Mientras el Destino Oscuro se alejaba de las costas de Azura, en la torre más alta del palacio real, el silencio era solo interrumpido por el rasgueo de una pluma sobre el pergamino. La princesa Tara estaba sentada frente a su escritorio de sándalo, con el rostro iluminado por la luz mortecina de un candelabro. A sus pies, jirones de seda azul y encaje —restos de los vestidos de novia que su furia había reclamado— cubrían la alfombra como pétalos marchitos.
Tara no lloraba; sus ojos estaban secos y cargados de una resolución gélida. Su padre le había prohibido hablar del mar, le había prohibido preguntar por el príncipe Noah y, sobre todo, le había prohibido recordar lo que se ocultaba en las brumas del pasado familiar. Pero Tara no era una flor decorativa, por mucho que Liriel lo hubiera pensado al verla.
Terminó de escribir y sopló con cuidado para secar la tinta.
Noah:
Los pasillos del palacio susurran que has huido para no enfrentarte a tu destino a mi lado. Mi padre dice que eres un cobarde, pero yo sé que buscas algo más que una simple escapatoria. Si el rumor es cierto y vas tras la reliquia que el mar reclama, ten cuidado. Aquí las sombras son largas y el Rey tiene ojos en cada puerto.
No me busques por deber, búscame solo si encuentras la verdad que nos han ocultado a ambos. Hay secretos en Azura que queman más que el sol, y sospecho que mi libertad está tan ligada a ese tesoro como la tuya.
No mueras en el intento. Todavía tenemos mucho de qué hablar.
Dobló el papel con precisión y silbó suavemente hacia el rincón más oscuro de la habitación. De una percha de plata descendió un halcón de plumas plateadas y ojos inteligentes: Ícaro, su mensajero más veloz y el único ser capaz de cruzar las fronteras del reino sin ser detectado.
—Encuéntralo, Ícaro —susurró Tara, atando el cilindro de cuero a la pata del ave con dedos temblorosos—. Encuentra al príncipe que no quiere ser rey.
La princesa caminó hacia el balcón, el mismo donde Liriel la había observado horas antes. Miró hacia el horizonte, donde la silueta del Destino Oscuro ya no era más que un punto negro en la inmensidad plateada por la luna.
Con un movimiento decidido, lanzó al halcón al aire. El ave batió sus alas con fuerza, elevándose sobre las murallas y las patrullas de guardias, perdiéndose en la oscuridad del océano. Tara se quedó allí, ignorando el frío, con la mano apoyada en el frío mármol.
—Si encuentras a Noah —murmuró al viento—, quizás encuentres también el rastro de lo que mi padre intentó borrar.
Lejos de allí, en la cubierta del barco pirata, Noah sintió un escalofrío repentino, sin saber que una sombra alada ya cruzaba los cielos con sus palabras bajo el ala.
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Editado: 17.04.2026