La noche se había vuelto gélida. Noah subió los peldaños hacia el puente de mando con pasos lentos, evitando hacer ruido con sus botas sobre la madera. Liriel estaba allí, con las manos aferradas al timón, la mirada perdida en la espuma blanca que el Destino Oscuro dejaba a su paso. No se movió cuando él se detuvo a su lado, pero Noah supo que ella sentía su presencia.
—Deberías estar durmiendo, principito —dijo ella sin mirarlo. Su voz era un hilo cortante—. Mañana te espera más cubierta que fregar.
—No busco el Ojo por avaricia, Liriel —soltó él, ignorando su sarcasmo.
La capitana tensó los hombros, pero no respondió. Noah se apoyó en la barandilla, mirando las estrellas que se reflejaban en el agua negra.
—Sé que crees que soy un niño mimado persiguiendo cuentos de hadas —continuó Noah—. Pero mi padre no me dio una misión, me dio una sentencia. Si vuelvo con las manos vacías, me encerrará en un trono y me casará con una extraña. Seré un rey de papel en una jaula de oro.
Liriel apretó los dientes, su mandíbula marcada por la tensión.
—La libertad es un mito, Noah. En el mar solo cambias unas cadenas por otras: el hambre, la sed, las tormentas...
—Al menos son mis cadenas —la interrumpió él con suavidad—. Meldrick me contó por qué odias ese tesoro. Siento lo que perdiste. Pero no puedes proteger al mundo entero dejando de vivir. Él buscaba el Ojo para ser libre a tu lado, ¿no? Yo lo busco para poder ser yo mismo.
Liriel soltó una mano del timón, apretando el puño hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Por un segundo, la máscara de frialdad pareció agrietarse. Un destello de dolor antiguo asomó en sus ojos dorados, pero rápidamente volvió a mirar al frente, ocultándose en las sombras de su sombrero.
—No sabes de lo que hablas —susurró ella, aunque ya no sonaba enfadada, sino cansada.
—Tal vez no —admitió Noah, dándose la vuelta para bajar a los camarotes—. Pero sé que prefieres arriesgarte a morir en una cueva maldita que vivir huyendo de los fantasmas de tu pasado. Tú no eres una cobarde, Liriel. No dejes que el miedo a perder a alguien más te convierta en una.
Noah se alejó sin esperar respuesta, dejando que el eco de sus palabras se mezclara con el crujir del barco.
Liriel se quedó sola en el puente. El viento sopló con más fuerza, agitando su casaca, pero ella no se movió. Las palabras de Noah —sus cadenas, tus fantasmas— daban vueltas en su cabeza como tiburones acechando una presa. Por primera vez en años, la Capitana del Destino Oscuro no miraba el horizonte para navegar, sino para preguntarse si, después de tanto tiempo, aún tenía el valor de volver al lugar donde lo había perdido todo.
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Editado: 17.04.2026