Sail

IV

El Destino Oscuro no era exactamente el palacio flotante que Noah había imaginado. Era un galeón de madera ennegrecida por la sal y las batallas, con velas remendadas que, milagrosamente, lograban atrapar el viento con una eficiencia envidiable. Una vez que lograron perder de vista a la fragata real ocultándose tras un banco de niebla, la adrenalina del escape comenzó a descender, dejando paso a una tensión mucho más punzante.

Liriel se dejó caer sobre un barril —esta vez vacío— y clavó sus ojos dorados en Noah. El joven príncipe se sentía fuera de lugar con su capa verde y sus botas de cuero fino sobre una cubierta manchada de brea y ron.

—Bien, "Su Alteza" —escupió Liriel, acentuando la burla—. Estamos a bordo de mi barco, hemos sobrevivido a ser devorados por caníbales y a ser fusilados por tu propia guardia. Creo que me debes una explicación. ¿Por qué un príncipe se escapa de su castillo para terminar oliendo a cabra y a miedo en el Destino Oscuro?

Noah suspiró, apoyándose en la borda. El mar golpeaba el casco con un ritmo constante.

—No me escapé... bueno, no exactamente —respondió Noah—. Hice un trato con mi padre, el Rey Kaelin. Él quiere obligarme a casarme con la princesa de Azura y tomar una corona que no deseo. Me dio una salida: si le llevo un tesoro en cinco lunas, seré libre para siempre.

Liriel arqueó una ceja, interesada a pesar de sí misma.
—¿Un tesoro? ¿Qué clase de baratija real vale tanto como un reino?

—El Ojo de la Pirata Temible —dijo Noah con firmeza.

El silencio que siguió fue absoluto. Meldrick, que estaba limpiando una de sus botellas, se detuvo en seco. Los otros dos tripulantes intercambiaron miradas nerviosas. Liriel, por su parte, sufrió un ligero espasmo en la mano; un destello de puro temor cruzó sus ojos antes de ser reemplazado por una máscara de indiferencia forzada.

—¿El Ojo? —Liriel soltó una carcajada que sonó un poco demasiado aguda—. Muchacho, eso no es un tesoro, es una sentencia de muerte. Ese objeto es una leyenda para asustar a los grumetes. Nadie sabe dónde está, y los que dicen saberlo terminan alimentando a los tiburones.

—Mi padre cree que existe —insistió Noah, acercándose a ella—. Y si es la única forma de comprar mi libertad, lo encontraré. Tú eres la capitana de este barco, Meldrick dice que conoces estos mares mejor que nadie. Ayúdame.

Liriel se puso en pie rápidamente, dándole la espalda para que Noah no viera cómo le temblaban levemente las manos. Ella sabía perfectamente dónde estaba. Conocía los arrecifes de coral negro y la cueva de los lamentos donde el Ojo descansaba, maldito y olvidado. Lo había visto en sus peores pesadillas.

—Te han engañado, principito —dijo ella, forzando un tono cínico mientras miraba el horizonte—. Nadie ha encontrado ese lugar en siglos, y yo no voy a perder mi tiempo buscando fantasmas. Si quieres quedarte en el Destino Oscuro, tendrás que trabajar como uno más. Pero olvida ese Ojo. Si realmente existiera, yo ya lo tendría colgado al cuello, ¿no crees?

Liriel caminó hacia el timón con paso firme, pero su mente era un caos. "Cinco lunas", pensó con angustia. "El chico ha traído una maldición a mi barco".

Noah la observó marcharse, sintiendo que algo no encajaba. Había visto ese fugaz rastro de miedo en la capitana, y en el mar, el miedo siempre señalaba hacia la verdad.




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