Los días después del torneo pasaron como en cámara lenta.
Ryan no entrenaba. Mario le había dado una semana de descanso absoluto para que los nudillos se recuperaran y el moretón del pómulo desapareciera. “Un boxeador también necesita ser humano”, le había dicho el entrenador.
Así que pasaba las tardes en casa, mirando partidos y boxeo en la tele, comiendo sin remordimientos,su madre le había preparado una lasaña que pesaba más que su categoría, y dándole vueltas a una cosa: Daen.
Quería llamarla. Otra vez. Pero le daba vergüenza parecer pesado. Ya habían hablado una vez por teléfono. ¿Dos veces sería demasiado? ¿Y si su madre se cansaba de él?
El jueves por la tarde, después de una siesta de tres horas (la primera en meses), Ryan se armó de valor. Bajó a la cocina, cogió el teléfono fijo de pared —un aparato beige con cable en espiral que su madre se negaba a cambiar— y marcó el número de Daen con dedos temblorosos.
Ring. Ring. Ring.
—¿Diga? —La voz de una mujer, cálida, con ese acento suave que Ryan ya reconocía.
—Buenas tardes, soy Ryan, un amigo de Daen. ¿Podría hablar con ella?
—¡Ah, el boxeador! —dijo la madre de Daen, y Ryan la escuchó sonreír—. Daen habla tanto de ti que ya me sé tu nombre, tu edad, tu categoría de peso y lo mal que te quedan los moratones.
Ryan se sonrojó hasta las orejas.
—¿Me conoce?
—Ay, hijo. Si supieras. El otro día me pidió que le comprara un rotulador rojo solo porque quería dibujarte los guantes de ese color. Y mira que ella nunca pide nada.
Ryan no sabía dónde meterse. El cable del teléfono se le enredaba en los dedos.
—Bueno, yo… yo solo quería invitarla a tomar un helado. Si ella quiere, claro. Y si usted no tiene inconveniente.
—¿Un helado? —La madre hizo una pausa teatral—. En mis tiempos, los chicos invitaban a un café. Pero bueno, los tiempos cambian. ¿Y tú eres un buen chico, Ryan?
—Eso creo —respondió él, con la voz rota.
—Daen dice que sí. Y yo confío en Daen. Pero si la haces sentir mal, voy al gimnasio ese y le pido a tu entrenador que te ponga a correr hasta que se te caigan las piernas. ¿Entendido?
—si señora—dijo Ryan, y no pudo evitar una sonrisa—. No pienso hacerla sentir mal.
la madre de daen grito:
—Daen, ¡el boxeador está al teléfono!
Se oyó un ruido de pasos, una puerta, y luego la voz de Daen, un poco agitada:
—¿Ryan?
—Hola —dijo él, y su voz salió más suave de lo que quería.
—Mi madre te ha estado interrogando, ¿verdad?
—Un poco. Pero caí bien. Creo.
—A mi madre le caes bien desde que le conté que regalaste 10 pesos un niño que se había quedado sin dinero para sus papás fritas
—Ese niño era Thiago.
—Lo sé. Por eso le caes bien.
Ryan rió. Se recostó contra la pared de la cocina, con el cable del teléfono estirado hasta donde daba.
—Oye, Daen. Estoy libre hoy. Sin entrenamientos. Mario me ha dado permiso por la recuperación. ¿Te apetece ir a la plaza a comer un helado?
Silencio. Ryan escuchó su propia respiración y un pájaro cantando en algún lugar de la casa de Daen.
—¿Ahora? —preguntó ella.
—Ahora mismo.
—¿Y no tienes que preguntarle a tus padres?
—Ya soy mayor para pedir permiso para un helado. Pero se lo diré. Mi padre está en el salón.
—Pues entonces… sí. En la plaza de la fuente. ¿En una hora?
—En una hora.
—No llegues tarde.
—Nunca llego tarde.
—Mentira.
—Solo una vez.
—Una vez es una vez.
—Vale. No llegaré tarde.
—Adiós, Ryan.
—Adiós, Daen.
Colgó. Ryan se quedó un momento con el auricular en la mano, escuchando el tono. Luego lo colgó, soltó una risa nerviosa y fue al salón.
Su padre estaba en el sillón, leyendo el periódico deportivo. El mismo que leía siempre, aunque Ryan nunca le había visto ir a ningún partido.
—Papá.
Don Roberto levantó la vista.
—¿Si,hijo?
—Voy a salir. A la plaza. A tomar un helado.
—¿Con quién?
Ryan tragó saliva.
—Con una chica. Se llama Daen. Es la hermana de un niño que entrena en el gimnasio. Dibuja. Tiene el pelo rizado.
Su padre dejó el periódico. Lo miró con una expresión que Ryan no supo interpretar.
—¿La chica del helado, eh?
—Sí.
—¿Y ella sabe que le gustas?
Ryan se ruborizó.
—No le he dicho nada. Solo vamos a tomar un helado.
Su padre soltó una carcajada. Una carcajada seca, corta, pero genuina.
—¿Sabes cómo conocí a tu madre?
—No.
—En una fuente. Yo tenía diecisiete. Ella, quince. Yo estaba sentado en el borde, comiendo un helado de fresa. Ella pasó con sus amigas. Se me cayó el helado al suelo y ella se rió. Le pedí que me comprara otro y me dijo que era un caradura. Al final, ella me lo compró. Y llevamos veinte años juntos.
Ryan se quedó boquiabierto. Su padre nunca contaba historias de su juventud.
—¿De verdad?
—De verdad. Así que ve, cómprale un helado. Pero que no se te caiga. Y si se te cae, que ella no tenga que comprártelo. Eso ya es cosa de caballeros.
Ryan sonrió. Se acercó al sillón y, sin pensarlo, le dio una palmada en el hombro a su padre.
—Gracias, pa.
—No me des las gracias. Trátala bien. Y si algún día te rompe el corazón, no me vengas llorando. Para eso está el boxeo.
Ryan salió de casa con el corazón a mil.
Llegó a la plaza con diez minutos de antelación.
La fuente estaba en el centro, rodeada de bancos de piedra y árboles viejos. El sol de la tarde caía suave, pintando todo de naranja. Ryan se sentó en el borde de la fuente, con las manos en los bolsillos, mirando hacia la calle por donde sabía que ella vendría.
Pasaron cinco minutos. Diez. Justo cuando empezaba a pensar que se había equivocado de día, la vio.
Daen apareció por la esquina, caminando despacio, con las manos detrás de la espalda. Llevaba un vestido blanco de flores pequeñas, zapatillas de lona, y el pelo suelto. Los rizos le caían sobre los hombros y bailaban con la brisa. No llevaba maquillaje. No lo necesitaba.