Al final de la calle, fría y solitaria, se encontraba él: un alma joven con un espíritu de libertad arrebatada. Su esquelético cuerpo permitía ver sus costillas suplicar, estaba agotado, pero listo para salir a buscar algo que le permitiera saciar su estómago. La noche aún era joven, perfecta para caminar. Dos de sus patitas todavía estaban llenas de vómito y sopa de pollo, lo último que recordaba antes de dormir era haber intentado bañarse en un charco, aunque su pelaje, a pesar de todo, permanecía tan suave y delicado como siempre.
Pronto empezaría a llover, así que lo mejor que podía hacer era buscar algún techo, cartón o teja rota que le permitiera guarecerse. En el barrio de al lado conocía la casa de los hermanos Welferd. Ellos siempre dejaban abierta una ventana en el tercer piso, por donde salía el humo de los cigarrillos y unos cuantos gritos dirigidos a los «gota a gota» que pasaban a diario. Por lo general, mantenían en el piso cajas de pizza y botellas de cerveza; de vez en cuando, a él le gustaba ir a robarles una rebanada.
Por otro lado, en ese mismo barrio vivía la señora Lucy, una mujer bastante amable para el marido que tenía. Ella siempre le tenía la comida preparada, junto con dos o tres latas y una cajetilla de sus cigarros favoritos para que viera sus partidos de fútbol. Él le prometía que algún día uno de sus equipos le haría ganar todas las apuestas, pero ella siempre terminaba golpeada cuando él perdía el dinero del mes. Asimismo, la señora Lucy cuidaba a sus dos hijos. El mayor, Sebastián, seguía los mismos pasos de su papá; ella ni siquiera se molestaba en intentar convencerlo de dejar las drogas o las apuestas para estudiar una carrera universitaria, pues había aceptado que era un vago sin remedio. Mientras tanto, presumía a su hermano menor, Santiago, por todo el barrio como el hijo perfecto, el futuro ingeniero que la sacaría de la zona en la que había vivido la mayor parte de su vida. Todos los miércoles, la señora Lucy le dejaba a él un plato con pollo desmechado y agua fresca, lo acariciaba un rato y se despedía.
Mientras caminaba, al mismo tiempo que el hambre apretaba, le cayó la primera gota en la cabeza. No le quedaba mucho tiempo y debía solucionar uno de sus problemas. Cerca había un basurero, pero el inconveniente era el vagabundo que dormía al lado; no le gustaba que los animales callejeros le robaran las sobras. En el momento cuando caminaba con sigilo, sonó aquella voz: la de una dulce niña. Aquella armonía retumbó en cada uno de sus músculos con un mensaje claro que le pedía una y otra vez, cada vez más fuerte, que escapara. No debía ser testigo de lo que estaba por ocurrir. Mientras corría confundido, el cielo tan bello que antes disfrutaba se desbordó; la lluvia no le dio espera y el frío se apoderó del lugar. Su única solución fue empujar el basurero contra el vagabundo y esconderse dentro.
Intentó buscar desesperadamente a aquella niña, pero lo único que logró ver fue un montón de carros pasando.