Sail

VII

El amanecer trajo consigo un cambio de marea y de ánimo. El Destino Oscuro echó anclas en las aguas turquesas de la Isla Azura, un lugar conocido por sus mercados vibrantes y sus especias que perfumaban el viento incluso a kilómetros de la costa. Era una parada arriesgada, dado que era el reino de la prometida de Noah, pero Liriel sabía que no llegarían lejos con el estómago vacío y solo manzanas mordisqueadas por una cabra.

Tras una incursión rápida al mercado, protegidos por el bullicio de los mercaderes y sombreros de ala ancha, Liriel y Noah se sentaron en una zona apartada de la playa, ocultos tras unas palmeras mecidas por la brisa.

El desayuno era sencillo pero glorioso: pan recién horneado, frutas tropicales que goteaban almíbar y un poco de pescado ahumado. Por un momento, la tensión de los días anteriores pareció disolverse en la arena. Liriel, que solía comer de pie y alerta, se sentó con las piernas cruzadas, saboreando un trozo de mango con una calma que Noah no le conocía.

—No está mal para ser comida de fugitivos —comentó Noah, rompiendo el trozo de pan.

Liriel no respondió de inmediato. Observaba a lo lejos las torres del palacio de Azura, que brillaban como perlas bajo el sol de la mañana. De repente, dejó el mango a un lado y miró a Noah. Su expresión ya no era la de la capitana endurecida; había una chispa de curiosidad genuina en sus ojos, casi infantil, como si estuviera preguntando por un mundo de fantasía que nunca pudo visitar.

—Dime una cosa, principito... —comenzó, ladeando la cabeza—. Esa princesa con la que quieren que te cases... ¿Cómo es su vida realmente?

Noah la miró extrañado por el cambio de tono. Liriel continuó, su voz volviéndose suave, casi un susurro curioso.

—¿De verdad usan esos vestidos que pesan más que una vela de barco? ¿Esos que tienen tantas capas de seda que apenas puedes caminar? —Hizo un gesto con las manos, dibujando una falda enorme en el aire—. Y las joyas... ¿pesan mucho en el cuello? ¿Brillan tanto que te ciegan cuando les da el sol?

Noah soltó una pequeña risa, sorprendido por la inocencia de la pregunta.
—Los vestidos son... complicados. Se necesitan tres doncellas solo para apretar el corsé hasta que casi no puedes respirar. Y las joyas son frías. Piedras preciosas que valen más que una aldea entera, pero que solo sirven para demostrar quién tiene más poder.

Liriel escuchaba con atención absoluta, apoyando la barbilla en su mano. Por un instante, no era la mujer que comandaba un barco de proscritos, sino una niña que escuchaba un cuento sobre un reino lejano.

—¿Y bailan? —preguntó ella, con los ojos muy abiertos—. He oído que en los palacios hay suelos de cristal y que la música suena como si los ángeles estuvieran de fiesta. ¿Es verdad que se pasan la noche girando sin que se les mueva un solo pelo del peinado?

Noah asintió, sintiendo una extraña melancolía.
—Se ve hermoso desde fuera, Liriel. Pero dentro de esos vestidos y bajo esas joyas, la mayoría de esas personas están tan atrapadas como yo. Son como muñecos en una vitrina.

Liriel se quedó pensativa, mirando sus propias manos: curtidas, con cicatrices de cuerdas y restos de pólvora bajo las uñas. Rozó los bordes deshilachados de su casaca pirata y luego miró de nuevo hacia el palacio.

—Vestidos de seda y joyas de luz... —murmuró para sí misma, con una sonrisa pequeña y melancólica—. Supongo que cada quien tiene su propia forma de naufragar. Yo prefiero mis botas llenas de arena, pero... a veces me pregunto qué se siente ser una flor en un jardín, aunque sea por una sola noche.

El silencio que siguió fue pacífico. Noah comprendió que, bajo todas esas capas de hierro y mando, Liriel aún guardaba una parte de sí misma que soñaba con la belleza que el mar le había robado demasiado pronto.




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