La vida a bordo del Destino Oscuro no entendía de títulos nobiliarios. Noah pasó las siguientes horas con las manos ampolladas, restregando la cubierta bajo un sol que no mostraba clemencia y ayudando a Meldrick a organizar los escasos suministros que quedaban tras la tormenta. Liriel, desde el puente de mando, no le dirigió la palabra; se limitaba a ladrar órdenes y a observar el mar con una intensidad que rozaba la paranoia.
Al caer la tarde, cuando el cielo se tiñó de un violeta profundo, Noah se desplomó junto a Meldrick cerca de la proa. La cabra Ana dormitaba a su lado, masticando un trozo de cuerda vieja.
—Es... encantadora —ironizó Noah, limpiándose el sudor de la frente con la manga de su camisa, ahora manchada de hollín—. No sabía que se podía ser tan fría y testaruda al mismo tiempo. Apenas me mira, y cuando lo hace, parece que quiere lanzarme por la borda.
Meldrick, que estaba afilando un pequeño cuchillo de plata, dejó escapar un suspiro cansado. Miró de reojo hacia la figura solitaria de la capitana, recortada contra la luz de la luna.
—No se lo tomes a pecho, muchacho —dijo el anciano con voz baja—. Liriel es como una tormenta: hace mucho ruido y golpea fuerte para que nadie se atreva a ver lo que hay en el centro.
—¿Y qué hay en el centro? —preguntó Noah, intrigado.
Meldrick guardó silencio un momento, asegurándose de que los otros tripulantes estuvieran lejos.
—Miedo, Noah. Un miedo que ha estado madurando por años. Liriel no siempre fue este bloque de hielo. Antes de ser capitana del Destino Oscuro, hubo alguien... un hombre que ella quería más que a su propia vida. Era joven, audaz y, al igual que tú, tenía los ojos llenos de estrellas y la cabeza llena de leyendas.
Noah dejó de masajear sus manos heridas y prestó total atención.
—Él también buscaba el Ojo de la Pirata Temible —continuó Meldrick, y su voz se volvió un susurro— Estaba obsesionado. Decía que con ese tesoro podrían retirarse, comprar una flota, ser libres de verdad. Liriel intentó detenerlo, le suplicó que se olvidara de esa maldición, pero él no escuchó.
—¿Qué pasó? —susurró Noah.
—Lo que siempre pasa cuando desafías a los mitos. Liriel tuvo que ver cómo el mar se lo tragaba. Intentó protegerlo, intentó salvarlo de su propia ambición, pero no pudo. Se quedó con las manos vacías y el alma rota. Por eso se pone así cuando mencionas ese tesoro. No es que no te crea, es que para ella, buscar el Ojo es lo mismo que cavar tu propia tumba... y ella no quiere volver a ver a alguien que estima desaparecer en la oscuridad.
Noah miró hacia el timón. La capitana Liriel mantenía la espalda recta, pero ahora, bajo la explicación de Meldrick, su postura ya no le pareció de arrogancia, sino de una inmensa soledad.
—Ella sabe dónde está, ¿verdad? —preguntó Noah.
Meldrick no respondió directamente. Se limitó a darle una palmadita en el hombro al príncipe y se puso en pie.
—Sé paciente con ella, Noah. Es testaruda porque la vida la obligó a ser de hierro. Pero recuerda: hasta el hierro más duro se dobla si el fuego es lo suficientemente fuerte. Y tu determinación... bueno, eso empieza a arder bastante.
Noah se quedó solo en la oscuridad, escuchando el crujir de la madera. Ahora entendía que su búsqueda no era solo una carrera contra el tiempo de su padre, sino un viaje a través de las heridas abiertas de la mujer que lo guiaba.
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Editado: 17.04.2026