Ryan Martinez

EP. 9

La pelea por el tercer puesto había terminado hacía apenas media hora, pero el gimnasio ya vibraba con la final. Las gradas se habían llenado hasta reventar. Alumnos, profesores, padres, incluso algún periodista del periódico local. El ambiente olía a palomitas, a sudor y a emoción contenida.

Ryan apenas había tenido tiempo de quitarse los guantes. Los nudillos le dolían, pero no le importaba. Se tomó un sorbo de agua, se limpió la sangre seca del labio y bajó de la zona de vestuarios para buscar a Sebastián.

Lo encontró en un rincón del pasillo, solo, saltando a la comba. Tenía los ojos cerrados, los dientes apretados, el cuerpo en piloto automático. Ryan se quedó un momento mirándolo. Nunca había visto a nadie concentrado así.

—Sebastián —dijo en voz baja.

Sebastián abrió los ojos y paró la cuerda.

—¿SI?

—Vengo a desearte suerte. Pero no la necesitas. Tú ya estás listo para todo.

Sebastián no sonrió, pero sus hombros se relajaron un poco.

—Diego es muy bueno —dijo—. Me han contado que noqueó a su rival de semifinales en el primer asalto.

—Y yo perdí mi primera pelea —respondió Ryan—. Y mira, tengo una medalla. No es oro, pero es mía.

—Mi padre no quiere que pierda —murmuró Sebastián, casi para sí mismo.

—Mi padre tampoco quería que boxeara. Y hoy vino a verme.

Sebastián levantó la vista. Por un momento, Ryan vio algo parecido a la esperanza en sus ojos oscuros.

—¿De verdad vino?

—Se fue antes de que terminara la pelea, pero lo vi. Asintió. Eso es más de lo que me ha dado en años.

Sebastián guardó silencio. Luego guardó la comba en su bolsa y extendió la mano.

—Gracias, Ryan.

—Vamos a darlo todo —dijo Ryan, estrechándosela.

Cuando salieron al gimnasio, Kevin y Lucas los esperaban junto a la puerta del ring. Kevin llevaba una bandera improvisada hecha con una sábana y rotulador: "Sebastián, el callado asesino". Lucas, más discreto, tenía una hoja con estadísticas de Diego.

—Escúchame, Sebastián —dijo Kevin, poniéndole una mano en el hombro—. Ese Diego es un creído. Tiene sonrisa de dentista y alma de villano de película. Pero tú… tú tienes algo que él no tiene.

—¿Que cosa? —preguntó Sebastián.

—Hambre de verdad. La tuya no es de cartón.

Lucas asintió y ajustó sus gafas.

—Diego ataca siempre con la derecha después de un fintazo. Si aguantas los primeros treinta segundos sin recibir un golpe limpio, se desespera. Ahí es donde puedes conectar.

Sebastián asintió. Ryan le dijo antes de subir al ring:

—Ve y muéstrale de qué estás hecho.

Sebastián subió al ring. Las gradas rugieron. Diego ya estaba allí, en la esquina opuesta, con su sudadera de Halcones, su pelo rubio engominado y su sonrisa de superioridad. Saltaba sin esfuerzo, como si aquello fuera un entrenamiento más.

Ryan buscó un lugar en las gradas. No quería sentarse con sus amigos. Quería ver la pelea desde otra perspectiva.

Entonces la vio.

Daen estaba sentada en la tercera fila, con Thiago en su regazo. El niño tenía una gorra de boxeo y una bolsa de papas fritas. Daen llevaba el pelo suelto, los rizos cayendo sobre los hombros, y el cuaderno negro cerrado sobre las rodillas.

Ryan subió las gradas de dos en dos y se sentó a su lado.

—¿Puedo? —preguntó.

—Ya estás sentado —respondió Daen, sonriendo.

Thiago se giró y le dio un puñetazo en el brazo.

—¡Ganaste, Ryan! ¡Te vi! ¡Ese golpe fue increíble!

—Gracias pequeño —dijo Ryan, frotándose el brazo—. Pero no me pegues tan fuerte que aún me duele todo.

Thiago rió y volvió a sus papas.

El gimnasio se fue oscureciendo porque alguien apagó algunas luces para crear ambiente. Solo el ring quedaba iluminado, como un escenario. Ryan y Daen quedaron en una penumbra cómoda, rodeados de murmullos y el olor a palomitas.

—Tu padre estuvo aquí —dijo Daen en voz baja—. Lo vi. Estaba solo en la última fila.

—Sí. Lo vi.

—Y asintió, creo.

—Sí.

—¿Eso es bueno?

Ryan pensó. Su padre no era hombre de palabras. Un asentimiento suyo valía más que un discurso.

—Creo que sí —dijo—. Al menos no me prohibió seguir.

—Mi madre tampoco quería que Thiago boxeara —dijo Daen—. Decía que era muy violento. Pero luego vio que Mario le enseñaba disciplina, no pelea callejera. Y cambió de opinión.

—¿Y tu padre?

—Mi padre es el que más me apoya. Él me enseñó lo poco que sé de boxeo. Dice que el ring es como la vida: a veces te golpean, a veces golpeas, pero nunca puedes quedarte en el suelo.

Ryan la miró. La luz tenue del gimnasio le dibujaba sombras suaves en el rostro. Sus pecas apenas se veían, pero sus ojos brillaban.

—Oye, Daen —dijo—. Gracias por los dibujos. Los tengo pegados en mi pared. Me ayudaron.

Daen bajó la mirada. Ryan notó que se sonrojaba.

—No son nada —murmuró.

—Para mí son mucho.

Thiago, que no se perdía una, interrumpió:

—¡Daen se ha pasado toda la semana dibujándote! Hizo como diez dibujos sobre ti.

—¡Thiago! —lo calló Daen, tapándole la boca con la mano.

Ryan rió. Era una risa limpia, sin resentimiento, sin miedo.

—¿De verdad?

—No le hagas caso —dijo Daen, pero su voz había subido un tono—. Exagera.

—Pues me gustaría verlos algún día.

Daen apartó la mano de la boca de Thiago y se quedó mirando el ring, donde los jueces ultimaban los detalles.

—Quizás —dijo—. Si ganas otra pelea.

—Ya gané dos hoy.

—Entonces tres.

Ryan sonrió. Se quedó en silencio un momento, sintiendo el hombro de Daen rozando el suyo. Thiago se había quedado dormido sobre las piernas de su hermana, con la bolsa de patatas vacía en el suelo.

—¿Conoces a Sebastián? —preguntó Ryan.

—Un poco. No lo conozco bien, pero tú hablas bien de él. Y parece que se esfuerza.

—Es un buen tipo. Callado, pero bueno.

Sonó el aviso. Los peleadores saltaron al centro del ring. El árbitro dio las instrucciones. Diego sonreía. Sebastián miraba al suelo.



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En el texto hay: superacion personal, boxeo juvenil, novela deportiva

Editado: 12.04.2026

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