¾■¾í¾■¾
Observo al libro que está enfrente de mí, es una novela de adolescentes hormonales. De esas donde el prota es el chico malo con tatuajes y rebelde. No es que no haya leído este tipo de literatura, pero casi ya no me llama mucho la atención. Quizás, porque he estado muy ocupada en mis estudios.
—¡Debes leer esta novela, Kristy!
—Dudo que vaya conmigo este tipo de novelas, Asia —comento, acomodando mis libros en mi mochila—. Eso de andar enamorada del badboy de una novela, no es lo mío.
Ella ríe.
—¿Por qué no? ¿Tienes gustos viejos? —pregunta en un drama—. ¿Te gustan leer los periódicos? ¿Escuchar la radio? —Su mirada se vuelve ceñuda al verme reír—. ¿En serio lo haces?
—No, pero escucho en mp3.
Su expresión es todo un drama.
Saco uno de mis mp3 y se lo muestro. Tiene una expresión de sorpresa al ver el aparato en peligro de extinción.
—Es de la era de los dinosaurios.
—Es más cómodo y seguro —comento—. A veces, llevar el celular, es incómodo en lugares que pueden robarme. Tengo dos. Uno me lo regalaron en la secundaria.
El regalo del dichoso novio de la presidenta del club de fotografía.
—¿Te lo regaló un chico?
—Sí —respondo, haciendo que me observara expectantes—. Un tipo, cuya cabeza parecía una máquina. —Sigo guardando mis útiles—. No era un badboy, pero sí un romántico cursi que pensaba guardar su primer beso a su primera novia.
Sus ojos brillan.
—¿Te gustaba?
Detengo mis movimientos, mientras su pregunta, hace que traiga nostalgia a mi ser. Sonrío tenue. La curiosidad que sentimos los adolescentes, es barbárica.
—No. Solo era un tipo problemático y competitivo.
—¿En serio? ¿No te gustaba, Kristy?
—No —respondo, recogiendo mi Mp3 para volver a guardarlo—. No tengo historias de romance hormonales, Asia.
—Ese chico debió ser muy lindo. Digo, con ese pensamiento tierno, cualquier chica quedaría derretida por él —declara en un suspiro hondeado. Igual que una enamorada. Si supiera que ese tipo, no es nada menos que Arther Brewer, empezaría con una serie de preguntas—. ¿Ya te inscribiste a un club?
—Sí. Sigo con el mismo de antes.
—Yo iré al club de fotografía —comento a medida que salimos del aula—. La presidenta es una chica que conocí hace poco y……—Hago una pequeña pausa—. Es la novia de Arther Brewer.
Ella detiene sus pasos.
—¡¿Qué?!
Eso mismo.
—Así es. La chica que me enseñaste por foto.
—¡¡Dios mío, Kristy!!
—No es para tanto. Es una buena chica. Una muy amable que me invitó a entrar a su club —comento a medida que caminamos hasta la cafetería—. Me enteré recién cuando firmé los formularios.
Si lo hubiera sabido antes, era posible que no hubiera firmado nada.
—¡Qué suertuda eres! ¡Podrás ver a Arther Brewer en persona!
Espero que no.
—Lo dudo —indico, deteniendo mis pasos hasta una máquina de golosinas—. Cuando me presenté, no estaba, pero si lo veo, le pediré un autógrafo a tu nombre.
Ella ríe.
—No es para tanto.
—Así lo veo. ¿No eres una admiradora de esas locas?
Resopla.
—Algo así, pero tampoco es una celebridad que salen en la televisión —comenta, abrazándome el brazo—. Solo cuéntame si pasa algo interesante con su novia.
Le gusta el chisme.
—Asia Clarke, serás la primera en saber si hay chisme sobre Brewer —comento riendo. Ella me observa una ceja alzada—. ¿Qué?
—Lo tratas con mucha confianza.
Cierto. Ella no sabe que fue mi compañero de clases años atrás.
—No es así. Solo su apellido es corto.
Quisiera decir que cambiaré de club, pero luego pensarán mal de mí. Por lo tanto, dejaré de ignorarlo desde ahora. Estamos en el último de preparatoria, significa ya no nos volveremos a ver más adelante. Dudo que nos vayamos a vernos seguidos, porque la presidenta del club de fotografía es su novia.
▬♥♥▬
Mis palabras estuvieron equivocadas.
O eso pensé al ver a un chico entrar con una caja enorme que cubría todo su rostro. Ha crecido demasiado y ha ganado más músculos. Tiene puesto un uniforme de futbol. Escuché que sabe jugar de vez en cuando con algunos equipos, pero no pertenece a ese club.
—Traje lo que pidió Aris —dice, tambaleándose sin ver a nadie—. ¿Pueden ayudarme?
Solo estoy yo, porque salió Sora.
Me levanto y empiezo a ayudar con la caja que cubre su rostro.
—¿Sabes dónde está la presidenta? —pregunto, dejando el cartón sobre una de las mesas, mientras escucho el sonido de una caja caerse. Enseguida volteo a verlo, observando que está de pie y con una expresión de sorpresa—. Debes tener cuidado. —Me acerco hasta recoger los albúmenes. Son de fotos antiguas. Sin querer, permanezco sentada y ojeando las fotos—. Increíble. No pensé que tenían estas clases de fotografías.