Sail

VIII

Mientras el sol ascendía, reclamando su lugar en el cenit, la pequeña playa se llenó del sonido rítmico del metal contra la piedra. Meldrick se había sentado sobre un tronco seco, concentrado en afilar y pulir la espada de Liriel. Era una hoja de acero oscuro, mellada por años de abordajes, que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla.

Noah observaba fascinado la destreza del anciano.
—Parece que conoces esa arma mejor que tu propia mano, Meldrick —comentó el joven, viendo cómo el hombre pasaba un paño aceitado por el filo.

—Esta espada ha mantenido a la capitana con vida más veces de las que puedo contar, muchacho —respondió Meldrick sin levantar la vista—. El metal tiene memoria. Si no lo cuidas, te olvida en el momento que más lo necesitas.

Noah se perdió en la conversación, preguntándole a Meldrick sobre las runas apenas visibles en la empuñadura, distrayéndose por completo del entorno.

Mientras tanto, Liriel se había alejado del grupo. Algo en el aire, una fragancia a jazmín y rosas que no pertenecía a la selva, la había atraído hacia un sendero de piedra que bordeaba los jardines reales. Se movió con el sigilo de un felino, ocultándose tras unos arbustos de buganvilias de un rosa vibrante.

Entonces, la vio.

A pocos metros, en un balcón de mármol que daba a los jardines privados, se encontraba la Princesa Tara.

Liriel contuvo el aliento, agachándose más entre las flores. Nunca había visto algo así de cerca. Tara vestía un traje de seda de un azul tan profundo como el océano en calma, con bordados de hilo de plata que captaban cada rayo de sol. El vestido caía en ondas perfectas, sin una sola mancha de brea, sin un solo desgarro.

Liriel, con el corazón latiendo con una extrañeza que no sabía nombrar, observó el rostro de la princesa. Tara tenía la piel impecable, de una palidez luminosa que parecía no haber conocido jamás el castigo del sol o la salitre. No había polvo en sus mejillas, ni rastro de ceniza en su frente; solo una expresión de serenidad contenida mientras sostenía una pequeña taza de porcelana.

La capitana bajó la mirada hacia sus propias manos. Estaban sucias, sus uñas oscurecidas por el trabajo en el barco y su rostro, como siempre, estaba cubierto por una fina capa de arena y sudor. Por un momento, Liriel no se sintió como la temida jefa del Destino Oscuro, sino como una sombra mirando hacia la luz.

Se quedó allí, hipnotizada por la pulcritud de Tara, por la delicadeza con la que la princesa acomodaba un mechón de cabello que el viento —un viento que para Tara era una caricia y para Liriel un enemigo— intentaba despeinar. Era una belleza frágil, casi irreal, algo que Liriel sabía que nunca podría tocar sin manchar.

—Tan limpia... —susurró Liriel para sí misma, con una mezcla de admiración y una tristeza punzante.

Un guardia llamó a la princesa desde el interior, y Tara se dio la vuelta, desapareciendo tras las cortinas de seda con un movimiento elegante. Liriel permaneció escondida unos segundos más, sintiendo que el peso de su propia vida regresaba de golpe. Se sacudió un poco de polvo de la casaca, se ajustó el cinturón de cuero y regresó hacia la playa, guardando en su memoria aquel destello de seda azul como si fuera el tesoro más valioso de Azura.




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