Sail

II

El pequeño bote crujía bajo el peso de Meldrick, Noah y la imperturbable Ana, mientras se alejaban de la costa. El silencio del mar solo era interrumpido por el chapoteo de los remos y el sonido de Meldrick destapando una de las botellas que había "tomado prestadas" en el mercado.

Noah miraba las luces del reino hacerse pequeñas en el horizonte. Tenía el corazón acelerado, dividido entre el alivio de la fuga y el peso del trato que acababa de sellar.

—Dígame, Diente Plateado —rompió el silencio Noah—, ¿cómo es que un hombre con una cabra termina perdiendo a toda su tripulación en tierra firme?

Meldrick soltó una carcajada ronca que terminó en una tos seca. Le dio un trago a su botella y señaló con el cuello de cristal hacia la inmensidad del océano.

—Ah, muchacho, no fue en tierra donde los perdí. Fue la combinación más peligrosa que existe en los Siete Mares: una tormenta de grado cuatro y un cargamento de ron de las Islas de Fuego.

Noah frunció el ceño, tratando de imaginar la escena.

—¿Una tormenta? ¿Y qué pasó con su capitana?

—¿La capitana? —Meldrick sonrió, dejando ver su icónico diente plateado—. Esa mujer es un demonio al mando, pero tiene un defecto: ama el ron tanto como odia seguir las leyes de la física. Cuando la primera ola gigante golpeó el costado del navío, la mitad de los hombres ya estaban cantando baladas a los peces, totalmente ebrios.

El anciano hizo un gesto dramático con las manos para describir el tamaño de las olas.

—El cielo se volvió negro como el carbón. El viento soplaba tan fuerte que arrancaba las barbas de los marineros. ¿Y dónde estaba ella? En medio del caos, la vi. Estaba en la cubierta principal, con el agua por las rodillas, abrazada a un barril de ron como si fuera su hijo recién nacido. "¡De aquí no me mueve ni el mismísimo Leviatán!", gritaba, mientras le daba un beso a la madera del barril.

Noah no pudo evitar una pequeña sonrisa.

—¿Se quedó abrazada a un barril en medio de una tormenta?

—¡Como una lapa a una roca! —exclamó Meldrick—. El barco crujió, una ola nos barrió a Ana y a mí por la borda, y lo último que vi antes de que la oscuridad me tragara fue a la capitana riendo, aferrada a su tesoro líquido mientras el barco se perdía en la bruma. Nos separamos en el caos. Por suerte, Ana flota mejor que un corcho, y terminamos llegando a tu isla por puro milagro.

Meldrick se puso serio por un segundo, mirando el horizonte con cierta nostalgia.

—Deben estar por aquí cerca, en alguna isla vecina, probablemente durmiendo la resaca bajo una palmera o tratando de usar el barril vacío como balsa. Si los encontramos, Noah, conocerás lo que es la verdadera vida pirata. Aunque espero que para entonces ya se les haya pasado el mareo... o al menos que la capitana haya soltado el maldito barril.

Noah asintió, mirando hacia el frente. La libertad por la que había apostado su corona empezaba a sonar mucho más caótica y extraña de lo que había imaginado en sus libros de aventuras.

—Entonces, busquemos a esos borrachos —dijo Noah con determinación.

—Ese es el espíritu —respondió el viejo, pasándole una manzana a Ana—. Pero mantén los ojos abiertos. En estas aguas, si no te matan los piratas, te mata el olor a ron rancio.




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