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He cambiado de asiento y mi compañero nuevo, no está.
Todos tienen sus compañeros y solo falta el mío. Olvidé que cada cierto tiempo, se cambian de asientos. Dejé libre el que está al lado de la ventana. No me gusta distraerme en cosas que no vienen al caso mientras estudio. Sé a la perfección quien será la persona que estará a mi lado desde ahora.
Por ello, no dejo de preguntarme si tengo mala suerte o no.
Después de perder contra él, debo cumplir con sus pedidos como comer comida picante. Algo que no soy buena. Lo comprobé ayer que pedí un plato de tallarines con ají a mi madre.
A pesar de ello, tuve que comerlo a la fuerza y adaptarme a ese sabor picoso que mis papilas gustativas no se ajustan a la perfección. Antes que sonara el timbre del inicio de clases, aparece nada menos que mi compañero, quien bosteza, pero queda confundido por el cambio.
Sin embargo, acepta los nuevos cambios.
—¿Ventana? Perfecto. Es mi lugar favorito en tomar siestas frescas —comenta, sentándose a mi lado—. No pensé sentarme con la chica que perdió ante mí.
Una vena brota de mi frente.
—No deberías solo sentarte a dormir, Brewer.
Él ríe.
—Las clases son aburridas —explica, apoyando sus brazos sobre el pupitre y mirando a mi dirección. En sus labios, se dibuja una sonrisa muy carismática. De esas que salen en los comics que leo de vez en cuando. La brisa de primavera entra por la ventana, refrescando todo el ambiente, junto a los rayos de sol que se filtran—. Puedes despertarme. Hoy tuve que quedarme hasta tarde en ayudar a mi madre en su restaurante.
¿Ayuda a su mamá en el restaurante?
No sabía eso de él. Ese sería un motivo, del cual, duerme en clases tranquilo.
—¿Eres una especie de grabadora andante?
Mi pregunta lo toma por sorpresa, pero ríe.
—¿A qué viene eso, Palmer?
—¿Cómo logras tener buenas notas si casi duermes toda la clase? —pregunto con sinceridad. Él sonríe entretenido por lo que pregunté—. No te entiendo.
—Solo soy listo.
No es una buena explicación para lo que hace.
—No te entiendo —replico, sacando mi libro de estudio. No vale la pena estar pensando en este tipo de cosas—. Sigue con lo tuyo que yo seguiré con lo mío, Brewer.
Él no deja de sonreír y se encoge los hombros para cerrar sus ojos.
A medida que el profesor de matemáticas explica sus clases, llama la atención a mi compañero que despierta de mala gana y se va a la pizarra a resolver un problema sin problema alguno.
Lo resolvió sin problemas, dejando sorprendido de nuevo al profesor.
¿Cómo puede ser así? No comprendo a este chico despreocupado. Vuelve a su asiento y se acomoda con la mirada hacia la pizarra, mientras que el profesor le advierte que no vuelva a dormirse.
La siguiente clase es inglés y de nuevo saca a relucir sus dotes en el idioma extranjero sin problemas. Una gramática y pronunciación perfecta que me deja con muchas preguntas. ¿Debería de acostumbrarme a esta máquina? Friego mi frente y miro mi libro.
—¿Tienes problemas en algo, Palmer? —pregunta Arther a mi lado con la mirada en mi libro—. Puedes preguntarme con confianza. Desde ahora, soy tu compañero y debo ayudar a otros que no pueden con ciertas cosas.
Aprieto los dientes.
—No tengo problemas en inglés.
—¿No? —pregunta con dudas. Lo observo ceñuda—. Pensé que lo tenías porque no parabas de suspirar agobiada.
—No necesito tu ayuda, Brewer.
Sonríe, mientras me observa extraño.
—¿Por qué te desagrado tanto?
—No me desagradas hasta el punto del que piensas —comento, haciéndolo reír—. Solo que tú y yo, somos diferentes. Nada más.
—Cada uno es diferente, Palmer —concuerda con una risa—. Todos pensamos diferentes y tenemos otros puntos de vistas. Es normal. Dudo que vaya a encontrar un clon mío por ahí.
Tiene razón en ello.
El viento entra de nuevo y algunos de mis cabellos se revolotean, molestando mi vista a través de los lentes. Lo acomodo y sigo escribiendo en mi libro, pero siento la mirada de él anclada en un costado de mi rostro.
—¿Qué es?
—¿Tienes mucha miopía? —pregunta tranquilo—. ¿Puedo sacarte los lentes, Palmer?
¿Sacarme los lentes?
Quiero negarme, pero estoy cansada para seguir con ese juego. Por ello, saco mis lentes y lo observo tranquila. ¿Qué tiene de interesante verme sin ellos? Sigo siendo la misma.
Sus ojos recorren cada rincón de mi rostro, haciéndome sentir extraña.
—En efecto, tenía razón.
¿Qué cosa?
—No entiendo a lo que te refieres, pero si te gustan los lentes, puedes ir a un oftalmólogo para recomendarte si necesitas usar unos —comento, volviendo a ponérmelos sin dejar de escuchar la risa de él—. ¿Qué?