Sail

XI

Una vez a bordo del Destino Oscuro, con las provisiones estibadas y la brisa marina refrescando la cubierta, la tripulación se reunió alrededor de un pequeño fuego en un brasero de metal. Finola, ya recuperada de su resaca y con el ánimo por las nubes, se sentó sobre un fardo de cuerdas, lista para soltar lo que mejor sabía hacer además de navegar: contar chismes.

—No saben lo que se oye en los mercados de Azura —comenzó Finola, bajando la voz de forma dramática y haciendo que Barnaby y Pike se acercaran más—. Mientras buscaba mi zapato perdido, puse el oído en los puestos de telas. La cosa está que arde en el palacio.

Noah se tensó al escuchar la mención del palacio. Liriel, aunque fingía estar muy ocupada revisando los cabos, aguzó el oído, recordando la imagen de la princesa Tara en el balcón.

—Dicen que la Princesa Tara ha perdido los estribos —continuó Finola, gesticulando con las manos—. ¡Ha destrozado tres vestidos de novia! Seda, encaje, perlas... todo hecho jirones. Parece que está furiosa porque su prometido, un tal príncipe desaparecido, no da señales de vida. ¡Ni una carta, ni un mensaje, nada!

Noah bajó la mirada, sintiendo una punzada de culpa. Él era ese prometido, y su silencio estaba causando un caos que no había previsto.

—Pero eso no es lo más jugoso —añadió Finola, lanzando una mirada significativa a Liriel—. El Rey de Azura se pone hecho una fiera si alguien menciona el mar en presencia de la princesa. Lo tiene prohibido. Dicen que el azul del océano lo vuelve loco de rabia.

—¿Por qué prohibiría el mar en una isla? —preguntó Noah, confundido—. Eso es imposible.

—Porque hay un rumor, uno de esos que se susurran tras las cortinas de incienso —Finola hizo una pausa para crear suspenso—. Dicen que Tara no siempre fue hija única. Se rumorea que hubo otra princesa, una hermana perdida hace mucho, mucho tiempo. Algunos dicen que se la tragó el mar, otros que huyó con unos renegados. El caso es que el Rey borró su nombre de los registros para que nadie la recordara jamás.

Liriel se quedó petrificada. Sus manos, que momentos antes se movían con agilidad, se cerraron con fuerza sobre la madera de la borda. La imagen de la princesa Tara, tan limpia y perfecta, volvió a su mente, pero esta vez con un matiz diferente. Un vacío extraño se abrió en su pecho.

—Una hermana perdida... —murmuró Liriel, su voz apenas un susurro que casi se pierde con el viento.

—¡Exacto! —exclamó Finola, sin notar el cambio de humor de su capitana—. Imagínense, una princesa de Azura perdida en el mundo. ¡Menudo tesoro sería encontrarla!

Noah miró a Liriel y notó que la capitana evitaba cualquier contacto visual. El aire en el barco se volvió denso. El chisme de Finola, que había empezado como una distracción divertida, había tocado una fibra invisible en el corazón del Destino Oscuro.

—Suficiente de cuentos de viejas —sentenció Liriel con una frialdad repentina, dándose la vuelta hacia el timón—. Tenemos un rumbo que fijar y un tesoro que buscar. ¡A sus puestos!

La tripulación se dispersó rápidamente, pero Noah se quedó mirando a Liriel. Sabía que la capitana escondía cicatrices, pero ahora empezaba a sospechar que algunas de ellas eran mucho más profundas de lo que Meldrick le había contado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.