gritaba hasta quedarse afuera. Lucas mordía su carpeta. Sebastián, en un rincón, apretaba los puños.

Faltaban diez segundos.

Elvis se separó, dio un paso atrás y señaló el centro del cuadrilátero con el puño. El gesto era claro: ven, terminemos esto aquí. Golpe por golpe. Sin defensa.

Ryan lo entendió. No había nada que perder. Ambos iban empatados.

Caminó hacia el centro.

Elvis lanzó un cross. Ryan lo esquivó rozando. Ryan lanzó un jab. Elvis lo aguantó. Elvis lanzó un gancho. Ryan lo bloqueó con el hombro.



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En el texto hay: superacion personal, boxeo juvenil, novela deportiva

Editado: 12.04.2026

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