Tara no apartó la vista de Ícaro. El halcón plateado no se elevó hacia las nubes como solía hacer para las largas distancias; en cambio, realizó un descenso prolongado y firme hacia una zona de arrecifes y bruma que se encontraba peligrosamente cerca de la costa sur.
—No se ha ido —susurró Tara, con el corazón golpeándole las costillas—. Sigue aquí.
La princesa sabía que no tenía horas, sino minutos. Si Ícaro había localizado el rastro de Noah tan cerca, significaba que el barco estaba anclado o navegando lentamente entre las traicioneras corrientes de los bajíos. Su padre enviaría patrullas al amanecer, y si encontraban al halcón mensajero, su última esperanza se convertiría en su sentencia.
Tara se dio la vuelta y, con una agilidad que ninguna de sus doncellas habría creído posible, se despojó de la pesada sobrefalda de su vestido azul. Debajo, para sorpresa de las sombras de la habitación, llevaba unos pantalones de montar de cuero fino y botas altas, una indumentaria que había ocultado durante meses para sus escapadas nocturnas a los establos.
Tomó una capa oscura, cubrió su cabello dorado con la capucha y se colgó al hombro un pequeño morral con lo esencial. No miró atrás. No miró el lujo, ni los espejos, ni los restos de seda que antes la definían.
Bajó por la escalera de servicio, esquivando a los guardias que cabeceaban en sus puestos, y llegó a la puerta de las caballerizas reales. Pero no buscó un caballo. Atravesó el jardín de rosas —el mismo lugar donde Liriel se había escondido horas antes— y llegó a una pequeña cala privada donde descansaba un bote de remos ligero, usado por los pescadores del palacio.
—El mar está prohibido, padre —dijo Tara entre dientes mientras empujaba el bote hacia el agua—, pero tú fuiste quien me enseñó que lo prohibido es lo único que vale la pena poseer.
El agua fría empapó sus botas, la misma pulcritud que Liriel tanto había admirado se perdió en un instante bajo el barro y la sal. Tara remó con desesperación, sus manos blancas pronto se llenaron de rozaduras, pero no se detuvo. Cada vez que alzaba la vista, veía la silueta de Ícaro dando círculos concéntricos sobre una mancha oscura en el horizonte: el Destino Oscuro.
El mar, que tanto tiempo le habían ocultado, la recibió con un balanceo violento. Tara, la princesa que "no sabía nada del mundo", apretó los remos con fuerza, siguiendo el rastro de su halcón hacia lo desconocido. Si Noah buscaba el Ojo para ser libre, ella lo buscaría para encontrar su propia historia.
A lo lejos, en la cubierta del barco pirata, una pequeña luz comenzó a parpadear. Alguien en el Destino Oscuro había notado que una sombra se acercaba desde el palacio.
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Editado: 17.04.2026