Sacrificio

El Sacrificio: Espacio

«¡Ah! Pero qué terrible destino es el que te ha esperado tanto tiempo», mencionó una voz detrás del vacío. La luz ya se había disuelto, el brillo que antes cegó a Annia se había vuelto una terrible oscuridad, a la par que el calor del mundo, de su hogar, desapareció, enrollada ahora en un siniestro frío que parecía engullirle el alma cada vez más.

«Has venido desde tan lejos para esto. ¿No estás orgullosa?», preguntó aquel ser, quien Annia estaba segura se hallaba dentro de su cabeza, pues no parecía que sus alrededores pudieran producir algún sonido.

«No te preocupes. No hay nada de qué preocuparse más», aseguró quien le hablaba, y al mismo tiempo de eso, la vista de la mujer fue haciéndose más y más clara, hasta que pudo observar sus alrededores, el lugar donde ahora se encontraba.

En su entorno, Annia podía observar un montón de espacio negro infinito en todas direcciones, distinguido a lo lejos sólo destellos magentas que parecían ser tan lejanas como las estrellas que se apreciaban desde el nocturno cielo de Vusaendal. A su vez, enfrente de ella, se formaba un camino de piedra rosada que le marcaba una senda hacia lo que parecía una extraña ciudad torcida, con calles en espiral, edificios sin forma uniforme y arboles como objetos amorfos que eran dignos de una pintura fantástica.

Annia, temerosa, sintió como su cuerpo, de estar flotando, descendió de manera delicada sobre aquella vereda de piedra, y sin más qué poder hacer, en lugar de volar, decidió caminar por ella para ver si podía ver algo.

Ella sabía que estaba muerta, que su sacrificio fue satisfactorio y que, de seguro, había salvado a sus amigos y mundo, por lo que estaba orgullosa y tranquila. Ahora cabía preguntarse si ese sería su lugar de descanso, si siempre transitaría en dichas calles como si fuera ese una especie de limbo en donde debía pasar la eternidad en favor de proteger a quienes más amaba.

Con esas ideas en la cabeza, y sus recuerdos de tan gloriosa aventura, Annia caminó con una sonrisa en el rostro observando todo lo que le rodeaba, fascinada por tanto cosa hallara y con un hambre de conocer y explorar por siempre dicho sitio.

Entró a varias viviendas, examinó decenas de objetos y se dio cuenta que ya no sentía dolor, cansancio ni hambre. Era libre, un alma puesta en otro sitio en donde podría estar en paz para siempre, sin que ya nadie la moleste.

Contenta, siguió andando durante horas, sin problema alguno, pensativa y solitaria, hasta que escuchó en la lejanía unos pasos que le parecieron lentos y ligeros, como si quien caminara lo hiciera con una gracia difícil de imitar.

Al voltear el rostro, la mujer de cabello rosado notó a una figura masculina de estatura un tanto baja, piel clara un poco asoleada, cabello castaño corto y ondulado, cuerpo firme y ojos color magenta que eran tan cálidos como el rojo mismo. La sonrisa de aquel joven era vivaz, pero combinada a sus ojos podría notarse lo siniestra y torcida que era, presa posible de alguna locura o malévola mente que se le ocultaba dentro de aquella bella apariencia casi divina, pues, de una manera inexplicable, se sentía que ese joven resplandecía, aunque así no fuera.

Las ropas blancas con simbología rosada y toques dorados hicieron creer a Annia que no se trataba de una persona común, sino de alguien de quien debería cuidarse, y aunque ya estaba muerta, notó que continuaba llevando consigo sus dos pistolas: Strega y Bugia.

Con ojos llenos de estoicismo, la mujer se posó de lado, lista para cualquier embate, con sus manos puesta cerca de sus armas, tal cual hábil pistolera siempre fue y todavía era a pesar de estar muerta.

—¡Uy! ¡Qué tensa te vez! —aseguró el hombre, cuya voz grave y suave, tal cual la de un joven, tranquilizó de forma leve a la pelirrosa.

—¿Quién eres? —preguntó demandante la mujer, sin siquiera parpadear ante tal presencia quien, ella asumía, era peligrosa.

—Tu maestro te instruyó bien, Annia Lawrence. Deberías saber dónde te encuentras y a quien tienes enfrente. —Lo dicho hizo a la pistolera arrugar el entrecejo, fastidiada. Luego, con algo de confianza, giró los ojos a su alrededor para explorar el sitio, lo que fue haciéndole relajar el cuerpo, pues se estaba acordando de todo lo que Kaito le había enseñado en sus años más tiernos, cuando se sentaban a la hora de la cena y hablaban sobre el universo y la creación misma, sobre Arctoicheio, el padre de todas las bestias sagradas y forjador de cada elemento, al igual que Pridhreghdi, amo de todos los dragones y fuente inagotable de luz eterna, así como de caos y vida.

Annia lo entendió. Sí, había abandonado Vusaendal tan pronto tocó a la Palkelenber, pero había ido tan lejos que cruzó fuera de su propia dimensión, el Catonium.

—Imposible… ¿Esto es la Palketenhak? —Aquella pregunta no fue respondida, sólo una mirada de confianza y sonrisa a boca cerrada fue mostrada a la mujer, lo que le hizo entender a quien tenía enfrente. —¡T-tú eres Swedavidio! —concluyó Annia, tartamudeando y horrorizada, a lo que la imponente bestia mostró sus blancos dientes, de los cuales resaltaban sus caninos, que eran más grandes de lo habitual.

—Te lo dije. Tú sabes dónde te encuentras y quien soy. Sólo que creíste que morir era desaparecer o ir a una especie de fosa común para los espíritus. La realidad es que lugares así no existen como tales. Sí, hay sitios en donde los espectros se reúnen, pero no es obligatorio ir. Para ti, al sacrificarte en mi nombre, tu destino fue caer hasta aquí, mi hogar y ahora el tuyo —explicó la bestia del espacio, tranquilo y solemne, parado frente a la mujer, a algunos metros de ella.

—¡Es un honor conocerle! ¡Estar siquiera frente a su presencia! —exclamó la joven, puesta sobre una rodilla y agachada su cabeza para reverenciar a la criatura divina que rio ante tal hazaña de forma sonora, impresionado.

—¡Levántate, Annia! No tienes por qué hacer algo como eso, mas lo agradezco —ordenó la criatura, levantada la mirada de la pistolera y poniéndose de pie al instante—. Aquí, en mi reino, nadie se arrodilla ante otros. Si quieres mostrar respeto, mírame directo a los ojos y háblame desde el fondo de tu corazón. Eso para mí es mostrar verdadera gratitud y amor ante quienes han construido el sitio donde has habitado en tu mortal existencia —explicó aquel de sonrisa brillante y macabra, cosa que no dejaba tranquila a Annia, pero se había ganado toda su lealtad y cariño con ello. Ahora el respeto que sentía dejó de ser por miedo o historias que le dictaban hacerlo. Se volvió genuino.




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