¿sabor Favorito? ¡¡menta!!

Capitulo 79: Tu problema.

El vestido cayó al suelo como un suspiro.
Yo seguía allí, desnuda, vulnerable, con el pecho subiendo y bajando como si no pudiera respirar.

Evans no dijo nada.
No pidió permiso.
Solo avanzó, lento, decidido... como un hombre que quería hablar con el cuerpo lo que no sabía decir con la boca.

Su mano subió a mi mejilla, apenas un roce, pero luego sus dedos se cerraron en mi nuca y me atrajo hacia él con una urgencia muda.

Su boca cayó sobre la mía, fuerte, decidida, casi desesperada.
Por un segundo me perdí en ese deseo roto... pero la imagen de él alejándose en la camioneta, dejándome sola, se atravesó como un cuchillo.

Me separé.

Su frente chocó contra la mía, caliente, agitada.

—Lo siento —susurró.

Yo levanté sus manos, despacio, y las retiré de mi cara.

—Allison... —intentó de nuevo, pero ya no podía más. No podía aceptar un lo siento y ya.

Me giré y caminé directo al baño. Necesitaba aire, agua, silencio. Necesitaba quebrarme donde él no pudiera verme.

La ducha fue larga. El agua tibia se mezcló con mis lágrimas.
Él no entró. No dijo nada.
Ni un solo paso detrás de mí.

Salí envuelta en un paño, aún respirando entrecortado.

Lo encontré sentado en la cama, la cabeza baja, mirando el suelo.
Una bandeja con un vaso de leche tibia descansaba sobre la mesa.

Al escuchar mis pasos, levantó la vista y sus ojos se clavaron en los míos.

—Odio verte llorar —dijo.

—Fue tu culpa.

Bajó la mirada.

—Lo sé... —su voz se quebró apenas—. Y eso es lo peor. Me estoy odiando tanto que si me pides que me aleje... lo haré.

Se levantó. Caminó hacia mí, lento, como si temiera que lo rechazara otra vez.

—Allison —susurró—, me tienes completamente a tus pies.

Se arrodilló frente a mí.

Un jadeo escapó de mi garganta.

—Evans... —murmuré.

Tomó mis manos entre las suyas, aún sin levantar la mirada.

—Perdóname. Soy el peor idiota del mundo por no ver lo que estabas pasando, por no entenderte, por... todo. Yo quiero que seas feliz, Allison. Pero te lo juro... no dejaré que nadie te arranque de mi lado.

—Por favor... —intenté hablar, pero él me interrumpió.

Su mano subió a mi vientre, suave, temblorosa.
Sentí su respiración volverse irregular.

—A él... o a ella —dijo con voz baja, ronca—. Te juro que voy a protegerlo. Nadie le tocará un cabello. Ni el suelo por donde camine. Te lo prometo con mi vida.

Mis rodillas cedieron y terminé arrodillada frente a él.

—¿Entonces por qué te alejas? —pregunté con la voz rota—. Me estás lastimando, Evans. Mucho.

Levantó la mirada, dolido.

—Solo te protejo...

—¿Alejándome? Eso no es proteger. Eso es romperme.

—Perdóname, Allison... —susurró.

—Mírame —le tomé el rostro entre mis manos—. Sé que me amas. Sé que solo quieres cuidarme. Pero no me empujes lejos. No dejes que el orgullo nos destruya.

Su mano subió y acarició mis labios con una devoción que me desarmó.

—Soy adicto a ti —murmuró.

Intentó besarme, pero giré el rostro apenas.
Él suspiró, rendido, y se puso de pie para ayudarme a levantarme.

—¿No vas a perdonarme? —preguntó cuando me fui hacia la cama.

—No tan fácil.

—Aceptar esa será mi condena, preciosa —susurró detrás de mí.
Sentí un beso en mi cuello—. Me daré un baño. Tómate la leche, está tibia.

Entró al baño.
Yo me senté en la cama, aún envuelta en el paño.
Tomé el vaso y empecé a beber despacio.

Entonces un teléfono empezó a vibrar.

El de Evans.

Lo busqué y contesté sin pensarlo.

—Está hecho. Fue eliminado, pero dejé una advertencia —respondió una voz masculina.

Se me paralizó el corazón.

—¿Allison? —la voz de Evans estalló detrás de mí.

El sobresalto hizo que la leche se derramara por el suelo y el teléfono se me cayera de las manos.
Evans lo tomó antes de que yo pudiera reaccionar. Al ver el número, sus ojos se incendiaron.

—¿Qué escuchaste? —preguntó.

Yo empecé a temblar.

—Na...da...

—Allison —rugió—. Ni se te ocurra mentirme. Repítelo.

Tragué duro.

—Solo... que lo eliminó. Y que dejó una advertencia.

El teléfono vibró de nuevo.
Él lo llevó al oído.

—¿Sí? —contestó.

Mientras escuchaba, salió de la habitación.

Yo me levanté, aún temblando, decidida.
No quería más mentiras.

Lo encontré en su oficina.

—Allison, vete.

—No.

—Sube a la habitación. Ahora.

—No eres mi dueño.

Tapó el micrófono del teléfono.

—Te llamo luego —gruñó al interlocutor, y colgó.

Se pasó la mano por el rostro, exasperado.

—Preciosa... te juro que te amo pero, a veces... necesito que te vayas. Tengo que solucionar algo.

—¿Y que es? —pregunté.

—No es tu problema, Allison.

—Deja de mentirme —escupí.

—No te—

—Sí lo haces —lo interrumpí—. Me estás ocultando algo. No soy tonta.

—No vamos a discutir ahora.

—¿Cuándo? —crucé los brazos—. ¿Nunca?

Su mirada se endureció.

—Es mi problema, Allison, no el tuyo. Así que lárgate. Ahora. Tengo que solucionar esta mierda YA.

Las lágrimas me nublaron la vista. Me giré para irme, pero no llegué a la puerta.

Todo se movió.
El piso se desvaneció bajo mis pies.!

El mundo se inclinó.
El aire desapareció.
Yo solo sentí un zumbido, una presión en el pecho, y luego... nada.

Evans me atrapó antes de que mi cabeza tocara el suelo.

—¡Allison! —su voz se quebró de una forma que jamás le había escuchado—. ¡Mírame, joder, mírame!

No respondí.
Mis manos colgaron a los costados.
Mi respiración apenas existía.

Sus brazos me levantaron del piso en un solo movimiento, como si fuera una pluma, pero sus manos temblaban.
Él temblaba.



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Editado: 24.12.2025

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